
¿Qué 'Posesión infernal' da más miedo? Tu guía para una noche de cine terrorífica
Con Posesión infernal: En llamas (2026) llegando a los cines el 17 de julio, una de las cosas que más carcomen a los fans de la saga es "cuál de todas da más miedo". Con seis películas contando la nueva, una serie de televisión, y estilos radicalmente distintos entre sí, la franquicia de Sam Raimi, invitó a gente como Fede Álvarez y Lee Cronin para ofrecer experiencias que poco tienen que ver entre ellas.
Las elegidas que más circulan en foros y redes sociales apuntan a Posesión infernal (2013) o Posesión infernal: El despertar (2023). Las dos son válidas, vale, y es entendible hasta cierto punto, pero ninguna de las dos es la más terrorífica. La que realmente sigue dando pesadillas es la primera, la original, la que impresionó a Stephen King, esa, la de Raimi de 1981.
Por qué las entregas más recientes impresionan, pero no aterran de la misma forma

El argumento a favor de la versión de Fede Álvarez es comprensible. Posesión infernal (2013) elimina completamente el humor de la saga, apuesta por un tono de absoluta seriedad y sube el listón del gore hasta niveles casi insoportables: mutilaciones crudas, automutilaciones de los poseídos, una sensación de crueldad física sin pausa que funciona. Pero la razón por la que no es “la más terrorífica” es que lo sobrenatural pierde relevancia comparando con la original.
Lo que da miedo no es la presencia invisible del mal, sino el daño corporal concreto y explícito. Eso la acerca al torture porn y al splatter más que al terror epidérmico. Impresiona. Asquea, incluso. Pero no inquieta de forma subcutánea. El despertar de Lee Cronin es un caso similar, aunque más completo en sus ángulos hacia el género. Su primera mitad tiene algo opresivo y amenazante, construida con la caja de herramientas de las películas de los Warren antes de que llegue a explotar en una fiesta de posesiones al estilo del cine indonesio.
Pero Cronin concede demasiado al splatter punk y al humor grotesco, macabro, y esa mezcla, aunque funciona magníficamente dentro lo que es, suaviza la tensión de lo incierto. El rallador de queso o la madre convertida en monstruo que persigue a sus hijos son momentos de horror intenso con una capa de absurdo, distinto al miedo que se instala en el estómago y no te deja dormir. Como la de Álvarez, va con cinturón de seguridad, se nota que hay algo calculado.
La red de seguridad invisible

Las dos funcionan y parecen del universo “Evil Dead”, pero también están rodadas como películas de estudio profesionales: bien fotografiada, efectos visuales de ordenador ocasionales, música de compositores reputados como Roque Baños y algunas decisiones que corresponden a otro tipo de películas que se fabrican en salas de ejecutivos. Escenas típicas que “compactan” el acabado para que gusten a la mayor sección del púbico posible, incluidos algunos “jumpscares” que no tienen cabida en la saga.
Todo está en su sitio, todo luce bien, pero también tiene un precio. Se pierde el peligro, la amenaza incierta de una película que no sabes cómo va a acabar, quién va a transformarse. Se acaban pareciendo a otras películas de su época, son un producto del momento, moldeadas para los tiempos y por los tiempos. Y ahí es donde la original saca rédito. Conviene aclarar primero un malentendido persistente. Terroríficamente muertos (1987), la segunda entrega, es la que verdaderamente tomó la ruta de la comedia y que siguieron otras entregas posteriores de la franquicia.
La original de 1981 no busca hacer reír en absoluto. Lo que ocurre es que el estilo de rodaje de Raimi crea una energía casi caricaturesca que induce a pensar que es más ligera de lo que es, y el bajo presupuesto deja una factura de “amigos haciendo una película en el bosque” que puede resultar ridículo para quien llega con expectativas modernas y un ojo sin educar en el cine grindhouse. Pero esos medios exiguos, esa suciedad de imagen, ese grano en la fotografía, son precisamente lo que hace que la película funcione todavía, porque tiene esa textura de película maldita encontrada en un desván que no debes ver. El color lavado, su apariencia en 16mm, le otorga un carácter prohibido que la de Álvarez o Cronin no pueden comprar con millones retroactivamente.
Por qué la original de Raimi sigue siendo imbatible

La Posesión infernal (1981) original tiene atmósfera. Esa palabra, usada tanto que ya no dice nada, se traduce en ruidos del bosque, la oscuridad, la luna o la niebla alrededor de la cabaña, un misterio ingenuo, clásico, pero que rema hacia una sensación. La mirada subjetiva de los demonios acercándose a la cabaña—el plano que se convirtió en firma de la saga—, la luna brillante, o el sonido de la noche, que no es silencio sino una cosa viva y amenazante… Raimi presta atención a detalles y elementos que las entregas posteriores han abandonado completamente para concentrarse en el daño corporal.
Las paredes que parecen respirar, los objetos que cobran vida de forma inesperada, la sensación de que el mal no tiene forma concreta pero está en todas partes a la vez. Una concepción del terror más clásica, más cercana a la Hammer que al body horror, en la que si uno entra produce un mal rollo que las versiones más estilizadas no logran replicar. La escena de la escotilla del sótano con la poseída asomando desde abajo es la versión más terrorífica que existe de esa misma idea que la saga ha repetido varias veces. La posesión de Linda da tanto miedo como la de Regan en El exorcista (1973), pero de una forma diferente: es como una muñeca rota que habla.
El magnetófono con la invocación del Libro de los Muertos es verdaderamente ominoso, realmente parece que hay una maldición real saliendo de esas palabras. Y la escena de la violación del árbol, tan desconcertante e inesperada en una película de bajo presupuesto, resulta más chocante precisamente porque la película no calcula si puede o no plantearla. La de 2013 quiso recuperar esa crudeza, y se quedó a mitad de camino porque el sistema de clasificación y las convenciones del cine de estudio actuales no permiten hacerlo como Raimi lo hizo, sin red ni miedo a la censura.
Hasta los efectos caseros, que en teoría podrían destruir la ilusión, funcionan dentro de su propia lógica. La papilla en la que se convierten los poseídos no es humana, es indeterminada, los efectos stop motion parecen mover los cadáveres con una dinámica antinatural, la sangre reseca parece una podredumbre intrínseca a los poderes kandarianos. La suciedad es parte del terror, no una limitación que superar. Eso es lo que hace que cuarenta y cinco años después, si uno se sienta a oscuras a ver Posesión infernal sin expectativas de película moderna, provoque sensaciones olvidadas, desde la música de theremin a las voces que parecen salir del infierno, gritando “¡muerte al amanecer!”












