
La primera escena de ‘El ser querido’ se rodó como un thriller de espías. Cómo y por qué
Después del fenómeno As bestas (2026), Sorogoyen sigue hurgando en los retratos emocionales y los recodos y desvíos que hay en toda relación personal con un guion que, como sus anteriores obras, firma junto a Isabel Peña. La película española más esperada del año a excepción de La bola negra (2026), El ser querido (2026) arranca con un reencuentro in media res: un padre y una hija, que llevan trece años sin verse, se sientan frente a frente en un restaurante. Él es Esteban, un director de cine reconocido que acaba de regresar de Nueva York con la intención de rodar un filme sobre el Sáhara Occidental. Ella, Emilia, una actriz que ha crecido lejos de su abrazo y cuya carrera, con treinta años, aún no ha despegado. Quién sabe si lo hará.
Esteban quiere que su hija Emilia participe en el reparto de su nueva película, por lo que espera en el restaurante, nervioso, tomando notas. Hace trece años que no se han visto y, cuando finalmente ella llega, la tensión flota en el aire, enmascarada tras preguntas incómodas de cordialidad mientras deciden qué van a comer. Él quiere unas verdinas que probó recientemente, pero esta vez no están en la carta. Lo que siguen son 18 minutos de conversación. Tensa. Con un ritmo que podría ser de thriller de espías y que, de hecho, se rodó como tal.
Cómo se rodó la primera escena de ‘El ser querido’ y por qué se hizo así
“Es una primera escena de puro diálogo muy potente y planteé su rodaje de forma especial, porque no quería que Victoria y Javier se vieran antes de rodarla, con todos los riesgos que eso entrañaba”. Los protagonistas hace años que están distanciados y quiso emular esa separación “de la manera más realista posible”, explicó Sorogoyen en un encuentro con la prensa sobre esta nueva película original Movistar Plus+, cuya expectación llega aupada por los éxitos recientes de Sirat: Trance en el desierto (2025) y Los domingos (2025).
Buscando un realismo sin filtros, Sorogoyen ideó un plan digno de película de atracos. Victoria Luengo y Javier Bardem solo se habían cruzado una vez antes del proyecto y, una vez confirmaron su participación, se reunieron con Sorogoyen y su coguionista, Isabel Peña, en un par de ocasiones, pero entre seis y ocho meses antes de rodar esa escena.
“Durante esos meses les prohibimos verse. Y yo lo que hice fue ensayar con cada uno por su lado y crear una biografía, todo eso que no está en el guion, todos sus recuerdos”, cuenta. Ahí entran varios de los temas que cree que vertebran El ser querido: “El relato y la memoria”. Trabajando por separado con Sorogoyen, crearon recuerdos de los mismos acontecimientos, pero diferentes para cada uno de ellos, para emular la perspectiva particularísima que cada miembro de una familia tiene de un historial compartido.
La escena se rodó el primer día, en una sola toma de hora y media, con cinco cámaras ocultas y sin equipo visible en el restaurante. Había diez páginas de guion; el resto fue improvisación. “Todo lo que no eran esas diez páginas estaba abierto”, cuenta el cineasta. “Pacté cosas con cada uno. Mucha información que recibía Javier era nueva, y mucha información que recibía Victoria también lo era”, relató. La estrategia resulta similar a la que Paco Plaza y Jaume Balagueró emplearon rodando [•REC] (2007), en la que el reparto sabía adónde tenía que ir, pero no de dónde vendrían los zombis.
Cómo la escena del restaurante de ‘El ser querido’ cambió todas las demás

El material es tan contundente que alteró la estructura prevista para el resto de El ser querido: “No era la primera escena en el guion. Había tres escenas anteriores”, sobre la vida de Esteban, “pero al ver esto decidimos quitarlas y empezar así, con estas dos bestias de interpretación”. “Lo que hicimos fue rodar una hora y media, desde que Javier entra y luego ella, toda esa conversación, hasta que se van. No había nadie del equipo en el restaurante, estaban microfonados desde antes”, explica el director de Los años nuevos (2024), interesado desde hace tiempo en llegar al fondo de los diferentes derroteros de las relaciones humanas.
Bardem entró a ese lugar y no vio ni una cámara, ni un técnico. Nada. Se enfrentó a su escena a pelo. Sin artificios, igual que Victoria Luengo, con quien Sorogoyen ya había trabajado en Antidisturbios (2020). Por ello, se consigue en efecto este “ambiente opresivo”, que la cámara refuerza a través de planos cortos de los protagonistas. Son planos cerrados, eje frontal, escorzos que invaden el encuadre contrario. El mundo exterior queda fuera: “No me interesaba el restaurante, ni los camareros. Me interesaban solo ellos dos. Quería que el espectador estuviera atrapado en sus miradas”, así como “que los escorzos de ambos taparan a la otra persona, que no se dejasen ver, que la presencia de uno estuviera muy presente en la vida del otro”.
Tras ese arranque, una vez ella acepta, la acción se traslada a Fuerteventura y cubre todo el tiempo de un rodaje tumultuoso, tan asfixiante como la primera escena aun sucediendo en los vastos exteriores del desierto. Un rodaje que, sin spoilers, es resultado natural de un mal trato que nunca debió cerrarse, que –a pesar de no basarse El ser querido en hechos reales– nos recuerda a muchos relatos sobre los abusos de poder en sets de cine, y que cierra en una nota agridulce sobre la reconquista emocional de Emilia. Hay conversaciones que, como las verdinas de Esteban, también deberían estar fuera de carta.















