La NBA ha dado al mundo jugadores que han redefinido los límites del deporte, pero algunos de ellos decidieron que la cancha de baloncesto se les quedaba pequeña. Desde los ochenta hasta hoy, una galería de gigantes ha probado suerte frente a las cámaras, con resultados que van de lo memorable a lo tan malo que resulta irresistible de ver.
Esta guía repasa las apariciones más sonadas de estrellas de la NBA en el cine y la televisión, analiza qué funcionó y qué no, y responde, de una vez por todas, a la pregunta que nadie sabía que necesitaba hacerse: ¿quién es el mejor actor entre los mejores jugadores del mundo?
Kevin Garnett — Diamantes en bruto (2019)
Los hermanos Safdie tienen la habilidad de colocar a personas sin formación actoral en situaciones de tensión extrema y extraer de ellas algo que los actores profesionales tardan años en encontrar: autenticidad brutal.
Kevin Garnett no interpreta a un personaje en Diamantes en bruto, se interpreta a sí mismo en una versión apenas ficcionada de su presente de entonces, y eso, lejos de restar mérito, lo multiplica. Su presencia en la película no es decorativa: el diamante en bruto del título —un ópalo etíope de valor incierto— pasa por sus manos, y la codicia que despierta en él es el motor que pone en marcha el caos que sigue.
Garnett transmite una mezcla de superstición genuina, competitividad visceral y carisma natural que muy pocos actores de método habrían conseguido igualar. Si comparamos su aparición con la de Dennis Rodman en Double Team (1997), que co protagoniza con Jean Claude Van Damme, el contraste es revelador: Rodman actuaba como si supiera que estaba actuando, mientras que Garnett parece no haber recibido nunca ese memorándum.
Kareem Abdul-Jabbar — Aterriza como puedas (1980)
Hay algo muy subversivo en que uno de los jugadores más serios y cerebrales de la historia de la NBA decidiera su primera gran aparición en pantalla en una comedia de absurdo puro.
Kareem Abdul-Jabbar aparece en Aterriza como puedas como el copiloto Roger Murdock, un hombre que niega ser quien todo el mundo sabe que es mientras ejecuta los movimientos de vuelo con la cara más impávida del cine de los ochenta.
El chiste funciona por el foso entre su reputación de gravedad intelectual —estudiante de historia islámica, escritor, activista— y la disposición absoluta a dejarse ridiculizar ante las cámaras. La escena en la que un niño lo descubre y él rompe por un instante el personaje para defender a los Lakers es uno de los momentos más divertidos de la película.
Si lo comparamos con Magic Johnson, que tuvo apariciones televisivas de aquella época que no resistían ningún análisis, la elección de Kareem de apostar por la comedia con plena conciencia de lo que estaba haciendo lo convierte en un caso singular: sabía a la perfección cuál era el chiste, y se lo tomaba con la seriedad justa.
Boban Marjanović — John Wick: Capítulo 3 - Parabellum (2019)
Boban Marjanović mide 2,24 metros. En cualquier contexto, eso es una enorme presencia. En el universo hiperviolento de John Wick, donde la coreografía de la acción está diseñada para hacer que los combatientes parezcan fuerzas de la naturaleza, Marjanović encaja con una lógica casi perfecta.
Su papel como villano anónimo que enfrenta a Keanu Reeves en una de las secuencias de la película no exige profundidad psicológica, pero sí exige algo que él tiene en abundancia: fisicalidad genuina y una capacidad para hacer que cada movimiento resulte amenazante sin esfuerzo aparente.
Boban no actúa en realidad, pero tampoco lo necesita: hay actores de acción consagrados que habrían dado cualquier cosa por tener esa presencia natural ante la cámara. Si lo ponemos junto a Shaquille O'Neal en sus peores momentos cinematográficos —que los hay, y los abordaremos— la diferencia es clara: Marjanović entendió que su trabajo no era hablar sino ocupar el espacio, y lo hizo con una eficacia que muchos veteranos del género envidiarían.
Ray Allen — Una mala jugada (1998)
Spike Lee lleva décadas construyendo su cine sobre la fricción entre la representación y la realidad, y Una mala jugada es quizás el ejercicio más honesto que ha hecho sobre la NBA como industria emocional.
