Las 10 mejores películas de Julia Roberts, ordenadas

Las 10 mejores películas de Julia Roberts, ordenadas

Juan José Mateo
Juan José Mateo

Publicado el 19 de abril de 2026

Actualizado el 20 de abril de 2026

Julia Roberts es uno de esos fenómenos que el cine produce una vez por generación: una actriz capaz de llenar la pantalla con una sonrisa antes de pronunciar una sola palabra y de destruirte con un gesto cuando ya no queda ninguna. Desde que a finales de los ochenta irrumpió en Hollywood con una energía que pocos habían visto antes, Roberts ha construido una carrera que combina el estrellato más puro con una voluntad de riesgo que sus detractores suelen ignorar. 

En esta guía te proponemos un recorrido por sus diez mejores trabajos: diez películas que explican no solo por qué Roberts es considerada una de las mejores actrices de Hollywood, sino por qué esa posición está más que justificada.

Darby Shaw, la estudiante de derecho que descubre por accidente una conspiración que llega hasta el despacho oval, le exige a Julia Roberts algo que sus primeras películas no habían necesitado: contención. En El informe Pelícano, la película que Alan J. Pakula adaptó de la novela de John Grisham, Roberts no puede brillar con el carisma habitual porque su personaje vive en el miedo, en la desconfianza, en la certeza de que cualquier persona a su alrededor puede estar tratando de matarla.

Lo que consigue es una actuación mucho más eficaz de lo que la memoria colectiva tiende a reconocerle. Su química con Denzel Washington construye la tensión de la película sobre una base de complicidad que nunca se convierte en romance, y esa elección dice mucho de la madurez de ambos intérpretes. 

Su interpretación recuerda a Jodie Foster en El silencio de los corderos: mujeres jóvenes que habitan un mundo de thriller dominado por hombres y que encuentran en la inteligencia, y no en la fuerza, su principal herramienta de supervivencia. 

09

Wonder
Wonder

Wonder

2017

La madre de Auggie Pullman, el niño con una deformidad facial que se enfrenta por primera vez a la crueldad del mundo escolar, es un papel secundario en el sentido más técnico de la palabra, pero Roberts lo convierte en el corazón emocional de Wonder con una economía que resulta admirable. 

Isabel Pullman es una mujer que ha sacrificado su carrera, su tiempo y una parte de sí misma para construir un escudo alrededor de su hijo, y lo que Roberts transmite no es el sacrificio en sí sino el peso silencioso de haberlo elegido sin arrepentirse.

Hay un par de escenas, en particular aquella en la que Isabel reconoce que también ella ha necesitado llorar sin que nadie la vea, que Roberts resuelve con una precisión que pocas actrices de su generación podrían igualar. 

Su desempeño nos lleva a pensar en Meryl Streep en Kramer contra Kramer: madres que el cine filma desde la complejidad y no desde la santidad, mujeres a las que se les permite ser imperfectas y agotadas sin que eso las convierta en villanas. 

Holly Burns, la madre que pasa la Nochebuena intentando salvar a su hijo adicto a los opiáceos de sí mismo, es probablemente el papel más oscuro y más exigente de toda la carrera de Julia Roberts, y también el más ignorado. 

El regreso de Ben es una película pequeña, rodada con una urgencia casi documental por Peter Hedges, y Roberts se entrega a ella sin red: sin glamour, sin sonrisa, sin ninguno de los mecanismos de seducción con los que el público la ha aprendido a querer.

Lo que construye es una madre al límite cuyo amor por su hijo se ha convertido en una forma de guerra, y la manera en que Roberts navega entre la ternura y la desesperación sin caer en ninguno de los dos extremos es un trabajo de una madurez extraordinaria. 

La comparación más honesta sería con Viola Davis en Fences: actrices que en películas sobre el dolor familiar encontraron el valor de no hacer simpático a su personaje, de dejar que la rabia y el agotamiento fueran también parte del amor. 

