La química romántica es el corazón palpitante de Los Bridgerton. Desde su estreno en Netflix, la serie de Shonda Rhimes ha convertido el drama de época en un fenómeno global gracias a su capacidad para construir relaciones que oscilan entre la tensión sexual contenida y el melodrama desbordado.
Pero no todas las parejas funcionan igual: algunas encienden la pantalla con miradas cargadas de deseo, mientras otras se sienten tibias o funcionales dentro del engranaje narrativo. En esta guía evaluamos las seis parejas centrales de la serie, ordenándolas de peor a mejor según la intensidad de su química en pantalla, la complejidad de sus dinámicas y su capacidad para trascender los arquetipos del romance de época.
6. Francesca Bridgerton y John Stirling
Una de las parejas más recientes de Los Bridgerton es también la más difícil de evaluar, precisamente porque apenas ha tenido tiempo de desarrollarse en pantalla. Francesca y John aparecen en la tercera temporada como una historia paralela que funciona más como promesa que como realización.
La química entre ambos existe, pero es tan contenida, tan silenciosa, que resulta casi invisible comparada con el ruido emocional del resto de la serie. Hannah Dodd interpreta a Francesca con una reserva que contrasta de manera radical con la extroversión de sus hermanos, mientras que Victor Alli construye a John como un hombre muy introvertido que encuentra en el silencio compartido una forma de conexión.
El problema no es que la relación sea mala, sino que la serie no le dedica suficiente espacio para que funcione. Comparada con la pareja de Orgullo y Prejuicio formada por Jane Bennet y Charles Bingley, que también son discretos y menos dramáticos que los protagonistas, Francesca y John carecen de los momentos pequeños que harían creíble su enamoramiento.
Frente a Emma de Jane Austen, donde Harriet Smith y Robert Martin construyen una relación periférica pero genuina, esta pareja se siente más como un dispositivo argumental que como una exploración emocional. La serie intenta vender su conexión como algo puro y anticlimático, un amor que no necesita grandes gestos, pero sin el desarrollo necesario, el resultado es una relación que simplemente no genera suficiente interés.
Quizás en futuras temporadas esta pareja demuestre su potencial, pero por ahora, Francesca y John ocupan el último lugar porque la química, por muy auténtica que sea, necesita tiempo en pantalla para respirar.
5. Benedict Bridgerton y Sophie Baek
Benedict ha sido durante tres temporadas el hermano bohemio, el artista en busca de identidad que coquetea con modelos, viudas y la posibilidad de una vida fuera de las convenciones aristocráticas. La llegada de Sophie Baek en la cuarta temporada promete darle su propia historia romántica, pero por ahora solo podemos juzgar por los indicios narrativos y las dinámicas establecidas.
Luke Thompson construye a Benedict como un personaje consciente de su privilegio pero incapaz de renunciar de manera completa a él, lo que genera una tensión interesante cuando se enfrenta a Sophie, una mujer de clase trabajadora interpretada por Yerin Ha.
El problema es que esta pareja aún no ha tenido oportunidad de demostrar su química en pantalla de manera completa. Los avances y episodios iniciales sugieren una dinámica tipo Cenicienta, con Benedict obsesionado por una mujer que conoció en un baile de máscaras y que desapareció dejándolo fascinado.
Comparada con la relación entre Elizabeth Bennet y Darcy en Orgullo y Prejuicio, donde las diferencias de clase generan fricción intelectual constante, Benedict y Sophie parecen apostar más por el romance idealizado que por el conflicto genuino. Frente a Jane Eyre, donde Rochester y Jane negocian constantemente su desigualdad social, esta pareja se siente más segura y menos dispuesta a incomodar al espectador.
Lo que salva a Benedict y Sophie del último lugar es el potencial: Thompson tiene carisma de sobra y Yerin Ha aporta una presencia que podría funcionar si el guión les da espacio para desarrollar tensión real. Pero hasta que la química se materialice de forma completa en pantalla, esta pareja ocupa el quinto puesto por ser más una apuesta futura que una realidad presente.
