
‘Backrooms’ y otras películas para explorar el terror liminal
Liminal es un lugar de paso, un sitio que ha dejado de ser habitable. Tu oficina después de que todo el mundo se vaya a casa, una estación de metro vacía de madrugada. Las Backrooms (2026) sobre las que A24 ha preparado una adaptación cinematográfica, con Renate Reinsve y Chiwetel Ejiofor.
En un momento en que decaen los antiguos centros sociales del capitalismo (como los centros comerciales) y todo el mundo está esperando una revolución que no llega, nuestra vida parece ya un espacio liminal.
Por ello, con tal de ayudarnos a atravesar este des-lugar-de-paso, he preparado una lista de películas de terror liminal, un género que lleva décadas –porque hay quien dice que El resplandor (1980) ya era liminal– hablando de lo que hoy nos parece un mundo monstruoso y más que factible. Vienen ordenadas de más a menos conocidas.
Imogen Poots y Jesse Eisenberg son una joven pareja casada que visita un vecindario lleno de casas idénticas, y cuando intentan marcharse, la carretera los lleva en círculos alrededor de ese barrio laberíntico, sin permitirles salir. Naturalmente, si estás a punto de asentarte y formar una familia, evita Vivero (2019) a toda costa.
La atmósfera liminal de esta perlita del terror actual se convierte en combustible para pesadillas a medida que avanza, y junto a Barbarian (2022), aborda algunos de los temas más terroríficos de la sociedad actual: la conformidad de las parejas jóvenes con las normas sociales al asentarse y los horrores que eso puede provocar bajo la superficie.
Dark City (1998) es un thriller techno-noir que sigue a un hombre amnésico, un tal John Murdoch, acusado de asesinato. Sin saber cómo llegó a esa situación, John huye tanto de la policía como del misterioso grupo conocido como los Extraños, que también lo persiguen.
El mundo que habita Murdoch es solo ligeramente parecido al nuestro, y a medida que avanza la película de Alex Proyas, no dejaremos de preguntarnos sobre qué es realmente ese lugar. Murdoch siente que está atrapado entre dos mundos, tanto literal como figuradamente, como si despertáramos en Blade Runner (1982) tratando de reconocer, aún, el fantasma de lo que una vez fue la ciudad de Los Ángeles.
En Pulse (Kairo) (2001), las habitaciones, oficinas e incluso el propio internet se sienten abandonados antes de que nadie desaparezca. Los espacios son tenues, estáticos y desprovistos de vida, como si algo invisible ya hubiera pasado por allí y se hubiera llevado toda presencia humana consigo. Y lo más brutal es que Kiyoshi Kurosawa, que acababa de estrenar Cure (1997), imagina el internet muerto cuando ni siquiera se había popularizado internet.
La brillantez de este clásico radica en cómo retrata el vacío como una infección. Cuanto más intentan conectarse (telemáticamente) los personajes, más se aíslan. El mundo no colapsa en el caos; simplemente se desvanece, dejando tras de sí espacios huecos que se sienten como ecos de algo que solía existir. Backrooms, antes de las backrooms.
Más allá del arcoíris negro (2010) trata sobre una mujer telepática y muda que está retenida en una extraña instalación, bajo una fuerte sedación, y debe escapar. El director Panos Cosmatos lleva en la sangre dirigir películas de este tipo, una especie de madriguera alucinada. Más allá del arcoíris negro avanza como 2001: Una odisea del espacio (1968), lenta pero hipnótica, cruzada con los horrores de Cube (1998).
Quizás la odies, pero si la ves no la vas a olvidar. En cualquier caso, su énfasis en lo onírico y sus secuencias coloridas la hacen altamente liminal, y un sólido precedente de lo que Cosmatos ofrecería ocho años después, con su épica de venganza protagonizada por Nicolas Cage, Mandy (2018).
Dimland (2021) ha generado auténtico debate entre fans. No tiene los suficientes jumpscares para ser considerada “terror”, pero su atmósfera es definitivamente terrorífica (podría haber figurado en nuestra guía de películas de terror para adultos que no dan miedo). Y a pesar de su brevedad, crea una hermosa sensación de melancolía en su corto metraje.
Bajo el regreso a los bosques de la infancia de una mujer que sufre depresión, en busca de un amigo, Dimland explora las experiencias felices que pudimos tener de niños, pasadas por el filtro de la perplejidad. Igual que El brillo de la televisión (2024), se pregunta: una vez que hemos crecido, ¿qué dejamos atrás? ¿Y están ahora esas vivencias esperando reconectar con nosotros, dejando aquellos recuerdos que estaban llenos de luz ahora en la sombra?
Los dormitorios, los pasillos o el suave resplandor de una televisión en la oscuridad en casa de tus padres, se vuelven profundamente inquietantes en esta pesadilla experimental. Como heredera de Paranormal Activity (2007), la casa se siente interminable, como si se extendiera más allá de sus propios muros, y la ausencia de adultos la convierte en un vacío en lugar de un hogar.
Lo que hace que Skinamarink: El Despertar Del Mal (2023) sea tan eficaz es cómo convierte la memoria en un arma. Conecta con esa sensación medio olvidada de estar despierto de noche cuando eras niño, cuando tu espacio de repente deja de sentirse como tuya, como cuando cada esquina empieza a ensoñarse (pero mal), como si la realidad se estuviera borrando silenciosamente a tu alrededor.
Dos burócratas se adentran en los vastos y espeluznantes salones y pasillos de un hospital psiquiátrico. El espacio, abandonado, ya resulta espeluznante, pero Session 9 (2001) va un paso más allá y convierte el tiempo, la espera, en material de la inquietud. Los largos pasillos en ruinas y las habitaciones descascaradas se sienten suspendidos, como si el tiempo se hubiera detenido a mitad de una frase.
A medida que los personajes trabajan dentro del edificio, el entorno comienza a filtrarse en ellos. Este asilo no necesita fantasmas que salten desde las esquinas, como en Resident evil - El huésped maldito (2002). El simple estar aterroriza con tanta fuerza que cualquiera que entre puede empezar a perder su conexión con el presente.



























