
‘Proyecto Fin del Mundo’ (‘Project Hail Mary’) ha sido comparada con ‘Interestelar’. ¿En qué se parecen y en qué son diferentes?
Un hombre es enviado a lo más profundo del espacio, a años luz de la Tierra, en una misión que representa la última esperanza de la especie humana. Aunque basada en un libro de Andy Weir (mismo autor de Misión rescate), lo cierto es que la premisa de Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary), dirigida por Chris Miller y Phil Lord, le ha merecido comparaciones con otra ya clásica película de ciencia ficción: Interestelar (Interstellar), de Christopher Nolan.
Estrenadas con más de una década de diferencia, las comparaciones—y sus respectivos éxitos taquilleros—hacen pensar que la película protagonizada por Ryan Gosling podría ocupar el mismo lugar de querido clásico para una nueva generación. Y sí, podría, pero a pesar de sus similitudes, hay algunas diferencias clave entre ambas películas y que vuelven a Proyecto Fin del Mundo más valiosa para los tiempos que vivimos (spoilers de ambos títulos a continuación).
Proyecto Fin del Mundo e Interestelar: dos misiones por la supervivencia de la humanidad
La trama de Interestelar ya es bien conocida: la humanidad atraviesa una crisis por hambruna, plagas fuera de control y una catástrofe climática irreversible. Ya no hay solución para la Tierra y, en un intento por preservar el futuro de nuestra especie, se crean las misiones Lázaro, para enviar a un equipo de científicos, por medio de un agujero de gusano cerca de Saturno, hacia un cúmulo de planetas potencialmente habitables cerca de un agujero negro bautizado como Gargantua.
Cuando la primera expedición reporta resultados prometedores en tres planetas, la misión Endurance (que se traduce al español como resistencia o perseverancia) es enviada a investigarlos y potencialmente colonizarlos, con Cooper (Matthew McCounaghey) viéndose obligado a abandonar a su hija, Murph (Mackenzie Foy), pues él es el único piloto viable para la misión.
Proyecto Fin del Mundo tiene una premisa similar, en el sentido de que la humanidad también se ve obligada a enviar una misión a millones de años luz con pocas probabilidades de éxito. Sin embargo, la causa es otra: microorganismos, bautizados como “astrófagos” por el biólogo molecular Ryland Grace (Ryan Gosling), están consumiendo el sol no sólo en nuestro sistema solar, sino en otros rincones del universo.
Cuando se descubre una galaxia donde los astrófagos no están afectando al sol por alguna razón, Grace es reclutado para educar a un grupo de astronautas sobre los astrófagos, y entrenarlos en cómo usarlos como combustible para llegar hasta ahí. Sin embargo, un accidente imprevisto obliga a Grace a unirse a la expedición, pero el asunto se complica todavía más cuando, al despertar del coma inducido durante el viaje espacial, descubre que sus únicos dos compañeros están muertos. Súbitamente, el peso del destino de la humanidad cae sólo sobre sus hombros… hasta que tiene un encuentro inesperado.
Las similitudes entre Proyecto Fin del Mundo e Interestelar son menos de las que crees
Los paralelos son claros, pues ambas películas lidian con la supervivencia de la humanidad bajo circunstancia existenciales y extremas: el fracaso significa una lenta y dolorosa extinción, por congelación, oscuridad y hambre (eso si la guerra por el alimento y el territorio no ha traído la destrucción mutua asegurada) en el primer caso; y por hambruna o guerras (un escenario similar, pero sin problemas solares) en el segundo.
Está, también, la similitud de una expedición con pocos elementos enviados a la incertidumbre de lo desconocido, más allá de las últimas fronteras de la civilización humana. Ambos Cooper y Ryland—este último en solitario por un tiempo considerable—se enfrentan a bajísimas probabilidades de éxito. Hay, además, un elemento de profundo sacrificio personal: Cooper renuncia a ver crecer a sus hijos, pues la relatividad temporal hará que hayan envejecido o incluso muerto para su regreso—si es que sucede—. Ryland, en cambio, no tiene vínculos en la Tierra, pero sabe que su viaje es de ida sin regreso.
Y claro, está también el elemento de misterio: la misión por encontrar el planeta más viable para colonizar en Interestelar, y la búsqueda de una solución a la propagación de los astrófagos en Proyecto Fin del Mundo.
Sin embargo, si vamos más hacia el fondo de los temas, ambas películas presentan no sólo ánimos—Proyecto Fin del Mundo se permite ser más cómica, todo lo que una película de Nolan no puede ser—, sino discursos muy distintos.
La gran diferencia entre Proyecto Fin del Mundo e Interestelar
“Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”, sentencia Mark Fisher en su ensayo de 2009, Realismo capitalista. En él, propone que la maleabilidad del capitalismo como sistema político y económico ha imposibilitado la concepción de alternativas incluso desde un plano imaginario, infectando nuestras narrativas populares. El autor abre citando a Niños del hombre (Children of Men), en la que la explotación capitalista permanece viva y saludable, incluso ante la posibilidad de la extinción humana.