4. Daphne Bridgerton y Simon Basset
La pareja que inició todo el fenómeno Los Bridgerton ocupa el cuarto lugar en este ranking. Daphne y Simon tienen química innegable: Phoebe Dynevor y Regé-Jean Page generan una tensión sexual que justificó el éxito explosivo de la primera temporada. Las escenas entre ambos funcionan porque están construidas sobre una dinámica clara: él es un duque traumatizado que ha jurado no tener hijos, ella es una joven inocente decidida a encontrar el amor. El problema no es la química, sino lo que sucede cuando profundizas en la relación.
La primera temporada vendió el romance entre Daphne y Simon como algo liberador y apasionado, pero una mirada más atenta revela dinámicas problemáticas que la serie nunca aborda de frente. Comparada con Jane Eyre, donde Rochester intenta manipular a Jane y la novela lo señala de forma clara como comportamiento reprochable, Los Bridgerton no tiene el coraje narrativo de nombrar la toxicidad cuando proviene de su heroína.
Frente a la relación entre Marianne y el Coronel Brandon en Sentido y sensibilidad, donde la madurez emocional y el respeto mutuo son la base del romance, Daphne y Simon se sienten como una fantasía adolescente disfrazada de sofisticación adulta. La química es real, Page y Dynevor están extraordinarios vendiendo la atracción, pero la relación colapsa bajo el peso de sus propias contradicciones.
El resultado es una pareja que funciona en escenas aisladas pero que no resiste el análisis como construcción romántica saludable. Ocupan el cuarto lugar porque la pasión no es suficiente cuando la base moral es tan endeble.
3. Reina Charlotte y Rey George
La miniserie La Reina Carlota convirtió lo que era un subplot ocasional en Los Bridgerton en una de las historias de amor más devastadoras de todo el universo narrativo (aunque su importancia en los libros es mucho menor).
India Amarteifio y Corey Mylchreest interpretan a las versiones jóvenes de Charlotte y George con una química que combina pasión, ternura y tragedia en proporciones perfectas. La serie funciona porque no romantiza la enfermedad mental de George ni la convierte en obstáculo romántico superficial: el deterioro del rey es tratado con seriedad y compasión, mientras Charlotte debe aprender a amar a un hombre que a veces no puede ni reconocerla.
Lo extraordinario de esta pareja es cómo la serie construye su conexión sobre pequeños gestos de intimidad: George enseñándole a Charlotte sobre astronomía, Charlotte negándose a abandonarlo cuando todos le aconsejan hacerlo, ambos creando un lenguaje privado de miradas y silencios que trasciende las palabras.
Comparada con la relación entre el rey Jorge III y la reina Charlotte en La locura del rey Jorge, donde el enfoque es político y la enfermedad es espectáculo, La Reina Carlota de Shonda Rhimes elige la empatía sin sacrificar la honestidad.
Por otro lado, frente a The Crown, donde las relaciones reales son diseccionadas con frialdad casi clínica, esta versión es mucho más interesada en la emoción que en el análisis histórico.
Golda Rosheuvel y James Fleet, que interpretan a las versiones mayores de Charlotte y George, aportan una dimensión adicional de melancolía: su amor ha sobrevivido décadas pero el precio ha sido altísimo. El resultado es una pareja que funciona en múltiples niveles temporales, demostrando que el romance puede ser simultáneamente esperanzador y desgarrador.
Ocupan el tercer lugar porque, aunque su química es indiscutible, su historia existe fuera de la serie principal, al igual que otras ficciones similares a Los Bridgerton, funcionando como satélite emocional más que como núcleo narrativo.
2. Colin Bridgerton y Penelope Featherington
La tercera temporada de Los Bridgerton al final entregó la historia que muchos lectores de los libros originales esperaban: el romance entre el Bridgerton más encantador y su mejor amiga. Luke Newton y Nicola Coughlan tienen una química que funciona porque no es obvia desde el principio. La serie dedica temporadas enteras a construir su amistad, permitiendo que la tensión sexual se desarrolle de manera orgánica hasta explotar en la tercera temporada con una intensidad que se siente real, no impuesta.
Lo más interesante de Colin y Penélope es cómo la serie invierte las dinámicas tradicionales del romance de época. Penélope no es la heroína pasiva esperando ser rescatada: es Lady Whistledown, la columnista anónima que controla la narrativa social de todo Londres.
