La Academia a veces tiene memoria selectiva. Cada año, decenas de películas compiten por el reconocimiento de la estatuilla, pero solo unas pocas se quedan en el imaginario colectivo. El resto, incluso las nominadas, desaparecen entre los titulares sobre quién ganó Mejor Película o qué vestido llevaba tal actriz.
En esta guía rescatamos diez títulos que estuvieron ahí, en la conversación, pero que por distintas razones —distribución limitada, campañas tibias, competencia feroz— nunca recibieron la atención que merecían.
Mujeres del siglo XX (2016)
Una película profundamente personal sobre tres mujeres que ayudan a criar a un adolescente en la California de 1979, firma uno de los dramas más sutiles de la época. Annette Bening, Greta Gerwig y Elle Fanning construyen personajes complejos que escapan de los arquetipos fáciles, mientras la cámara observa sus vidas con una ternura que nunca se vuelve condescendiente.
La película fue nominada a Mejor Guión Original, pero quedó completamente eclipsada por La La Land y Moonlight en una de las ceremonias más comentadas de la historia reciente.
Lo que distingue a Mujeres del siglo XX de otros dramas generacionales es su capacidad para capturar la textura específica de un momento histórico sin convertirse en un ejercicio nostálgico. La dirección no idealiza los años setenta ni los presenta como una era dorada perdida: solo los documenta con precisión y afecto. La estructura narrativa fragmentada, que alterna entre voces en off y saltos temporales, podría haber resultado pretenciosa, pero funciona porque está al servicio de la exploración emocional.
Comparada con El club de los cinco, que también retrata la adolescencia como un territorio de incertidumbre, esta película es mucho menos interesada en el drama y más en la observación. Frente a Lady Bird de Greta Gerwig, que comparte cierta sensibilidad sobre las relaciones materno-filiales, Mujeres del siglo XX es más dispersa pero también más ambiciosa en su retrato de la feminidad. Bening está extraordinaria en un papel que le valió nominaciones pero no premios. El resultado es algo que pocas películas consiguen: hacer que la introspección resulte cinematográfica sin recurrir a trucos visuales baratos.
Comanchería (2016)
David Mackenzie revitaliza el western con una historia de dos hermanos que roban bancos en el Texas profundo para salvar la granja familiar. Jeff Bridges, Chris Pine y Ben Foster construyen un triángulo dramático que funciona tanto como thriller como elegía por una América que está desapareciendo. La película recibió cuatro nominaciones, incluyendo Mejor Película, pero perdió frente a Moonlight en una ceremonia donde los westerns crepusculares ya no parecían tener espacio.
Lo más interesante de Comanchería es cómo actualiza el género sin traicionarlo. Mackenzie entiende que el western contemporáneo no puede ignorar las consecuencias económicas del capitalismo salvaje, pero tampoco puede convertirse en un panfleto. Los atracos están filmados con una tensión contenida que recuerda a Matar o morir, pero con menos estilización y más realismo sucio. El guión de Taylor Sheridan es económico y preciso, construyendo personajes en pocas líneas de diálogo sin caer en el exceso de explicación.
Comparada con Los odiosos ocho de Tarantino, Comanchería está mucho menos interesada en el espectáculo y más en la melancolía. No tiene la ambición formal de No es país para viejos, pero comparte su visión pesimista sobre la violencia y la codicia.
Frente a Logan, que también explora el western como género moribundo, esta película es más terrenal y menos mitológica. Bridges entrega una de esas interpretaciones que parecen no requerir esfuerzo, convirtiendo a un Texas Ranger en retirada en algo más que un arquetipo.
Lion (2016)
La historia real de Saroo Brierley, un niño indio que se pierde en Calcuta y es adoptado por una familia australiana, para luego buscar a su familia biológica usando Google Earth, se convierte en un drama emotivo que trasciende el melodrama fácil. Dev Patel y Nicole Kidman fueron nominados por sus interpretaciones, pero la película quedó sepultada bajo el peso de Moonlight, Manchester frente al mar y La La Land. Es una lástima, porque el film logra algo difícil: hacer que una historia que podría ser puro melodrama televisivo funcione como cine emotivo sin manipulación gratuita.
