Si tras ver los ocho capítulos de Netflix ya estás esperando con ansias la tercera temporada de One Piece (2023), esta guía te interesa. Porque te preguntarás cómo es posible que el live action sobre la compañía de piratas elásticos del Sombrero de Paja nos haya emocionado tanto, cuando apenas un año antes nos horrorizaba el de Cowboy Bebop (2021).
Yo no voy a darte la respuesta, aunque creo que las dos series hablan por sí mismas. Eso sí, espero enseñarte que las adaptaciones de manga y anime a imagen real han sido tan a menudo fiascos tremendos como aciertos absolutos (y lo más común, una forma más o menos inspirada de exprimir el bolsillo). Así que prepárate para abrir los ojos como Alita: Ángel de combate (2019), que te explico qué live actions debes ver sí o sí, y cuáles disfrutarás sólo si eres un fan con ganas de marcha.
Imprescindible: ‘Kenshin, el guerrero samurái’ (2012)
Japón es el país del jidaigeki, el género de Los siete samuráis (1954) o Zatoichi (2003), de manera que saben cómo filmar luchas con espadas. Kenshin, el guerrero samurái (2012) es un ejemplo de ello. Para alivio de los fans, las películas de Kenshin, el Guerrero Samurái (1996) hicieron justicia a la franquicia, capturando en cinco películas la energía tras los combates de Himura Kenshin y la vidilla de la Restauración Meiji.
Las escenas de lucha, en particular, se convirtieron en auténticos referentes del cine de acción moderno y sirvieron como una excelente puerta de entrada para una nueva generación, vía Netflix. Y es que todas las cinco películas disponibles, hasta Kenshin, el guerrero samurái: El final (2021), están muy bien.
Apto para otakus: ‘Debiruman’ (2004)
El manga de Go Nagai ha dado lugar a series de anime como la clásica Devilman (1972) y la adaptación original de Science Saru, la genial Devilman Crybaby (2018). Pero si hay una adaptación que los fans de Devilman querrían que el resto del mundo olvidara, esa sería el notorio fracaso de acción real de 2004, Debiruman (2004).
Incluso en Japón, Devilman fue duramente criticada. Toda la épica de la serie original quedaba emborronada por una vomitera de efectos de CGI que ni Jabba en La guerra de las galaxias. Episodio I: La amenaza fantasma (1999). Tampoco ayudó el casting de actores que realmente no eran actores, como el cantante de J-Pop Izaki Hisato y la modelo Ai Tominaga. Un desastre gourmet sólo para paladares preparados.
Un clásico potente: ‘Old Boy’ (2003)
Quizás no conozcas el manga de Nobuaki Minegishi y Garon Tsuchiya, pero habrás oído a hablar de este thriller neo-noir surcoreano sobre Oh Dae-su (Choi Min-sik), un tipo encarcelado sin motivo durante quince años y su brutal búsqueda de venganza, que incluye fracturas de cráneo, extracción de dientes y perforaciones de tímpano.
Old Boy (2003) reproduce fielmente la trama del original, pero adopta un tono mucho más amenazante y trágico. Más parca y gore, trágica y cómica a partes iguales, el mundo la conoció por sus escenas memorables, como la batalla en el pasillo, inspiración directa de Marvel - Daredevil (2015). O el célebre aperitivo de pulpo vivo, cine para foodies mal de la chaveta. Tan bruta como una de Quentin Tarantino, la adaptación de Park Chan-wook de Oldboy también supera ampliamente al intento posterior dirigido por Spike Lee, Old boy (2013) con Josh Brolin.
Sólo kamikazes: ‘Terra Formars’ (2016)
Esta adaptación traía grandes expectativas: su director era Takashi Miike, conocido por películas como Ichi the Killer (2001) o Audition (2000)... Pero las cucarachas (y Miike también) habían venido sólo a ganarse el pan.
Terra Formars (2016) mantiene algunos elementos esenciales del manga, una suerte de Ataque a los titanes (2013) donde la guerra se fragua entre enormes cucarachas humanoides marcianas con peluca y miembros de la yakuza. Pero de algún modo incomprensible, el live action consigue que todo resulte… Aburrido. La adaptación no está a la altura en términos visuales y en ocasiones recuerda más a la serie de los Power Rangers (1993) que a una superproducción de sci-fi. Es malísima, y en Japón acabó perdiendo millones en taquilla, algo insólito con un manga de estas proporciones.
Excelente blockbuster: ‘Al filo del mañana’ (2014)
Incluso Hollywood reconoce el atractivo del manga japonés. En el material original, All You Need Is Kill de Hiroshi Sakurazaka (que acaba de adaptarse en anime, en la fantástica Solo necesitas matar de Science Saru), la historia gira en torno a un soldado llamado Keiji Kiriya que queda atrapado en un bucle temporal después de morir en una batalla contra extraterrestres. Un Atrapado en el tiempo (1993) con extraterrestres. ¿Te suena?
Al filo del mañana (2014) sigue de cerca la obra original, aunque “americanizados”, con Tom Cruise y Emily Blunt al frente y unos efectos especiales dignos de la pirotecnia alienígena del original. No hay mucho más que decir sobre la de Doug Liman, excepto que resulta una de aquellas películas que te hacen olvidar el móvil del todo durante hora y media 100% gozosa. Simplemente vedla.
De vuelta al nicho: ‘Ataque a los Titanes’ (2015)
La versión anime de Ataque a los titanes fue la responsable en solitario de consolidar el manga en España, como un medio artístico tan digno de historias y personajes complejos como cualquier otro. Además, en la época, nos descubrió unos efectos visuales que sólo pueden compararse a los de Kimetsu no Yaiba (2019) o Chainsaw Man (2022). No pasó lo mismo con el live action posterior, Ataque a los Titanes (2015).
Un resumencillo inexacto de la trama del manga, apenas potable para fans de las películas de monstruos de serie B, la oscuridad en imagen real provocaba en el público generalista risotadas antes que impacto de cualquier tipo. Digamos: compara la fiesta de disfraces de plástico de El hijo de Godzilla (1967) con la espectacularidad aplastante de Godzilla: Rey de los Monstruos (2019)... A mí este desastrillo me cae bien.
La mejor: ‘Speed Racer’ (2008)
Meteoro (2008), mejor conocida como Speed Racer, es posiblemente el ejemplo definitivo de lo que una adaptación live action de anime puede (y debería) ser; es decir, literalmente un “anime hecho con personas reales”. Aunque fracasara en taquilla, patinazo sonoro al nivel de El destino de Júpiter (2015), con el tiempo se ha consolidado como una obra de culto muy por encima del anime Speed Racer (1967). Vamos, sentó un estándar.
Súmale a las carreras humor y política, y cuéntalo con un montaje vertiginoso y colores primarios intensísimos. Las directoras Lana Wachowski y Lilly Wachowski sabían lo que hacían, y emplearon una técnica de edición multicapa en la que diversos elementos visuales aparecen, desaparecen y se superponían, un caleidoscopio de colores que ni Sailor Moon (1992). El resultado final es una auténtica descarga de azúcar cinematográfica: 135 minutos de caos kitsch y energía visual desbordante.





































































































