
Las 10 mejores películas de Robert De Niro, ordenadas
Robert De Niro no es solo uno de los mejores actores que ha dado el cine americano. Es, en muchos sentidos, el actor que definió lo que se esperaba de un intérprete de método en la segunda mitad del siglo XX. Lo que hace que su carrera sea un caso de estudio aparte no es solo la profundidad con la que se ha metido en cada personaje, ni las transformaciones físicas que lo han convertido en leyenda, sino la variedad casi incomprensible de registros que ha demostrado dominar: el gangster melancólico, el taxista al borde del abismo, el cómico perturbador, el boxeador destruido por sí mismo.
En esta lista repasamos diez de sus trabajos más importantes y más reveladores, ordenados de peor a mejor, y lo que demuestran, película a película, es que estamos ante uno de los intérpretes más completos y más valientes que el cine ha producido en toda su historia.
Martin Scorsese ya había trabajado con De Niro en cinco películas antes de El cabo del miedo, y ese historial compartido se nota en cada fotograma: hay entre director y actor una confianza que permite ir más lejos de lo que la mayoría de las colaboraciones permiten.
Max Cady, el ex presidiario tatuado que regresa para aterrorizar al abogado que lo defendió mal, es uno de los personajes más perturbadores de la carrera de De Niro, y eso es mucho decir.
La comparación inevitable es con el Robert Mitchum de la versión original de J. Lee Thompson de 1962, y no es una comparación que De Niro pierda: donde Mitchum construía el mal desde la calma glacial, De Niro lo construye desde una energía casi carnavalesca que resulta, de forma paradójica, más inquietante.
Cady es un hombre que ha convertido su resentimiento en proyecto de vida, y De Niro entiende que ese nivel de obsesión tiene una lógica interna que hay que respetar aunque horrorice.
Casino llega el mismo año que Heat y también está protagonizada por De Niro, lo que convierte 1995 en uno de los años más extraordinarios de su carrera. Sam Rothstein, el gestor del Tangiers Casino en Las Vegas, es un personaje que en manos de otro actor podría haberse convertido en una repetición de los gangsters que De Niro ya había interpretado.
Sin embargo, no lo es, porque De Niro y Scorsese entienden que Sam no es un gangster sino un burócrata del crimen: un hombre que ama el orden en un mundo que es intrínsecamente caótico, y que esa contradicción lo va destruyendo de forma lenta.
La comparación más justa es con el Michael Corleone de Al Pacino en El padrino. Parte II y El padrino. Parte III: ambos son hombres que construyeron imperios y que los ven desmoronarse por razones que tienen tanto que ver con sus propias decisiones como con las circunstancias.
Casino es una película más larga y más desigual que Uno de los nuestros, pero el trabajo de De Niro en ella es más matizado y más trágico de lo que suele reconocerse.
Malas calles es la película en la que De Niro y Scorsese se encontraron por primera vez de manera definitiva, y lo que hace el trabajo de De Niro en ella de especial interés, visto desde la perspectiva de todo lo que vendría después, es que Johnny Boy no es el protagonista de la historia: ese papel le corresponde a Harvey Keitel.
De Niro interpreta a un personaje secundario con una intensidad y una presencia que roban de manera sistemática cada escena en la que aparece, lo que es a la vez un tributo al talento de Keitel, que aguanta el pulso, y una demostración temprana de lo que De Niro haría durante las dos décadas siguientes.
Johnny Boy es irresponsable, autodestructivo y tiene un carisma que el espectador no puede evitar encontrar magnético aunque sepa que ese magnetismo es una trampa. La comparación más adecuada es con el Joe Pesci de Uno de los nuestros, otro actor que en el universo Scorsese construyó personajes secundarios que se convertían en el centro de gravedad emocional de la película.
Huida a medianoche es la película de esta lista que más sorprende a quienes conocen a De Niro principalmente por sus trabajos dramáticos, porque es una comedia, y porque es una comedia en la que De Niro es gracioso sin recurrir a ninguno de los mecanismos que suelen usar los actores dramáticos cuando se aproximan al género.
Jack Walsh, el cazarrecompensas que tiene que escoltar a través del país a un contador de la mafia interpretado por Charles Grodin, es un personaje que funciona porque De Niro entiende que el humor no viene del personaje sino de la situación, y que su trabajo es reaccionar con la lógica interna de alguien que se toma muy en serio un mundo que no se merece esa seriedad.
La comparación más iluminadora es con Walter Matthau en La extraña pareja: actores con una presencia física y una gravedad dramática que el género cómico usa como contraste, y que saben que la clave está en no guiñar el ojo al público. La química con Grodin es uno de los mejores dúos cómicos que el Hollywood de los ochenta produjo.
Heat es la película en la que Michael Mann consiguió por fin poner en la misma escena a De Niro y a Al Pacino, dos actores cuya rivalidad mitológica llevaba décadas alimentando la imaginación de los aficionados al cine sin que sus trayectorias se hubieran cruzado de manera directa.
El resultado es tan bueno como la expectativa prometía, y eso es extraordinariamente raro. De Niro interpreta a Neil McCauley, un ladrón profesional que vive según un código de disciplina casi monástica, y construye un personaje que es, en muchos sentidos, el opuesto de los gangsters de Scorsese: donde esos personajes son caóticos y emocionales, McCauley es frío y metódico.
Su personaje se puede comparar con el de Steve McQueen de Bullitt o de El rey del juego: actores que entendían que en determinados personajes la contención es más expresiva que la expansión. La escena del café entre De Niro y Pacino dura cuatro minutos y es uno de los mejores cuatro minutos del cine de los noventa.