Lo siento, fans de Nolan, pero en más de un sentido, Interestelar es una narrativa que repite los discursos del realismo capitalista por un elemento clave de la narrativa: el origen de su inminente Apocalipsis. La crisis de hambruna, plaga y sequía sólo nos quiere decir que la humanidad no logró revertir el curso. La única esperanza está en una misión espacial—organizada por NASA y, por extensión, por los Estados Unidos—, que quizá permita a la humanidad subsistir para pelear—y consumir—un día más. Lo cierto es que las últimas escenas de la película no sugieren que la humanidad haya cambiado mucho sus costumbres, incluso décadas después de iniciada la misión.
Y si bien la de Interestelar es, en el fondo, una historia de amor paternal que persiste a través del tiempo y el espacio, lo cierto es que también pone demasiado énfasis tanto en el sacrificio como en la ganancia personal. Como ya dijimos, mucho descansa en que Cooper sacrifique una vida junto a sus hijos, así como la Dra. Amelia Brand (Anne Hathaway) renuncia a su vida en la Tierra—aunque lo hace con la esperanza de reencontrarse con su amado, el Dr. Edmunds, enviado en la expedición Lázaro inicial.
La otra cara de la moneda es el Dr. Mann (Matt Damon), líder de la expedición Lázaro. Cuando el equipo de Cooper y Brand logra reunirse con él, finalmente descubrimos que ha saboteado la misión como un intento desesperado por volver a la Tierra, pues ha concluido que ningún planeta es viable para la colonización y, por lo tanto, no hay esperanza para la humanidad más que esperar a la muerte. Su egoísmo casi resulta en la pérdida total de la Endurance y en el fracaso absoluto de la misión.
Es, al final, un relato de individualismo, que se resuelve precisamente por una paradoja temporal creada por una sola persona. La interacción climática de Cooper con Murph dentro del teseracto, donde transmite al pasado las coordenadas que salvarán a la humanidad, es a final de cuentas un relato de una sola familia y su amor. En ningún momento negaremos su poderosa emotividad—no por nada ha marcado a toda una generación—, pero está en contraposición a lo que intenta decir la otra película que nos concierne.
Proyecto Fin del Mundo opera en sentido contrario respecto a la individualidad. Poco a poco, por medio de flashbacks, se nos revela que Ryland Grace ha sido un recluso, sin conexiones personales profundas, en parte por su caída en desgracia debido a sus teorías polémicas.
Es, sin embargo, impulsado hacia un propósito mayor, común, cuando llega el momento. Incluso si es inicialmente en contra de su voluntad: su cobardía ante la emergencia obliga a Eva Stratt (Sandra Hüller), líder de la misión, a someterlo y sedarlo para ponerlo en la nave. Que dicho sea de paso, a propósito de Stratt: esta es una misión de cooperación internacional, no sólo de la NASA, ante una amenaza común. Incluso si, en diálogos, se reconoce la posibilidad de un colapso social ante el empeoramiento de las condiciones climáticas.
Y es la cooperación, precisamente, lo que está en el corazón de Proyecto Fin del Mundo, mejor ejemplificado cuando Grace tiene inesperado contacto con otra nave de una especie alienígena inteligente. A bordo, descubre a quien bautiza como “Rocky”, un ser inteligente cuyo cuerpo está conformado por minerales y cuya especie, a la que denomina “eridanianos”, también busca una solución contra los astrófagos.
La película de Lord y Miller dedica una cantidad considerable del metraje a establecer que, para la cooperación, lo primero que Grace y Rocky deben lograr es la comunicación. Todas estas secuencias hacen de este último uno de los mejores alienígenas amigables del cine de ciencia ficción después de Abbott y Costello en La llegada (Arrival).
La creciente intimidad entre los personajes crea no sólo compañerismo, sino una lección crucial para los destinos de ambos: nadie se salva solo. Incluso si salvarse mutuamente puede representar el noble sacrificio.
Rocky es, al final, quien impulsa a Grace a alcanzar su destino y estar a la altura del bien común. Pues el concluir que nadie se salva solo implica decir, también, que ambos sólo pudieron alcanzar el éxito y la supervivencia gracias a la interacción con el otro, y nunca en soledad.
Proyecto Fin del Mundo presenta, cuando todo se ha dicho, una visión más esperanzadora de la humanidad, al retratar su espíritu indomable para encontrar valor y aceptar el sacrificio, pero también la ayuda y la cooperación, en nombre del bien común. El tipo de relato que necesitamos para nuestros tiempos de fragmentación y polarización tanto social como política.


















