
Cómo un patinazo monumental con ‘Star Wars’ está en el origen de ‘He-Man’
Pocas decisiones han sido tan notoriamente desastrosas como ese error cometido por Mattel en 1976. Un accidente que, oiga, les dio muchísimo dinero. Por aquel entonces, el director ejecutivo de la compañía, Ray Wagner, se reunió con un joven cineasta llamado George Lucas, quien le ofreció los derechos para fabricar los juguetes de su próxima space opera. El trato era bueno: Lucas hacía una película, que serviría de publicidad para vender plástico.
Pero Lucas quería dinero, para él y para su proyecto; y Wagner se negó rotundamente a pagar los 750.000 dólares que pedía. La película, por supuesto, era La guerra de las galaxias (1977)... CRASO ERROR. Apenas meses después, mientras la competencia se enriquecía a niveles insospechados vendiendo sables de luz y figuras de Darth Vader, Mattel vio con una claridad espatarrante que había dejado escapar el negocio de la década.
No obstante, de este monumental patinazo nacería una de las franquicias más icónicas de los años ochenta: He-Man y los Masters del Universo (1983).
Tras el arrollador éxito de la saga de las galaxias, que con El imperio contraataca (1980) volvió a reventar toda taquilla y superó los 550 millones de beneficio, Mattel se encontró en una posición corporativa desesperada, en la cola de una industria que acababan de ceder por completo. Así que la compañía empezó a barruntar cómo ponerse al día, lanzando una línea fallida tras otra en un intento de capturar la atención del público infantil.
Presentaron conceptos rebuscados como Kid Gallant, un caballero medieval; un juguete de ciencia ficción con el nombre/chiste malo de Robin and the Space Hoods; y un temerario llamado Kenny Dewitt (un juego de palabras en inglés para Can he do it, “¿Puede hacerlo?”). Ninguno de estos personajes logró hacer mella en el mercado. Las finanzas de Mattel sí necesitaban a un héroe.

Roger Sweet dijo: Más músculos, menos drama
Entra en escena Roger Sweet, uno de los diseñadores de Mattel. Sweet comprende que, en la carrera por diseñar el próximo gran éxito, la simplicidad era la clave. En lugar de diseñar repartos enteros encasillados en tramas de género (sci-fi, alta fantasía…), líneas que eran caras de fabricar y demasiado rebuscadas de entender, propuso crear una figura de acción genérica pero resultona, que pudiera situarse en cualquier contexto, ya fuera ciencia ficción o guerras barbáricas. Alguien que fuera Él Mismo. He-Man.
A diferencia de las pequeñas y rígidas figuras de Star Wars, de poco más de 7 centímetros, He-Man era un coloso, de 15. Eran tiempos de Conan, el destructor (1984) y de Acorralado (1982): actores como Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone comenzaban a popularizar los físicos hipermusculados (de pocas palabras), así que He-Man también se presentó como una montaña de músculos, con las rodillas flexionadas y los brazos en tensión, listo para la batalla (contra tu cartera). ¡Arrrgh!

La guerra contra las galaxias estaba lejos de terminar
Pero tener un buen juguete no era suficiente para vencer al imperio galáctico, y Mattel necesitaba cambiar el rumbo de toda la industria… Y vaya, si lo hicieron.
Hasta ese momento, la norma dictaba que los juguetes eran el producto derivado de series o películas de éxito anterior; justo por ello George Lucas se había reunido con Ray Wagner. Mattel invirtió esta fórmula: contrataron al estudio de animación Filmation para crear una serie de dibujos animados con el objetivo principal de promocionar el juguete. He aquí He-Man y los Masters del Universo (1983).
Hoy en día, el marketing cruzado es una práctica omnipresente, pero por aquel entonces lanzar una serie animada para vender una figura plástica era algo revolucionario. Aunque los padres protestaron y el Congreso de los Estados Unidos llegó a investigar la ética de programar “anuncios de media hora” dirigidos a criaturas –¿dirían lo mismo de la vende-peluches Star Wars: The Mandalorian and Grogu (2026)?–, la serie tuvo un éxito abrumador. La historia del Príncipe Adam y su lucha eterna contra Skeletor en Eternia se convirtió rápidamente en un fenómeno.
A mediados de la década, He-Man era el amo indiscutible del universo de los juguetes, llegando a eclipsar las ventas de Barbie, la muñeca más rentable de la empresa hasta el momento, y rivalizando sin problemas con los juguetes de Star Wars. En 1986, la línea recabó la astronómica cifra de 400 millones de dólares.
Pero la guerra contra las galaxias les llevó a lidiar con un monstruo mayor. Mattel empezó a saturar el mercado con más y más personajes, creando tantas variantes y personajes secundarios que no vendían tanto y que empezaron a pudrirse en los estantes. Los minoristas estaban furiosos. Los críticos también: Masters del universo (1987) fue un desastre, que ni el público más fiel aguantó. Aquel mismo año, las ventas se desplomaron en un 98%, cayendo de 400 millones a apenas 7 millones de dólares. Lo que Skeletor nunca pudo lograr, la mala gestión comercial lo hizo en cuestión de meses.
A pesar de su final prematuro, lo que He-Man sí logró fue invertir la relación entre la ficción y el marketing. Del patinazo a la cultura pop que hoy nos define. Ninguna película o serie del forzudo, desde entonces –ni He-Man y los masters del universo (2026), que ha llegado a taquillas españolas sin pena ni gloria–, ha logrado equipararse con aquel (sorprendente) primer éxito.