El rey de la comedia es la película de Scorsese más incomprendida de los ochenta y el trabajo de De Niro en ella es el más perturbador de su colaboración con el director, incluyendo los papeles de asesinos y criminales.
Rupert Pupkin, el aspirante a cómico que secuestra a su ídolo para conseguir su oportunidad en televisión, es un personaje que incomoda de una manera diferente a la que incomoda Travis Bickle o Max Cady: no hay violencia explícita, no hay amenaza física inmediata, solo la conciencia escalofriante de que esta persona está disociada de la realidad y que esa disociación tiene una lógica interna perfectamente coherente para él.
La comparación más adecuada es con el Joaquin Phoenix de Joker, otra película sobre un hombre al margen que encuentra en el espectáculo una forma de legitimación, pero mientras Phoenix construía el personaje desde el dolor, De Niro lo construye desde una indiferencia al dolor ajeno que resulta más inquietante. La película fue un fracaso comercial en su momento y hoy parece una película del futuro.
Travis Bickle es, probablemente, el personaje más citado, más analizado y más influyente de toda la carrera de De Niro, y esa canonización tiene el riesgo de convertirlo en un icono antes que en un ser humano.
Lo que sigue haciendo el trabajo de De Niro en Taxi Driver extraordinario cinco décadas después es que Bickle nunca deja de ser un hombre específico con una psicología específica: no es un símbolo del malestar social americano de los setenta aunque sea también eso, sino un veterano de Vietnam con problemas de sueño que conduce un taxi de noche en una ciudad que le parece una cloaca y que no sabe distinguir entre la solución y el problema.
Su papel se puede comparar con el de Marlon Brando de El último tango en París, otra película del mismo período en la que un actor usó la vulnerabilidad masculina como herramienta principal: ambos construyen hombres que están rotos de una manera que el cine clásico no había tenido el valor de mostrar.
Paul Schrader escribió el guión en dos semanas y Scorsese lo dirigió en cuarenta días. El resultado es una película que sigue siendo imposible de olvidar.
Francis Ford Coppola tomó una de las decisiones más arriesgadas de la historia del cine cuando decidió que la segunda parte de El padrino contaría de forma simultánea dos historias: la de Michael Corleone en el presente, interpretado por Al Pacino, y la del joven Vito Corleone en el pasado, interpretado por De Niro.
El riesgo era triple: estructural, porque el contrapunto temporal podía resultar artificioso; de coherencia, porque el personaje de Vito ya había sido interpretado de manera definitiva por Marlon Brando; y de escala, porque De Niro tendría que construir los cimientos de un personaje cuyo edificio ya conocíamos.
Lo que De Niro hace con el joven Vito no es imitar a Brando sino encontrar el origen de lo que Brando había construido: la calma, la autoridad, la generosidad que oculta la violencia. Ganó el Oscar al mejor actor de reparto y es uno de los pocos casos en los que el premio parece insuficiente para describir lo que la actuación logra.
La comparación más adecuada es con Heath Ledger en El caballero oscuro: actores que tomaron un personaje preexistente y lo hicieron completamente suyo.
Uno de los nuestros es, junto con Toro salvaje, la mejor película de la colaboración entre De Niro y Scorsese, y Jimmy Conway es, junto con Jake LaMotta, el mejor personaje que De Niro ha construido en esa colaboración.
Lo que hace el trabajo de De Niro en Uno de los nuestros especialmente notable es que funciona como soporte narrativo en una película que tiene a Ray Liotta como protagonista y a Joe Pesci como detonador emocional: De Niro es el centro de gravedad que mantiene todo en su sitio, el hombre alrededor del cual orbitan los demás personajes, y esa función de ancla requiere una presencia que no se imponga pero que se sienta de manera constante.
Jimmy Conway es encantador, generoso y capaz de ordenar asesinatos sin alterarse, y De Niro entiende que esas cualidades no son contradictorias sino que son la misma cualidad vista desde ángulos diferentes. Recuerda a Tom Hagen de Robert Duvall en El padrino: personajes que tienen el poder real sin tener el título, y que saben con exactitud qué significa eso.
Toro salvaje es la cumbre de la carrera de De Niro y una de las cimas absolutas del cine americano del siglo XX. Jake LaMotta, el boxeador del Bronx que fue campeón del mundo de los pesos medios y que se destruyó a sí mismo con una ferocidad que superaba con creces la que ponía sobre el ring, es un personaje que requería de su intérprete algo que va más allá de la técnica o de la preparación física: requería honestidad radical, la disposición a no protegerse a uno mismo ni al personaje de ninguna verdad por incómoda que fuera.
De Niro subió más de veintisiete kilos para interpretar al LaMotta envejecido y su trabajo en las escenas de boxeo es tan convincente que muchos espectadores de la época creyeron estar viendo imágenes reales. Pero la transformación física, impresionante como es, es el aspecto menos importante de lo que De Niro hace aquí.
La comparación más justa no es con otras actuaciones físicamente extremas sino con el Marlon Brando de Un tranvía llamado deseo: actores que encontraron en un personaje la oportunidad de llegar más lejos de lo que el cine les había pedido llegar hasta entonces, y que no la desperdiciaron. El Oscar que ganó por este papel fue el segundo de su carrera y sigue siendo el más merecido.







































