Hay algo en la Semana Santa que siempre ha incomodado a los cineastas de terror. Quizás sea la mezcla de muerte y resurrección, la iconografía del sufrimiento elevado a categoría sagrada, o simplemente el contraste entre el recogimiento colectivo y la posibilidad de que algo muy malo ocurra cuando nadie lo espera.
El caso es que la festividad ha generado un reducto de películas de terror propio, disperso y heterogéneo. En esta guía reunimos siete títulos relacionados con la Pascua o con la liturgia cristiana que justifican, cada uno a su manera, que el período más solemne del año puede ser también el más aterrador.
Critters 2 (1988)
La segunda entrega de la saga Critters tiene el mérito de haber convertido la Pascua en escenario de una invasión alienígena sin que eso resulte forzado. Dirigida por Mick Garris —que después se dedicaría, con resultados irregulares, a adaptar a Stephen King— y coescrita por David Twohy, que años más tarde firmaría Pitch Black, la película arranca con un puñado de huevos de Krites confundidos con huevos de Pascua por los vecinos de Grover's Bend.
El equívoco tiene consecuencias sangrientas: los huevos eclosionan, las criaturas se multiplican y el pueblo queda a merced de unas bolas de pelo con dientes que devoran todo lo que encuentran a su paso.
Critters 2 es, ante todo, una película que disfruta de su propia condición de producto de serie B. Donde Joe Dante, en Gremlins, construyó algo con cierta ambición emocional detrás del caos, Garris se conforma con el espectáculo y el humor.
El resultado es desigual pero bastante entretenido: hay una secuencia memorable en la que los Krites se fusionan en una esfera gigante y rodante que arrasa cuanto encuentra a su paso, y otra en la que el sheriff del pueblo aparece con el disfraz del Conejo de Pascua cuando los monstruos empiezan a atacar. La presencia de Lin Shaye —décadas antes de convertirse en el icono de Insidious— en un papel secundario añade un punto de curiosidad extra.
Resurrección (1999)
El mejor argumento para ver Resurrección es también, paradójicamente, su mayor lastre: la película es tan parecida a la Seven de David Fincher que resulta difícil verla sin activar el modo comparación de forma involuntaria. Russell Mulcahy, director australiano conocido sobre todo por los dos primeros Highlander, reúne de nuevo a Christopher Lambert y se sumerge en el Chicago nocturno y lluvioso para construir una historia de asesino en serie con una lógica mesiánica.
El detective Prudhomme, interpretado por Lambert, investiga una cadena de asesinatos rituales en los que las víctimas —todas de 33 años, la misma edad a la que murió Jesús— aparecen con miembros amputados. La teoría que emerge es tan macabra como ingeniosa: el asesino está ensamblando el cuerpo de Cristo para que esté completo en la mañana de Pascua.
Hay que concederle a la película que la motivación del asesino resulta inquietante: utilizar versículos bíblicos como código para los crímenes, y la iconografía de la pasión como marco para una carnicería real, tiene una lógica retorcida que funciona mejor de lo que debería en un thriller con este nivel de presupuesto. Lambert está más cómodo de lo habitual y Leland Orser aporta nerviosismo auténtico como su compañero.
El cameo de David Cronenberg interpretando a un sacerdote es la clase de detalle que solo puede disfrutarse sin contexto previo.
Easter Bunny, Kill! Kill! (2006)
El título de Chad Ferrin promete exploitation puro, y la película cumple con creces esa promesa, aunque hay algo más debajo de la superficie que la distingue del subproducto de consumo rápido. La premisa es sencilla y deliberadamente sucia: Remington, un exconvicto con modos de depredador, se cuela en la vida de una madre soltera y, en cuanto ella sale a trabajar, comienza a maltratar a Nicholas, su hijo adolescente con discapacidad intelectual. Antes de que la noche de Pascua concluya, un asesino enmascarado con traje de conejo empieza a eliminar uno por uno a todos los indeseables que pueblan la casa.
Lo que diferencia a Easter Bunny, Kill! Kill! de sus contemporáneos en el circuito grindhouse es la solidez de Timothy Muskatell como villano y la voluntad de Ferrin de que el espectador sienta genuino alivio, e incluso satisfacción, cuando llegan los asesinatos.
La película construye la amenaza de Remington con suficiente detalle como para que la violencia posterior tenga resonancia emocional, algo que no suele estar en el menú de este tipo de cine. Los efectos de maquillaje son considerables para el presupuesto del que disponían, y hay muertes —con un taladro, con una sierra circular— que no se olvidan con facilidad.
Mártires (2008)
Pascal Laugier escribió el guión de Mártires durante un período de depresión clínica y declaraciones suicidas. Quería, según sus propias palabras, hacer una película sobre el dolor. El resultado es una de las obras más perturbadoras y debatidas del cine de terror contemporáneo, y una de las pocas que consigue que el debate sobre sus límites sea, en sí mismo, parte de la experiencia.
