
10 series similares a Dragon Ball Super para ver mientras esperas la segunda temporada
Dragon Ball Super cerró su primera temporada el 25 de marzo de 2018, con el arco del Torneo del Poder como colofón y 131 episodios a sus espaldas. Desde entonces, la franquicia ha seguido viva en el manga, en las películas Broly (2018) y Super Hero (2022), y en la serie paralela Dragon Ball Daima (2024).
Sin embargo, la espera por una continuación animada directa de Super se ha complicado más de lo previsto. El 1 de marzo de 2024 falleció Akira Toriyama, el creador de la franquicia. Su discípulo Toyotaro publicó el capítulo 103 del manga, titulado Una herencia para el futuro, cerrando el arco de los Superhéroes antes de que la serie entrase en un parón indefinido.
No fue hasta enero de 2026, en el evento conmemorativo del 40.º aniversario de la franquicia, cuando Toei Animation anunció novedades: un remake mejorado del arco de la Batalla de los Dioses bajo el título Dragon Ball Super: Beerus —previsto para otoño de 2026— y una nueva saga animada, Dragon Ball Super: The Galactic Patrol, que adaptará el arco de Moro y cuya fecha de estreno aún no tiene confirmación oficial.
Mientras ese fuego se reaviva, el vacío existe y necesita llenarse. En esta guía no proponemos clones de Goku ni sucedáneos baratos: solo series que comparten el mismo ADN emocional, esa mezcla de combates que escalan hasta lo imposible, personajes que crecen a golpe de derrota y mundos donde el esfuerzo tiene un significado.
Antes de que Goku se transformara en Super Saiyan, Seiya ya quemaba su cosmos hasta los huesos. Los Caballeros del Zodiaco, el manga de Masami Kurumada publicado desde diciembre de 1985 en Shūkan Shōnen Jump y adaptado al anime en octubre de 1986 por Toei Animation, es uno de los pilares fundacionales del shōnen de combates. La premisa es sencilla en apariencia: un grupo de jóvenes guerreros con armaduras inspiradas en constelaciones protege a la diosa Atenea de las fuerzas del mal. Pero lo que lo hizo imperecedero es su dimensión emocional: los Caballeros de Bronce nunca ganan porque sean los más poderosos, sino porque están dispuestos a ir más lejos que nadie. Cada batalla es una declaración de fe.
El parecido con Dragon Ball Super radica en ese mismo motor interno: la fuerza que surge de los vínculos, los saltos de poder que desafían toda lógica y el peso de un destino que aplasta antes de elevarse. La diferencia radica en el tono: mientras Super opera en clave de aventura expansiva y a veces festiva, Los Caballeros del Zodiaco tiene una textura más trágica, casi griega. Sus héroes sangran de verdad y las victorias siempre tienen un coste.
Comparada con Saint Seiya: Los Caballeros del Zodiaco de Netflix (2029), el reboot en CGI, la serie clásica es muchísimo más rica en matices y peso dramático.
Antes de que existiera el anime tal y como lo conocemos, Meteoro ya estaba trazando los planos del héroe shōnen moderno. La historia de un piloto de carreras que compite con un coche cargado de gadgets y un código moral inquebrantable puede parecer lejana a los combates de Dragon Ball Super, pero la conexión está en la médula: un protagonista definido por su determinación, un rival que es también espejo (aquí Racer X, el hermano perdido), y una progresión de obstáculos que siempre escalan hacia algo mayor.
Meteoro no tiene transformaciones, pero sí tiene la misma estructura de reto, superación y nuevo desafío que hace adictos a los shōnen de combates. Es, en cierto modo, el abuelo formal de toda una genealogía que lleva de forma directa a Goku.
En comparación con Speed Racer la Nueva Generación: El comienzo (2008), la serie original conserva una ingenuidad y una energía que la versión moderna no logra replicar.
Si Dragon Ball Super escala sus combates hasta los dioses de la destrucción, Kengan Ashura los ancla en la carne y el hueso. Producida por Larx Entertainment y estrenada en Netflix en julio de 2019, esta adaptación del manga de Yabako Sandrovich sigue a Tokita Ohma, un luchador que combate en torneos clandestinos donde las grandes corporaciones resuelven sus disputas comerciales a puñetazos (sí, suena bastante a El club de la lucha). El sistema es brutal y elegante a la vez: cada empresa designa a su campeón, y quien gana en el tatami se lleva el contrato.