La primera mitad de la película, centrada en el niño Saroo interpretado por Sunny Pawar, es notable por su capacidad para mostrar el terror y la desorientación sin recurrir a la victimización. Las calles de Calcuta aparecen filmadas con una mezcla de fascinación y horror, capturando la escala imposible de una ciudad donde un niño puede simplemente desaparecer. La segunda mitad, con Patel asumiendo el papel, es más convencional pero igual de efectiva, explorando la culpa del sobreviviente y la identidad fracturada.
Comparada con Slumdog Millionaire, que también retrata la India desde una perspectiva occidental, Lion es mucho menos interesada en el espectáculo y más en la emoción contenida.
No alcanza la complejidad de Un hombre llamado Ove, que también explora la adopción y la pérdida, pero es más ambiciosa a nivel visual. Frente a La habitación, otra película sobre separación familiar y trauma, Lion elige un tono más esperanzador sin perder de vista el dolor. Kidman está extraordinaria en un papel secundario que podría haber sido solo funcional, aportando capas de vulnerabilidad a una madre adoptiva que entiende que el amor no es posesión.
The Florida Project (2017)
Un verano en la vida de una niña de seis años que vive con su madre en un motel barato a las afueras de Disney World se convierte en uno de los retratos más honestos sobre la pobreza americana. Willem Dafoe fue nominado a Mejor Actor de Reparto por su papel como el gerente del motel, pero la película misma fue ignorada en las categorías principales. La dirección de Sean Baker no ofrece soluciones fáciles ni moralejas reconfortantes: simplemente observa con una mezcla de ternura y rabia contenida.
Lo extraordinario de The Florida Project es cómo captura la perspectiva infantil sin condescendencia ni sentimentalismo. La cámara filma a la altura de los ojos de Moonee, la protagonista interpretada por Brooklynn Prince, convirtiendo el motel y sus alrededores en un territorio de aventuras donde la miseria adulta es solo un ruido de fondo. La película funciona porque confía en que la observación es suficiente: no necesita subrayar la injusticia ni explicar las dinámicas de clase para que el espectador las entienda.
Comparada con Precious, que también retrata la pobreza con una madre problemática, The Florida Project es mucho menos interesada en el trauma explícito y más en los momentos de gracia cotidiana. No tiene el naturalismo duro de Los olvidados de Buñuel, pero comparte su rechazo a romantizar la marginalidad.
Frente a Lady Bird, mucho más celebrada, esta película es más incómoda y menos dispuesta a ofrecer consuelo. Dafoe está extraordinario en un papel que funciona porque es discreto, aportando una presencia adulta que protege sin juzgar.
Yo, Tonya (2017)
Craig Gillespie convierte la historia de la patinadora Tonya Harding en un ataque furioso contra los medios, la familia disfuncional y el sueño americano. Margot Robbie fue nominada a Mejor Actriz y Allison Janney ganó como Mejor Actriz de Reparto por su interpretación de la madre abusiva de Tonya. La película rompe la cuarta pared de forma constante, utiliza música anacrónica y cambia de tono con una libertad que podría haber resultado caótica, pero funciona porque Gillespie nunca pierde de vista el núcleo emocional: una mujer atrapada entre su talento y las circunstancias que la destruyeron.
Lo más interesante de Yo, Tonya es cómo rechaza la narrativa única. Los personajes se contradicen entre sí, cuestionan lo que acabamos de ver y ofrecen versiones incompatibles de los mismos eventos. Gillespie utiliza este dispositivo no como un truco posmoderno vacío sino como una forma de explorar cómo la verdad se fragmenta cuando pasa por el filtro mediático. La película es muy divertida en sus primeros dos tercios, pero el humor nunca minimiza la violencia real que Tonya sufrió.
Comparada con Jackie de Pablo Larraín, que también juega con la construcción de la imagen pública, Yo, Tonya es mucho menos elegante pero igual de incisiva. No tiene la precisión formal de El escándalo, que también aborda el abuso y los medios, pero es más salvaje y menos controlada.
