
10 años antes de 'Backrooms', una serie de terror convirtió el creepypasta en una pesadilla liminal sobre el trauma
(Puede contener Spoilers de Backrooms)
Backrooms (2026) está arrasando en taquilla y Kane Parsons ha conseguido llevar a la gran pantalla con éxito una estética que nació en 4chan e hizo crecer en YouTube. Pero en 2016, cuando el concepto de los Backrooms como tal todavía no existía, un showrunner llamado Nick Antosca ya estaba convirtiendo creepypastas de internet en miniseries de televisión.
Con la misma lógica de espacios imposibles y traumas que se vuelven arquitectura, sin explicaciones y una perspectiva decadente, Channel Zero (2016-2018) pasó sin pena ni gloria por Syfy. A tenor de lo que estamos viendo, fue, probablemente, la serie de terror más visionaria de su década. Conócela con nosotros y descubre por qué merece ser descubierta ahora y cómo encontrarla en streaming.
Cuatro temporadas, cuatro creepypastas, cuatro pesadillas

El concepto era sencillo, Antosca compró los derechos de cuatro creepypastas distintos, contrató a sus autores, y adaptó cada uno como una miniserie de seis episodios con un director diferente que controlaba toda la dimensión visual completa. Sin mezcla de tonos entre temporadas, y sin concesiones al espectador que no estuviera dispuesto a dejarse llevar. La primera temporada, ‘Candle Cove’—basada en el relato de Kris Straub, el mismo que luego crearía la web series de horror analógico ‘Local58’—seguía a un grupo de adultos que recuerdan una extraña emisión infantil de los años ochenta que solo los niños podían ver, y que dejó tras de sí varios muertos sin resolver.
La tercera, ‘Butcher's Block’, metía a dos hermanas en un barrio en declive con una familia aristocrática de caníbales, descubriéndonos a la gran directora de horror Arkasha Stevenson, que se graduó cum laude con La primera profecía (2024). La cuarta, ‘The Dream Door’, con su contorsionista Pretzel Jack, conseguía un 88% en Rotten Tomatoes, pero pasaba absolutamente desapercibida, siendo cancelada en enero de 2019, cuatro meses después de que terminara su última temporada, con la tinta del cuarto porcentaje altísimo en la crítica todavía fresca y sin que eso importara lo más mínimo comercialmente.
La serie nunca creó fidelidad entre la audiencia de Syfy—un canal que por aquel entonces apostaba más por reposiciones que por ficción propia—y no tuvo un relanzamiento en streaming, que hubiera cambiado su historia. Ahora, alojada en Shudder y AMC+, sigue creciendo lentamente entre fans del terror que la descubren de oídas, por el boca a boca, exactamente como viajan los creepypastas. Un final bastante injusto para una serie con una media de 93% en Rotten Tomatoes y mostró que el formato antológico de American Horror Story (2011-) podría funcionar en pequeñas dosis.
'No-End House': los 'Backrooms' que nadie vio venir