El parecido con Super es inmediato para cualquier fan del género: la sucesión de rivales cada vez más formidables, los flashbacks que explican el origen de cada técnica y esa obsesión por desvelar quién es de verdad el más fuerte. Pero Kengan Ashura añade una lectura que Dragon Ball rara vez desarrolla: el combate como metáfora del capitalismo, con cuerpos que se convierten en activos de mercado.
Se puede comparar con Baki —otra serie de Netflix sobre luchadores extremos—, aunque Kengan Ashura tiene una arquitectura narrativa más sólida y personajes con mayor profundidad psicológica.
Pocas series han capturado el espíritu shōnen con tanta honestidad como My Hero Academia, de Kōhei Horikoshi, adaptada al anime por el estudio Bones y estrenada el 3 de abril de 2016. En un mundo donde casi todos tienen superpoderes, Izuku Midoriya es el único que ha nacido sin ninguno. Su encuentro con el mayor héroe del mundo, All Might, lo lanzará a un camino de esfuerzo descomunal para convertirse en sucesor de un poder heredado que su cuerpo apenas puede sostener.
La relación con Dragon Ball Super es estructural: el héroe que supera sus límites a base de voluntad, el maestro que transmite una llama, los rivales que también son compañeros de crecimiento. Katsuki Bakugo y Vegeta podrían haberse tomado una cerveza juntos. Eso sí, donde My Hero Academia va más lejos que Super es en la construcción del mundo: la sociedad de héroes tiene fisuras, contradicciones y un sustrato político que Dragon Ball nunca ha necesitado explorar.
Comparada con Black Clover —otra serie de la misma generación con un protagonista sin poderes que grita mucho—, My Hero Academia es más refinada en su guión y más variada en su galería de personajes secundarios. Una de las mejores series shōnen de los últimos años.
Dororo es la demostración de que el anime de acción puede ser, también, literatura. Producida por MAPPA y Tezuka Productions y estrenada en enero de 2019, esta revisión del manga clásico de Osamu Tezuka sigue a Hyakkimaru, un samurái que nació sin órganos —su padre los entregó a demonios a cambio de poder— y que debe recuperar su cuerpo derrotando a las criaturas que lo tienen. A su lado, el niño ladrón que da nombre a la serie.
El punto de contacto con Dragon Ball Super es la batalla como acto de recuperación de uno mismo: cada demonio derrotado devuelve a Hyakkimaru un sentido, una extremidad, una posibilidad de existir. Es el arco de crecimiento shōnen llevado a su dimensión más visceral y existencial. La diferencia es profunda: mientras Super celebra el poder como alegría, Dororo lo presenta como trauma. Cada victoria tiene un sabor amargo.
Comparada con Demon Slayer, con la que comparte cierta estética histórica japonesa y el duelo como motor narrativo, Dororo es más austera, más incómoda y más literaria. Ideal para fans de Dragon Ball que quieran ver hasta dónde puede estirarse el género.
Hay un consenso casi universal en la comunidad del anime: Fullmetal Alchemist: Brotherhood es, junto a un puñado de títulos, una obra de referencia absoluta. Producida por Bones y estrenada el 5 de abril de 2009, adapta de manera fiel el manga de Hiromu Arakawa siguiendo a los hermanos Elric —Edward y Alphonse—, que violaron las leyes de la alquimia intentando resucitar a su madre y pagaron un precio terrible. Su búsqueda de la Piedra Filosofal para recuperar lo perdido los arrastrará hacia una conspiración que amenaza con devorar a todo un país.
Lo que la conecta con Dragon Ball Super es la escala de sus clímax —batallas que mueven el destino del mundo— y esa insistencia en el vínculo fraternal como fuente de fuerza. Pero Brotherhood opera en una dimensión moral y narrativa que Super no frecuenta: sus villanos tienen arquitecturas filosóficas, sus victorias implican pérdidas y su final resuena porque ha sido preparado con precisión de relojero.
En comparación con la primera adaptación de 2003 —que se separó del manga para contar su propia historia—, Brotherhood es más fiel, más épica y más satisfactoria en su resolución.