Shelby Eatenton, la joven de Louisiana que decide casarse y tener un hijo a pesar de saber que su diabetes puede matarla, fue el papel que le cambió la vida a Julia Roberts antes de que Pretty Woman la convirtiera en un fenómeno global. 

En Magnolias de acero, la adaptación de la obra de teatro de Robert Harling, Roberts comparte pantalla con Shirley MacLaine, Olympia Dukakis, Dolly Parton, Daryl Hannah y Sally Field, un conjunto de actrices que podría haber aplastado a cualquier debutante.

Sin embargo, no solo no la aplasta, sino que Roberts encuentra en Shelby una luminosidad que hace que el espectador sienta físicamente la pérdida cuando esta llega. 

Hay algo en la manera en que construye la alegría de ese personaje, una alegría que sabe finita y que precisamente por eso parece más intensa, que recuerda a la Audrey Hepburn de Sabrina: actrices que el cine usó para encarnar una cierta idea de la vida como algo que merece la pena vivir incluso cuando duele. La nominación al Oscar que recibió por este papel fue la primera señal de que Roberts no era solo una cara bonita.

06

Agosto
Agosto

Agosto

2013

En Agosto, la adaptación de la obra de August Wilson que John Wells llevó al cine con un reparto que incluye a Meryl Streep, Ewan McGregor, Benedict Cumberbatch y Margo Martindale, Julia Roberts interpreta a Barbara Weston, la hija mayor de una familia de Oklahoma que regresa a casa tras la desaparición del padre. 

Es un papel que le exige confrontar de forma directa a Meryl Streep en varias escenas de una intensidad extraordinaria, y Roberts no solo no sale derrotada de esa confrontación: en algunos momentos la gana.

La escena de la cena, que es sin duda una de las escenas de conjunto más memorables del cine americano, funciona porque Roberts decide que Barbara no va a ser la víctima de su madre sino su igual en crueldad cuando la situación lo requiere. 

La comparación que viene a la mente es con Cate Blanchett en El aviador: actrices secundarias que llegan a una película con una estrella indiscutible y tienen la valentía de no dejar que esa estrella lo sea en todas las escenas. Roberts recibió una nominación al Oscar por este papel.

Anna Scott, la actriz de Hollywood más famosa del mundo que se enamora de un librero londinense sin pretensiones, es el papel con el que Julia Roberts hizo algo que muy pocos actores tienen el talento y la seguridad para hacer: interpretar una versión estilizada de sí misma sin que la ironía destruya la emoción. 

En Notting Hill, Roger Michell y el guionista Richard Curtis construyeron un personaje que necesitaba de una actriz capaz de transmitir al mismo tiempo la soledad del estrellato y la vulnerabilidad del amor, y Roberts lo resuelve con una elegancia que hace que la película parezca más fácil de lo que es.

La escena en la que Anna se sienta en el jardín y dice que es solo una chica pidiéndole a un chico que la quiera es una trampa sentimental que en otras manos habría resultado insoportable. Roberts la convierte en algo genuino. 

La comparación vuelve a llevarnos a Audrey Hepburn, esta vez en Vacaciones en Roma: estrellas que usaron su propio mito para hablar de lo que cuesta ser una estrella, y que encontraron en esa autorreferencia algo parecido a la libertad. 

Julianne Potter, la crítica gastronómica que descubre que está enamorada de su mejor amigo el mismo día en que él le anuncia que va a casarse con otra, es uno de los personajes más subversivos que Roberts ha interpretado porque es, sin ambigüedad posible, la antagonista de su propia película. 

La boda de mi mejor amigo es una comedia romántica que se atreve a no darle a su protagonista lo que quiere, y Roberts abraza esa imposibilidad con un entusiasmo que convierte la película en algo mucho más interesante que la mayoría de las comedias románticas de los noventa.

Lo que Roberts construye con Julianne no es una heroína frustrada sino una mujer cuya inteligencia y cuyo encanto se ponen al servicio de algo cuestionable a nivel ético, y la gracia con la que hace eso sin perder la simpatía del espectador es un ejercicio de equilibrio actoral de primer orden. 