Frente a biopics convencionales como Bohemian Rhapsody, estrenada un año después y mucho más exitosa, esta película se atreve a hacer que su protagonista sea antipática sin perder nuestra empatía. Robbie está espectacular, transformándose a nivel físico pero también capturando la rabia de alguien que nunca tuvo oportunidad de ganar. Gillespie logra que una historia que todos creían conocer vuelva a ser incómoda y necesaria.
El reverendo (2017)
Un pastor protestante en crisis existencial interpretado por Ethan Hawke se enfrenta a la desesperación, el activismo ambiental y la imposibilidad de la fe en un mundo condenado en lo que funciona como culminación de toda la obra de Paul Schrader. Hawke fue ignorado en las nominaciones actorales, aunque la película recibió una nominación a Mejor Guión Original. Es el tipo de cine sombrío y filosófico que la Academia reconoce pero rara vez premia, demasiado incómodo para las audiencias masivas.
La película está filmada con un ascetismo visual que recuerda a Pickpocket de Bresson y Los comulgantes de Bergman, dos influencias que el director reconoce de manera abierta. La cámara se mueve poco, los encuadres son simétricos y claustrofóbicos, y el ritmo es lento a propósito. Esta austeridad formal no es pretensión vacía sino coherencia absoluta con el viaje espiritual del protagonista. Hawke, en una de sus mejores interpretaciones, transmite la desintegración interior sin necesidad de grandes escenas dramáticas.
Comparada con Silencio de Scorsese, que también explora la crisis de fe, El reverendo es más contenida pero igual de devastadora. No tiene el espectáculo visual de Madre! de Aronofsky, que también aborda temas apocalípticos, pero es mucho más rigurosa y menos interesada en la provocación gratuita.
Frente a Manchester frente al mar, otra exploración del dolor existencial, esta película elige el silencio donde otras elegirían el diálogo. El resultado es algo extraordinario: una película muy religiosa que funciona igual para creyentes y ateos, porque al final no habla de Dios sino de la imposibilidad de encontrar sentido en un mundo roto.
Un asunto de familia (2018)
Hirokazu Kore-eda retrata a una familia de delincuentes menores que acoge a una niña maltratada en su hogar precario. La película ganó la Palma de Oro en Cannes y fue nominada a Mejor Película Extranjera en los Oscar, pero quedó ignorada al completo en la conversación cultural anglosajona. Kore-eda filma con una delicadeza engañosa: lo que parece una comedia costumbrista sobre la pobreza se revela como algo mucho más complejo y ambiguo a nivel moral.
Lo extraordinario de Un asunto de familia es su capacidad para suspender el juicio moral sin caer en el relativismo. Los personajes mienten, roban y secuestran, pero Kore-eda los filma con tanta humanidad que resulta imposible no empatizar con ellos. La película funciona porque el director entiende que la familia no es solo biología ni legalidad: es un constructo emocional que puede ser igual de real cuando está formado por extraños que se cuidan de forma mutua.
Comparada con Nadie sabe, otra película de Kore-eda sobre niños abandonados, Un asunto de familia es menos devastadora pero igual de precisa en su observación. No tiene el impacto visceral de Parásitos, que también explora la desigualdad y la familia disfuncional, pero es más sutil y menos interesada en el giro argumental.
Frente a Los Miserables de Ladj Ly, otro retrato de la marginalidad, esta película elige la ternura donde otras elegirían la rabia. Kore-eda logra algo que el cine social rara vez consigue: mostrar que la bondad y la ilegalidad pueden coexistir sin contradicción, y que a veces el amor es suficiente incluso cuando todo lo demás falla.
El faro (2019)
Dos fareros atrapados en una isla remota descienden hacia la locura con una precisión formal que roza la perfección. Willem Dafoe y Robert Pattinson construyen un duelo actoral memorable, filmado en blanco y negro con formato casi cuadrado que acentúa la claustrofobia. La película fue nominada a Mejor Fotografía, pero ignorada en todas las demás categorías importantes.