Nos hemos saltado una de la cuatro entregas de Channel Zero, porque la segunda es la que resulta imposible de ver después de Backrooms sin quedarse con la boca abierta. ‘No-End House’ adapta el creepypasta de Brian Russell sobre una especie de atracción de terror ambulante—una casa de habitaciones interconectadas donde cada sala es más perturbadora que la anterior—que aparece de pronto en distintas ciudades dejando su huella en quienes la atraviesan. La protagonista, Margot, está de duelo por la muerte de su padre y la casa, de alguna forma, lo sabe, así que usa ese dolor como material de construcción de pesadillas. ¿Va sonando?
Una mecánica que resulta exactamente igual a la que Parsons ha aplicado en los Backrooms: espacios liminales que replican, de forma imperfecta y perturbadora, los recuerdos y traumas de quien los habita. Las habitaciones de ‘No-End House’ no son lugares que se puedan poseer ni controlar, igual que los Backrooms no obedecen, pero comparten la misma lógica de ser un espacio que se genera sin propósito, que se replica sin pensar, que acumula sin que nadie lo haya ordenado. En vez de pilas de muebles de oficina y moquetas amarillas, en Channel Zero es un hogar reconstruido a partir de la memoria imperfecta de una hija.
Pero hay más. La imagen de un hombre arrancándose el brazo para revelar vainas gomosas, una especie de huevas de caviar en el interior que se pueden comer, son exactamente iguales a la escena de la cena en Backrooms, donde las réplicas son comestibles, humanos hechos de una espuma nutritiva. Una idea que aparece en la miniserie con años de antelación. Para quien venga de Skinamarink (2022) o de I Saw the TV Glow (2024)—dos grandes referentes del horror de estética internet de los últimos años—este es el eslabón perdido que conecta todo ese árbol genealógico. Kyle Edward Ball y Jane Schoenbrun han hablado bastante de la influencia de los medios analógicos y el horror televisivo en su trabajo, pero Antosca lo estaba haciendo en Syfy en horario de noche sin que nadie prestara demasiada atención.
¿Inspiración, coincidencia o algo más incómodo?

No es el único detalle, claro. La puerta que se encuentra Clark en la planta baja, que aparece de forma espontánea, es la misma que aparecía en el sótano de ‘The Dream Home’. ¿Qué hay detrás? Pues no un laberinto, pero sí monstruos que responden a nuestros anhelos o sentimientos más oscuros, como la rabia y los bajos instintos, siendo el equivalente a las manifestaciones de recuerdos de las Backrooms. Encarnaciones, por cierto, como el capitán Clark, que parecen tomar ejemplo en el hombre pirata de Candle Cove, cuyo episodio final es en sí mismo un viaje por las backrooms, una suerte de bajada a los infiernos con pinta de pasillos en un lugar indeterminado.
Cabe preguntarse si Kane Parsons conoce Channel Zero. No hay declaraciones suyas al respecto y tendría unos diez años cuando se estrenó, sería su propio Candle Cove. Pero la conexión entre ambas obras es tan evidente que varios críticos la señalaron antes del estreno de Backrooms, un artículo de SlashFilm comparándolas circuló bastante antes de que la película llegara a salas, pero nadie ha levantado la mano para hablar de plagio, quizá porque la realidad es más matizada. Ambas beben del mismo pozo de la cultura creepypasta de internet, y la estética de los espacios liminales que se popularizó en foros de horror online a finales de los años 2010, y la misma intuición de que los no-lugares tienen un potencial de horror que el cine convencional no había sabido explotar.
Antosca llegó antes porque llevaba años inmerso en esa cultura, pero son dos artistas que miraban al mismo sitio, con diez años de diferencia, y lo que cambia es el momento, en 2016 nadie estaba preparado para ese tipo de horror en televisión, incluso parte de la crítica de cine especializada en horror se reía y hacía mofa de los logros del escritor por ser una producción de presupuesto mínimo de un canal menor, y en 2026 hablan maravillas del film de A24 , porque resulta mucho más fácil subirse ahora a “la Parsoneta” sin tener que defenderlo como una rareza incomprendida, lo mismo, claro, que la mayor parte del público, y esa es la ironía de todo el asunto.
El problema es que la audiencia de Antosca no había llegado todavía. Otra cosa es la forma en la que ha decidido dar forma A24 y James Wan al creepypasta, usando una misma perspectiva de proyección psicológica, de surrealismo y abstracto aplicado a los sentimientos, con un tono y una contención dramática muy, muy parecida a la de Channel Zero. Sea o no Parsons el responsable directo, hay una inspiración evidente, y seguramente eso ayude a que se conozca un poco más. Si yo fuera Shudder o SyFy, si tienen algo de sentido común, ya estarían activando un reboot con al menos dos nuevas temporadas.