Jujutsu Kaisen es el shōnen de la nueva generación que más bebe de forma directa de la tradición de Dragon Ball: poderes que escalan, antagonistas que obligan a los protagonistas a romperse para crecer, y un sistema de energía —las maldiciones— que funciona con la misma lógica que el cosmo de los Caballeros o el chakra de Naruto. Producida por MAPPA y estrenada el 3 de octubre de 2020, adapta el manga de Gege Akutami siguiendo a Yuji Itadori, un estudiante que ingiere un dedo de un demonio ancestral para salvar a sus compañeros y acaba convirtiéndose en su recipiente.
El ADN es reconocible para cualquier fan de Super: el torneo como estructura narrativa, los saltos de poder que redefinen el techo de lo posible, los mentores que ocultan sus cartas. Pero Akutami tiene una crueldad narrativa que Toriyama nunca practicó: los personajes queridos mueren y no regresan, y eso convierte cada combate en algo tenso de verdad.
Comparada con Demon Slayer —la otra gran serie de su generación—, Jujutsu Kaisen es más oscura, está más dispuesta a romper a sus personajes y es más ambiciosa en su escala mitológica.
Ataque a los Titanes no es, en apariencia, una serie de peleas shōnen. Pero quien la reduzca a eso se pierde el bosque: bajo sus combates de proporciones descomunales late una de las narrativas más audaces y perturbadoras del anime reciente. Producida inicialmente por Wit Studio —y luego por MAPPA para sus arcos finales—, la adaptación del manga de Hajime Isayama se estrenó el 7 de abril de 2013. Su premisa es brutal: la humanidad sobrevive encerrada en ciudades amuralladas frente a gigantes sin inteligencia que los devoran por placer. Eren Yeager, el protagonista, verá cómo su mundo se quiebra antes de entender que la realidad es mucho más compleja que cualquier monstruo.
La conexión con Dragon Ball Super está en la escala de sus revelaciones y en esa sensación de que el suelo siempre se mueve bajo los pies. También en la transformación del protagonista como eje de la trama. Sin embargo, la dirección es opuesta: donde Super resuelve sus conflictos con una batalla catártica, Ataque a los Titanes acumula preguntas sin respuesta cómoda.
En comparación con Kabaneri of the Iron Fortress —una imitación evidente de su estética—, la diferencia de profundidad es abismal. Una obra que divide, incomoda y no se olvida.
Hablar de One Piece junto a Dragon Ball Super no es comparar dos series: es hablar de los dos pilares sobre los que se sostiene el shōnen de aventuras moderno. La adaptación del manga de Eiichiro Oda se estrenó el 20 de octubre de 1999 y acumula más de mil episodios siguiendo a Monkey D. Luffy y su tripulación en la búsqueda del tesoro más grande del mundo. El paralelismo con Dragon Ball es inevitable: protagonista ingenuo y muy poderoso, pandilla de amigos con habilidades únicas, rivales que se convierten en aliados, y una escala de poder que sigue creciendo décadas después.
La diferencia fundamental es el tono: One Piece está más enfocada en la aventura de piratas que en un torneo de artes marciales, y su riqueza está en la construcción del mundo —el universo de Oda es quizá el más elaborado del manga shōnen— y en la carga emocional de sus arcos. Dónde Dragon Ball Super va al grano con sus batallas, One Piece se detiene a construir civilizaciones enteras antes de destruirlas.
Antes de que Goku necesitara cinco episodios para transformarse, Kenshiro ya resolvía sus peleas con el toque de un dedo y una frase. El puño de la estrella del norte es la otra cara de la misma moneda: el hombre más poderoso del mundo en un paisaje post-apocalíptico donde la fuerza es la única ley. Kenshiro domina el Hokuto Shinken, un arte marcial letal que destruye el cuerpo del enemigo desde dentro, y recorre un mundo en ruinas buscando a la mujer que ama y enfrentándose a rivales que son también, en muchos casos, hermanos perdidos.
El parentesco con Dragon Ball Super es genealógico: ambas series comparten esa obsesión por el guerrero que debe superarse a sí mismo, los rivales que sirven de espejo y la batalla como ritual de identidad. La diferencia está en el tono: El puño de la estrella del norte es oscura, casi nihilista en sus primeros compases, y la violencia tiene consecuencias permanentes.


