Ray Allen da vida a Jesús Shuttlesworth, un joven prodigio del baloncesto cuya libertad está en manos de un sistema que lo tiene como mercancía. Y lo hace con una contención que en otro contexto podría confundirse con frialdad, pero que en el de Lee funciona como la única respuesta lógica de un hombre que ha aprendido a no mostrar lo que siente porque mostrarlo tiene un coste.
Allen no tenía formación actoral y comparte pantalla con Denzel Washington, que es uno de los actores americanos más completos de las últimas cuatro décadas. Salir indemne de esa comparación es, en sí mismo, un logro considerable.
Si comparamos a Allen con otros deportistas que han intentado la transición al drama —Bo Jackson en alguna aparición puntual, por ejemplo— la diferencia de registro y de compromiso resulta evidente. Allen se tomó el trabajo en serio, y la película se beneficia de ello de manera sustancial.
LeBron James — Space Jam: Nuevas leyendas (2021)
Existe una diferencia fundamental entre una película construida alrededor de un deportista y una película que existe para servir los intereses de marca de ese deportista, y Space Jam: Nuevas leyendas pertenece con claridad a la segunda categoría.
LeBron James no es un mal actor en el sentido técnico: sabe moverse, tiene conciencia de la cámara, su timing cómico no es desastroso. El problema es que la película no le exige nada que lo obligue a crecer, y él parece cómodo en esa realidad. Cada decisión narrativa está diseñada para construir el mito de LeBron, lo que convierte el resultado en algo más cercano a la publicidad de lujo que al cine familiar.
Comparado con la entrega y el carisma natural que Garnett desplegó en Diamantes en bruto ese mismo año, o con la desprotegida vulnerabilidad de Ray Allen en Una mala jugada, la actuación de LeBron en Nuevas leyendas parece la de alguien que nunca salió de su zona de confort.
Juancho Hernangómez — Garra (2022)
La aparición de Juancho Hernangómez en Garra —la película de Ben Affleck y Adam Sandler sobre un cazatalentos de la NBA que descubre a un jugador olvidado en España— es uno de los ejercicios más honestos y mejor ejecutados de esta lista.
Hernangómez da vida a Bo Cruz, el jugador al que el personaje de Sandler decide apostar su carrera, y lo hace con una naturalidad que desmiente cualquier prejuicio sobre los deportistas como actores. La escena más exigente de su interpretación —una confrontación con su pasado y con las expectativas de su familia— tiene una emoción genuina que no parece fabricada.
Sandler, que lleva años alternando comedias de consumo rápido con actuaciones de una intensidad devastadora (Diamantes en bruto, Embriagado de amor), le exige algo real, y Hernangómez responde.
Si comparamos su trabajo con el de otros jugadores europeos que han tenido presencia en medios americanos, la distancia es considerable: Hernangómez entendió que estaba haciendo cine, no publicidad, y se preparó en consecuencia. Garra no habría funcionado sin un Bo Cruz creíble, y Juancho lo fue.
Shaquille O'Neal — Scary Movie 4 (2006)
Shaquille O'Neal tiene en su filmografía uno de los peores experimentos del cine de los noventa —Kazaam (1996), donde interpretaba a un genio del rap atrapado en una caja de cartón— y una trayectoria posterior de cameos y apariciones que ha frecuentado con la alegría de alguien que nunca ha fingido tener ambiciones artísticas.
Su aparición en Scary Movie 4 es lo que parece: una estrella dispuesta a reírse de sí misma con la confianza que solo da haber ganado cuatro anillos de la NBA. No hay sutileza aquí, no hay intención de construir un personaje, y la película no lo pide.
Comparado con lo que hizo Kareem en Aterriza como puedas —que también era comedia absurda pero tenía una arquitectura cómica más inteligente—, el trabajo de Shaq en Scary Movie 4 es el de alguien que aparece, hace el gag, y desaparece. Lo cual, conviene decirlo, es 100% legítimo.
No toda participación de un deportista en el cine tiene que ser Diamantes en bruto. A veces basta con ser Shaq siendo Shaq, y él lo es con una eficacia que pocos podrían igualar.