Lo podemos comparar con Bill Murray en Atrapado en el tiempo: actores que aceptaron encarnar personajes antipáticos dentro de géneros que suelen exigir lo contrario, y que convirtieron esa incomodidad en la mejor baza de la película.

En Cegados por el deseo, la película de Mike Nichols en la que Roberts comparte pantalla con Jude Law, Clive Owen y Natalie Portman, Roberts interpreta a Anna, la fotógrafa que se convierte en el centro de una geometría amorosa de cuatro vértices. 

Es, posiblemente, el trabajo más despojado de su carrera: Anna es un personaje que el guión de Patrick Marber mantiene opaco de forma deliberada, una mujer cuyas motivaciones no se explican nunca del todo y que Roberts construye desde el silencio y desde la mirada.

Hay escenas, en particular el interrogatorio que le hace Clive Owen en la consulta del médico, en las que Roberts consigue transmitir una complejidad moral que sus comedias románticas nunca le habían exigido. 

La comparación más pertinente es con Nicole Kidman en Eyes Wide Shut: actrices de gran popularidad que encontraron en cineastas de autor el espacio para explorar una oscuridad que el cine comercial les había negado. 

02

Una mujer audaz

Erin Brockovich, la madre divorciada sin estudios de derecho que lleva casi en solitario el caso legal más importante de la historia de Estados Unidos contra una empresa contaminante, es el papel con el que Julia Roberts ganó el Oscar a mejor actriz y también el que mejor define lo que ella puede hacer cuando un guión y un director están a la altura de su talento. 

Steven Soderbergh filma Erin Brockovich con una energía que debe mucho a la energía de Roberts, y la colaboración entre los dos produce una de las películas más satisfactorias del cine americano de los años dos mil.

Lo que hace que el trabajo de Roberts sea extraordinario no es el activismo ni la indignación, aunque ambas cosas se hallan en la película, sino la manera en que construye a Erin desde la contradicción: una mujer grosera y brillante, impaciente y compasiva, que usa su sexualidad como herramienta y su inteligencia como arma sin que ninguna de esas cosas la haga menos real. Recuerda mucho a Sally Field en Norma Rae: mujeres corrientes a las que el cine convirtió en heroínas sin quitarles ninguna de sus imperfecciones, y que resultaron más grandes precisamente por eso.

01

Pretty Woman

Vivian Ward, la prostituta de Los Ángeles que pasa una semana en la suite de un hotel de lujo con un ejecutivo millonario y sale de allí convertida en otra persona sin haber perdido nada de lo que la hacía ella misma, es el papel más difícil de la carrera de Julia Roberts y también uno de los más subestimado, precisamente porque la película fue tan popular que la actuación quedó sepultada bajo el fenómeno cultural.

Lo que hace Roberts con Vivian es un prodigio de equilibrio: el personaje tiene que ser al mismo tiempo ingenua y experimentada, divertida y vulnerable, orgullosa y capaz de dejarse transformar, y Roberts lo resuelve con una naturalidad que hace que todo parezca inevitable cuando es, en realidad, muy difícil. 

La escena de la ópera, en la que Vivian llora sin entender del todo por qué la música la está afectando, es uno de esos momentos de actuación que se recuerdan durante décadas porque Roberts no interpreta la emoción sino que la deja pasar a través de ella.

La comparación que corresponde es con Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco: actrices que el mundo quiso reducir a su imagen y que demostraron, en la película adecuada, que debajo de esa imagen había una intérprete capaz de cualquier cosa. 

Roberts ganó un Globo de Oro por Pretty Woman y no ganó el Oscar, y esa ausencia sigue siendo una de las grandes injusticias de la Academia. Treinta y cinco años después, Vivian Ward sigue siendo el personaje con el que el mundo aprendió a querer a Julia Roberts, y también el que mejor explica por qué ese cariño nunca ha disminuido.

Acerca de esta lista

Títulos

10

Costo total de visualización

35,95 €

Duración total

19h 39min

Géneros

Drama, Comedia, Romance

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