La película arranca como un relato de venganza: Lucie, superviviente de una tortura sistemática sufrida de niña, irrumpe en casa de una familia burguesa y los mata a todos. Su amiga Anna llega después e intenta entender qué ha pasado, para descubrir que hay algo mucho más oscuro detrás de lo que parece.
La conexión con la Semana Santa no es argumental sino temática y teológica. Mártires es, en su núcleo, una película sobre el martirio como concepto cristiano: la idea de que el sufrimiento extremo puede ser una vía de acceso a algo que está más allá de la comprensión humana.
El tercer acto de la película, sistemático e implacable, es el más discutido del cine de la nouvelle vague du horror française —el movimiento que también produjo Alta tensión o En mi piel— y el que convierte una película ya de por sí difícil en algo imposible de sacudir. Laugier fue influido explícitamente por el catolicismo al escribirla.
Beaster Day: Here Comes Peter Cottonhell (2014)
Hay películas que son malas y hay películas que son malas con intención. Beaster Day, firmada por los hermanos Zack y Spencer Snygg, pertenece a la segunda categoría, aunque no siempre logra que esa distinción importe demasiado. La premisa es absurda: un conejo de Pascua gigante y mutante —un títere de aproximadamente cincuenta metros que parece fabricado con materiales de un aula de primaria— empieza a devorar a los habitantes de un pueblo rural mientras el alcalde corrupto intenta que nadie arruine el desfile de Pascua patrocinado por empresas. La salvación recae en una aspirante a actriz y un perrero que tampoco parece muy capacitado para la tarea.
Si Gremlins representa el techo al que puede aspirar el terror festivo de criaturas, Beaster Day representa algo así como el sótano apilado de cajas. Los efectos CGI son de una fealdad que en ocasiones resulta muy cómica, el ritmo es errático y las actuaciones van de lo mediocre a lo caricaturesco sin escalas intermedias.
Y sin embargo, dentro de su nicho —el cine de exploitation descarado y autoconsciente— la película tiene momentos que funcionan como deben. El humor es tosco, las muertes son inventivas dentro de sus limitaciones, y la sátira sobre la corrupción municipal y el turismo festivo apunta hacia algo más inteligente de lo que el conjunto permite desarrollar.
Holidays (2016)
Las antologías de terror que distribuyen el metraje entre distintos directores tienden a ser desiguales por definición: el formato garantiza que el espectador pase de lo brillante a lo prescindible sin solución de continuidad. Holidays cumple con ese patrón con notable puntualidad, pero el segmento de Pascua, firmado por Nicholas McCarthy —responsable de El pacto y Home—, es uno de los pocos que justifica la existencia del proyecto.
La premisa es tan sencilla como desconcertante: una niña, antes de dormir, le pregunta a su madre qué relación tienen Jesús y el Conejo de Pascua. La madre no sabe muy bien cómo responder. En mitad de la noche, la niña va a la cocina, y encuentra a una criatura que parece la fusión literal de las dos figuras: un ser con corona de espinas, estigmas en las manos de los que brotan pollitos, y cabeza de conejo. Le dice a la niña que, puesto que lo ha visto, debe asumir su lugar. A continuación, le da un huevo. La niña lo traga. El segmento dura apenas diez minutos, pero la imagen de esa criatura —encarnada por el actor de movimiento Mark Steger, el mismo que interpretó al Demogorgon en Stranger Things— queda instalada con una persistencia desproporcionada.
McCarthy entiende que la Pascua, si se mira con los ojos correctos, es una festividad construida sobre imágenes terroríficas.
Easter Bloody Easter (2024)
El debut como directora de Diane Foster, que también protagoniza la película y forma parte del equipo productor, es el tipo de cine que la distribución independiente digital ha hecho posible en los últimos años: una comedia de terror de bajísimo presupuesto, rodada en California aunque ambientada en Texas, que funciona con una energía de pasión descarada que ningún estudio habría financiado ni en sueños.
El monstruo central es un jackalope —la criatura mitológica del folklore rural estadounidense que mezcla rasgos de conejo y antílope—, aquí convertido en un ser de ocho pies de altura con ojos rojos y un ejército de conejos demoníacos a su servicio, que desata una masacre sobre un pueblo que lleva semanas preparando su gran festival de Pascua.
El tono de Easter Bloody Easter es el del ridículo: los personajes son caricaturas, los diálogos son intencionadamente excesivos, y la película se permite hacer burla de las dinámicas de la cultura religiosa de pequeño pueblo con un buen ojo para el detalle absurdo.
A diferencia de Beaster Day, que se contenta con ser mala, aquí hay una coherencia narrativa real y un montón de humor que sale de los personajes y no de los tropiezos de producción. El jackalope es más amenazante de lo que el tono general haría prever.





































































