Michael Jordan — Space Jam (1996)
Space Jam es una de esas películas que han sobrevivido a su propia calidad real gracias a la nostalgia, a la música, y al hecho de que Michael Jordan sea Michael Jordan. Su actuación en la película no es buena en ningún sentido técnico del término: Jordan habla como si estuviera leyendo un guión que ve por primera vez, sus reacciones ante los Monstars tienen la espontaneidad de alguien a quien no le han explicado qué va a pasar, y sus escenas con Bill Murray —que aparece como una versión hiperbolizada de sí mismo— ponen de manifiesto la distancia que hay entre un profesional del humor y alguien que simplemente comparte pantalla con él.
Y sin embargo, Space Jam funciona, y Jordan tiene algo que ver con eso: la cámara lo quiere, su presencia física es magnética, y hay momentos —sobre todo en la cancha, donde era el mejor del mundo en lo que hacía— donde la película recuerda por qué estamos viendo todo esto. Comparado con LeBron en Nuevas leyendas, Jordan actúa peor pero su película es mejor, lo cual dice algo interesante sobre la relación entre carisma y técnica.
Wilt Chamberlain — Conan el destructor (1984)
Wilt Chamberlain apareció en Conan el destructor como Bombaata, el guardaespaldas enviado a vigilar a Arnold Schwarzenegger, en lo que representa uno de los ejercicios de casting más lógicos y menos reflexivos del cine de acción de los ochenta.
Si necesitas a alguien que físicamente pueda parecer una amenaza creíble para el hombre que protagonizaba Terminator, Wilt Chamberlain —1,80 kilos, 2,16 metros, y uno de los atletas más imponentes que han pisado el planeta— es una elección obvia.
Lo que la película no pedía, y Chamberlain no tenía por qué ofrecer, era matiz. Bombaata no es un personaje, es una presencia, y Chamberlain la ocupa con dignidad. Comparado con Jim Brown, que durante los sesenta y setenta construyó una carrera cinematográfica más sólida en el cine de acción aprovechando ese mismo tipo de fisicalidad, Chamberlain parece menos cómodo ante las cámaras, más consciente de que está actuando. No es su medio, pero tampoco lo ensucia, y a veces eso es suficiente.
Larry Johnson — Cosas de casa (1993)
Larry Johnson aparece en Cosas de casa como una versión de sí mismo que la serie usa con la misma lógica que un parque temático usa una atracción conocida: para que el público diga "ese es Larry Johnson" y sienta el pequeño placer de reconocer al famoso.
No hay exigencia actoral aquí, no hay construcción de personaje, y Johnson no pretende que la haya. La diferencia entre este tipo de aparición y lo que hizo Ray Allen en Una mala jugada cinco años después ilustra a la perfección la distancia entre ser un jugador de la NBA que aparece en una película y ser un deportista que decide tomarse en serio lo que significa estar frente a una cámara.
Johnson lo hace bien en sus propios términos —es simpático, tiene presencia, no destroza la escena—, pero sus propios términos son los de un cameo glorificado, no los de una actuación.
El veredicto: el rey de la interpretación entre las estrellas de la NBA
Si tuviéramos que elegir al mejor actor de esta lista con criterios cinematográficos —compromiso con el papel, capacidad para sostener escenas dramáticas, credibilidad ante actores profesionales y contribución real al relato de la película que habita—, la respuesta sería Ray Allen en Una mala jugada. Su trabajo junto a Denzel Washington es el único de esta lista que podría sobrevivir a la pregunta de qué habría pasado si lo hubiera hecho un actor de verdad, y la respuesta honesta es que probablemente habría perdido algo. Allen trajo a Jesús Shuttlesworth una experiencia vivida que ningún actor de método habría podido fabricar.
La mención de honor, sin embargo, pertenece a Kevin Garnett en Diamantes en bruto, por la misma razón y con el mismo argumento: los Safdie encontraron en él algo que el cine de género americano raramente ha sabido aprovechar en los deportistas, y Garnett respondió con una autenticidad que todavía se siente a varios visionados de distancia.
Michael Jordan tiene la mejor película. LeBron tiene la peor a pesar de haberlo intentado más. Y Kareem Abdul-Jabbar tiene el mejor sentido del humor de todos, lo cual también debería contar para algo.





























































