La dirección funciona como si estuviera haciendo una película muda expresionista: la composición visual, el diseño sonoro opresivo y las interpretaciones teatrales crean una atmósfera de pesadilla que se vuelve más asfixiante con cada minuto. La película funciona como fábula sobre el poder, la masculinidad tóxica y la imposibilidad de la comunicación, pero también como ejercicio formal que demuestra que el cine puede ser simultáneamente accesible y experimental.
Comparada con La bruja, el debut de Robert Eggers, El faro es menos narrativa y más interesada en la atmósfera. No tiene el terror explícito de Midsommar, pero es mucho más perturbadora en su ambigüedad.
Frente a Retrato de una mujer en llamas, que también utiliza el formato cuadrado con propósitos específicos, esta película es más violenta y menos contemplativa. Pattinson y Dafoe entregan interpretaciones tan comprometidas que bordean lo grotesco sin perder nunca la humanidad. El resultado es algo extraordinario: una película de terror psicológico que funciona igual como comedia negra, demostrando que el cine de género puede ser tan ambicioso a nivel formal como cualquier drama de prestigio.
Honeyland (2019)
Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov documentan la vida de Hatidze, la última recolectora de miel silvestre en Macedonia del Norte, en lo que parece un registro etnográfico pero funciona como fábula ecológica devastadora. La película fue nominada tanto a Mejor Documental como a Mejor Película Extranjera, un hecho histórico, pero desapareció de la conversación cultural apenas terminó la temporada de premios. Es el tipo de cine paciente y observacional que requiere atención absoluta del espectador, algo cada vez más raro en la era de las plataformas.
Lo extraordinario de Honeyland es cómo los directores logran construir una narrativa dramática sin intervenir en los eventos. La llegada de una familia nómada que rompe el equilibrio ecológico que Hatidze mantiene funciona como giro argumental orgánico, revelando que la realidad puede ser tan estructurada como la ficción si sabes dónde mirar. La fotografía es de una belleza apabullante, capturando paisajes áridos y rostros curtidos con la misma reverencia.
Comparada con Miel de Semih Kaplanoğlu, que también explora la apicultura con propósitos metafóricos, Honeyland es menos simbólica y más directa en su mensaje ecológico.
Frente a Lo que el pulpo me enseñó, ganadora del Oscar al Mejor Documental dos años después, esta película es menos sentimental y más interesada en las dinámicas de poder. Kotevska y Stefanov logran algo extraordinario: hacer un documental sobre la explotación de recursos naturales que funciona como western, tragedia griega y advertencia apocalíptica al mismo tiempo.
Puñales por la espalda (2019)
El whodunit clásico revive con un elenco coral extraordinario y un guión que funciona tanto como homenaje al género, como comentario sobre la desigualdad americana. Daniel Craig interpreta a un detective excéntrico que investiga la muerte de un patriarca millonario, mientras Ana de Armas roba la película como la enfermera inmigrante atrapada en el centro de la conspiración. El film fue nominado a Mejor Guión Original, pero ignorado en todas las demás categorías.
La construcción narrativa es un mecanismo perfecto donde cada giro está ganado y cada revelación recontextualiza lo anterior sin hacer trampa. El guión es un ejemplo de arquitectura narrativa impecable: las pistas están todas ahí desde el principio, pero se ocultan a plena vista con una elegancia que recuerda a las mejores novelas de Agatha Christie. Lo más interesante es cómo la película funciona a nivel simultáneo como entretenimiento puro y como sátira política sin que ninguna de las dos dimensiones anule a la otra.
En comparación a Asesinato en el Orient Express de Kenneth Branagh, estrenada dos años antes, Puñales por la espalda es mucho más ágil y menos interesada en el espectáculo visual vacío.
No tiene la complejidad estructural de Aguas oscuras, pero es mucho más divertida y accesible. Frente a El misterio de Glass Onion, su propia secuela, esta primera entrega es más contenida y mejor equilibrada.





























































































