
'La Odisea': la escena del inframundo, explicada
(Este artículo contiene SPOILERS de La Odisea (2026) de Christopher Nolan)
Entre el cíclope, las sirenas y Circe convirtiendo marineros en cerdos, hay un tramo de La Odisea (2026) que quizá no se comentará como el resto, pero que tiene muchísimo peso sobre todo lo que Matt Damon hace después: el descenso al Hades. Ahí, entre las sombras de guerreros que ya no volverán a casa, Odiseo se topa con dos rostros que conoce bien.
Primero, Sinón, el primo que engañó a Troya con el caballo de madera, y Agamenón, el comandante de todo el ejército griego, asesinado nada más pisar su propio palacio. Nolan convierte el encuentro en un episodio de diálogo puro, casi teatral, en mitad de una película que no deja de moverse. Repasamos qué cuenta cada uno, qué advertencia le deja a Odiseo y qué dice, exactamente, el poema original de Homero al respecto.
Qué le cuenta Sinón a Odiseo en el inframundo

En los escritos de Homero, hay varias referencias al Hades, pero más o menos es descrito así: “tras dejar atrás el arroyo de Océano y la Roca Blanca, tras las Puertas del Sol y el lugar de los sueños, pronto llegaron a los prados de los asfódelos, donde moran los fantasmas, los espectros de los hombres cuya labor ha concluido. Entonces, los fantasmas de los muertos salieron en masa del Érebo: novias y jóvenes aún solteros, ancianos agotados por el trabajo, muchachas que en otro tiempo rebosaban vida y aún eran nuevas en el dolor, y hileras de guerreros caídos en batalla, mostrando sus heridas causadas por lanzas con puntas de bronce, con sus armaduras manchadas de sangre. La multitud se agolpaba alrededor del abismo por todos lados, con extraños gritos, y yo palidecí de miedo”.
En la película, las apariciones se reducen a los soldados, que se apilan para ir detrás de Ulises y su tripulación en un mar de niebla, representado como una especie de playa de arena negra, donde los soldados salen como zombis, aunque no llegan nunca a ser exagerados, no es tanto miedo lo que inspiran sino una serenidad inquietante. El primero que encuentra Odiseo es Sinón, que no es una gran figura del ejército griego ni un héroe con epítetos homéricos propios, pero fue, básicamente, el señuelo clave. Su papel, tanto en la tradición como en la propia película, fue quedarse voluntariamente atrás cuando la flota griega fingió retirarse de Troya, dejar que lo capturaran los troyanos y convencerlos de que el caballo de madera era una ofrenda sagrada a los dioses y de que llevarlo dentro de las murallas traería buena fortuna a la ciudad.
El plan funcionó, y aunque está más presente en la Eneida de Virgilio que a la propia Odisea de Homero, en el guion de Nolan, aparece entre los muertos que Odiseo cruza en su descenso para recordarle que la victoria en Troya, el engaño, deja a Sinón entre las sombras como precio de haber mentido a un pueblo entero. Además, le explica la traición de Antínoo y le da la opción a Odiseo a redimir el “sacrificio necesario” de su señuelo devolviéndole el honor, dándole una tallita de madera de vuelta, que representa el engaño al soldado muerto (que se nos explica desde su relación desde niños).
La advertencia de Agamenón: el destino que le espera a Odiseo si no tiene cuidado

El encuentro con Agamenón es acto seguido, y es donde la escena adquiere su verdadero peso dramático. En el poema original, la sombra de Agamenón le cuenta a Odiseo, con una amargura que atraviesa los siglos, cómo Egisto y su propia esposa Clitemnestra lo asesinaron durante el banquete que celebraba su regreso a casa tras la guerra—una encerrona en toda regla, disfrazada de bienvenida. Clitemnestra, según el propio relato de Agamenón en la Nekyia homérica, ni siquiera le cerró los ojos al cadáver de su marido, un detalle que Homero usa para subrayar hasta qué punto la traición fue deliberada y sin remordimiento.
El motivo, aunque Homero lo trata con matices, tiene raíces en el sacrificio de Ifigenia, la hija que Agamenón entregó a los dioses en Áulide para conseguir vientos favorables rumbo a Troya—una herida que Clitemnestra nunca perdonó, según la tradición posterior que desarrollarán después los trágicos griegos, especialmente Esquilo. Cargado de esa desconfianza, Agamenón le da a Odiseo una advertencia envenenada: que desembarque en secreto en Ítaca, sin anunciar su regreso, porque no se puede confiar del todo ni siquiera en la propia esposa.
Nolan mantiene la esencia de ese relato dentro del relato en la película, con Agamenón apareciendo en el infierno —hasta ese momento no sabíamos exactamente su paradero— y contándole su experiencia tras la guerra, su vuelta a cada, y si bien no define el plan posterior del héroe, sí planta la semilla de toda la cautela que Odiseo demuestra después, disfrazándose de mendigo y ocultando su identidad incluso ante Penélope durante buena parte del tramo final, en su minucioso plan para volver a Itaca.
Cómo encaja este episodio en el conjunto del mito y de la película

Más allá de las revelaciones concretas de Sinón y Agamenón, lo interesante de la escena, tanto en Homero como en la versión de Nolan, es que el inframundo no solo es un momento de inesperado terror gótico, sino que supone el momento en el que Odiseo entiende que las víctimas de la guerra siguen presentes mucho después de esta terminada, no hay regreso triunfal. Los soldados acaban persiguiendo a la tripulación, que salen del hades pitando, pero la herida queda abierta en Odiseo, cuya nueva misión tras conquistar su trono de nuevo será ir a los mares del oeste para rendir cuentas a todos los soldados que no ha podido enterrar y por su causa vagan en el inframundo, dándoles descanso de una vez. De alguna manera, sacarlos del purgatorio en el que vagan tras años de batallas y soldados caídos es su “final feliz” personal.