Colin no es el seductor experimentado: es un hombre que está descubriendo qué quiere realmente de la vida y que encuentra en Penélope no solo amor romántico sino también propósito. La revelación de la identidad secreta de Penélope genera el tipo de conflicto dramático que otras parejas de la serie nunca alcanzan, porque las apuestas son genuinas y las consecuencias, reales.
En comparación con Anne Elliot y el Capitán Wentworth en Persuasión, otra pareja de amigos que se reencuentran años después, Colin y Penélope tienen más humor y menos melancolía, pero comparten esa sensación de segunda oportunidad que hace que el romance sea más satisfactorio.
Frente a Emma Woodhouse y el señor Knightley en Emma, donde la amistad también evoluciona hacia el amor, Colin y Penélope son más jóvenes y menos seguros de sí mismos, lo que los hace más imperfectos pero también más interesantes. Newton y Coughlan construyen personajes que se sienten como personas reales atrapadas en las convenciones del drama de época, y esa autenticidad es lo que los coloca en el segundo lugar. Su química no es la más explosiva de la serie, pero es la más compleja y la más honesta a nivel emocional.
1. Anthony Bridgerton y Kate Sharma
La segunda temporada de Los Bridgerton entregó lo que la primera prometió pero no cumplió del todo: una pareja cuya química es tan intensa que resulta casi violenta en su contención. Jonathan Bailey y Simone Ashley construyen a Anthony y Kate como adversarios que se desean desde el primer momento pero que están atrapados por el deber, el orgullo y las expectativas familiares. La tensión entre ambos no es sutil: es una guerra declarada donde cada mirada, cada roce accidental, cada palabra funciona como preludio de algo que la etiqueta de la época les prohíbe consumar.
Lo extraordinario de esta pareja es cómo la serie utiliza la negación del deseo como motor narrativo. Anthony está comprometido con Edwina, la hermana menor de Kate, pero es incapaz de apartar los ojos de Kate. Ella sabe que enamorarse de él sería traicionar a su hermana, pero tampoco puede evitar la atracción. La serie estira esta tensión durante episodios enteros, construyendo escenas que funcionan como puro erotismo contenido: el momento donde Anthony retira un insecto del pecho de Kate y ambos casi colapsan por el contacto físico mínimo, la escena de la tormenta donde se refugian juntos empapados y temblorosos, el baile donde sus manos se encuentran y el mundo desaparece.
Bailey y Ashley tienen una química tan palpable que trasciende el guión. Comparada con Elizabeth Bennet y el señor Darcy en cualquier adaptación de Orgullo y Prejuicio, la relación más icónica del romance de época, Anthony y Kate son más sexuales y menos cerebrales, pero igual de efectivos en demostrar que el amor verdadero requiere que ambas partes abandonen el orgullo. Frente a Cathy y Heathcliff en Cumbres Borrascosas, otra pareja destruida por el orgullo y la clase social, Anthony y Kate son mucho menos autodestructivos pero igual de intensos en su pasión.
La segunda temporada entiende algo fundamental que otras temporadas olvidan: el romance funciona cuando las apuestas son altas y los obstáculos, genuinos. Anthony no es solo un galán: es un hombre traumatizado por la muerte de su padre que se niega a permitirse amar porque teme la pérdida. Kate no es solo la hermana mayor protectora: es una mujer que ha renunciado a sus propios deseos durante tanto tiempo que ya no sabe cómo articularlos. Cuando al final se permiten estar juntos, el alivio es palpable no solo para ellos sino para el espectador que ha esperado varios episodios para que consumen lo inevitable.
El resultado es la pareja más completa de Los Bridgerton: tienen química explosiva, dinámicas complejas, conflictos genuinos y una resolución que se siente ganada. Ocupan el primer lugar porque demuestran que el romance de época puede ser al mismo tiempo clásico y contemporáneo. Bailey y Ashley no solo crean la mejor pareja de la serie, sino que establecen el estándar contra el cual todas las futuras parejas serán medidas de forma inevitable.





























































































