Lo peor que puede pasarte con una película es sentir indiferencia absoluta o, en segundo lugar, entretenerte de una forma tan superficial que no llegues a recordar nunca algo que viste y, en teoría, sentiste. En cambio, hay muchísimas películas que se quedan contigo.
Suelen ser obras que desafían, apostándolo todo a un número muy concreto y no necesariamente agradable. Por ejemplo, muches de mis colegas me comentan qué tanto les ha removido Si pudiera, te daría una patada (2025), una película obstinada en ponerte los nervios de punta a base de acumular estrés, estrés y más estrés. Esta es una buena película que recomendar, aunque siempre con el asterisco de que si funciona, es porque te destroza anímicamente.
Por ello, hoy recomiendo siete películas que se la juegan para que las recuerdes, golpéandote duro como un puñetazo… Pero de los que, cuando sanan, te fortalecen. No las he ordenado por “nivel de devastación”, porque eso es relativamente subjetivo, pero sí he procurado dejar para el final las que más sorprenden con su giro dramático. Como la vida misma, vamos.
La tumba de las luciérnagas (1988)
No resulta gratuito que hoy sea casi un cliché catalogar La tumba de las luciérnagas (1988) como la película más dura de la historia. Incluso si tienes el corazón impermeabilizado ante los horrores de la guerra, esta crónica sobre la supervivencia de dos niños durante los coletazos finales de la Segunda Guerra Mundial en Japón te lo hará pasar fatal. Mucho peor que, por ejemplo, Cartas desde Iwo Jima (2006).
Un Ladrón de bicicletas (1948) sin moraleja final y que, de hecho, comienza con la plena certeza de que ninguno de sus dos niños protagonistas sobrevive, tanto el autor del relato original, Akiyuki Nosaka, como el director Isao Takahata, vivieron en sus carnes el paupérrimo día a día del Japón de posguerra. Por ello, llevaron al máximo el dolor (real) sobre las espaldas de esta pareja de hermanos. Duele, y con razón.
Gritos y susurros (1972)
En esta obra maestra de letargo extraño, casi erotizado y siempre bajo el implacable tic-tac del reloj por aguja (sin morfina), no hay espacio para las conversaciones que nos ayudan a racionalizar los episodios más duros de nuestra vida. Aquí sólo hay tres hermanas que se reúnen para acompañar a la cuarta, la más joven y dulce, enferma terminal.
Pero en Gritos y susurros (1972) lo de acompañar no necesariamente resulta en algo positivo. Lo sabréis quienes conozcáis la obra del director de Secretos de un matrimonio (1973) o Saraband (2003), Ingmar Bergman, que no tuvo compasión alguna en retratar cómo las “cinco horas con Mario” de estas tres hermanas chejovianas van más de ellas y de sus neuras que de la pobre chica, acostada y agonizante. Hay poco en la vida tan desgarrador como darte cuenta de que, a veces, la muerte sí es preferible.
Hilachas (1985)
Cuenta una historia apócrifa que, después de que Ronald Reagan viera el drama apocalíptico televisivo El día después (1983), quedó tan aterrorizado por su representación de la destrucción nuclear que decidió suavizar su postura frente a la Unión Soviética. Solo cabe preguntarse qué habría pasado si hubiera visto Hilachas (1985), un thriller que aborda el terror de la guerra nuclear con diez veces la brutalidad.
Primero, porque antes de la tragedia, vemos la cotidianidad obrera en Sheffield, que no interrumpe el progresivo alarmismo de las noticias… Hasta que, una mañana infernal y a mitad del metraje, cae la bomba. Lo que sigue es un viaje desesperanzado y nihilista por el páramo calcinado que queda atrás, uno desgraciadamente parecido al de La tumba de las luciérnagas. Te lo aseguro: esto te recordará que, si llega lo peor, quizá el mejor lugar para estar sea justo en el centro de la explosión.
Dogville (2003)
Como Hilachas pero existencial y más nihilista todavía, si Dogville (2003) fuera un documental, seríamos nosotres mismes quienes lanzáramos el petardo. Seguramente hayáis oído de su premisa: la película está rodada casi por completo en un plató vacío, con dibujos de tiza que delimitan un pueblo ficticio de Dogville. Llega una forastera, Nicole Kidman, a quienes el pueblo acepta acoger porque quieren demostrarse que son buenas personas.
El problema es que no lo son, en absoluto. Lo que pasa a continuación (no) te sorprenderá y sí, va de fatal en peor. Ninguna novedad bajo techo del Lars von Trier de siempre, el mismo que Bailar en la oscuridad (2000). Brillante y horrible a partes iguales.
Million Dollar Baby (2004)
El gran truco de Million Dollar Baby (2004) es convencerte en su primera mitad de que estás viendo un drama deportivo bastante convencional, al estilo de Rocky (1976) o Toro salvaje (1980), sobre el ascenso de una luchadora humilde, interpretada magistralmente por Hilary Swank. Seguimos sus inicios prometedores, bajo la tutela del entrenador Frankie Dunn (Clint Eastwood siendo un padrazo más que entrañable).
Luego, digamos, la vida intercede. Un sólo golpe lo cambia todo y, a partir de ahí, la trama se vuelve simplemente devastadora. Es una película brillante, muy empática, una de las mejores de Eastwood… Pero no conozco a nadie que haya vuelto a verla.
Manchester frente al mar (2016)
Por lo menos, Manchester frente al mar (2016) va de cara. Esto es un DRAMA capital, y sólo la interpretación de Casey Affleck podrá retenernos cuando miremos de cara a las razones tras el divorcio entre el personaje de Affleck y el de Michelle Williams. Él regresa al pueblo del que huyó años, para revivir en todo su esplendor una herida que creía cerrada.
Aunque lo peor no es el letargo que pesa sobre cada intervención, de forma parecida a la de reyes del Quality Drama como Cadena perpetua (1994). El puñetazo definitivo llega en el flashback que explica qué tan nimio fue el desliz que originó la avalancha. El camino al desenlace es muy árido, si bien por suerte la relación de él con Lucas Hedges tiene algo de redentorio.
La carretera (2009)
Al igual que la segunda mitad de Hilachas, esta adaptación de la novela clásica de Cormac McCarthy también se jacta de llevar la miseria al extremo a través de un paisaje posapocalíptico, eso es, un hombre y a su hijo mientras luchan por sobrevivir entre caníbales, en un mundo donde sólo se respira el hollín.
Ojo, nada que ver con Mad Max: Furia en la carretera (2015). Visualmente, La carretera (2009) es puro blanco y negro, el reino definitivo del horror. A partir de ahí, pueden darte o esperanza o ansiedad, las intentonas de Viggo Mortensen y el jovencísimo Kodi Smit-McPhee en su empeño por resistir. Pero, una vez más, la moraleja es clara: si el mundo quedara reducido a cenizas, lo mejor sería un final rápido. Si te quedas a verlo y a sufrirlo… Te deseo suerte.





































































































