
La película de terror definitiva sobre el ‘Ice Cream Man’ existía décadas antes de la nueva de Eli Roth
El tráiler de Ice Cream Man (2026), la nueva película de Eli Roth que llegará a los cines el 4 de septiembre (7 de agosto en USA), descubre los sellos típicos del director de Hostel (2005), con niñas con sierras mecánicas sobre sus madres dormidas o críos haciendo ángeles “de nieve” en un charco de sangre. Mientras, un heladero mira con la sonrisa de alguien que esperaba ese momento con la cantinela clásica "I scream, you scream, we all scream for Ice Cream Man" apareciendo en pantalla.
Roth ha declarado que lleva más de 20 años con esta idea en la cabeza y que los estudios siempre rechazaron sus primeros borradores por considerarlos demasiado extremos. Lo que quizá no sabías es que antes de que él llegara, ya existía una película de terror llamada exactamente igual y que merece la pena revisitar, al menos si te van las locuras enfermizas con tenderos maléficos haciendo de las suyas.
'El vendedor de helados' (1995): una anomalía de culto
El vendedor de helados (1995) es uno de esos objetos imposibles de clasificar que el cine de los 90 producía con una frecuencia que hoy resulta una rareza delirante. Dirigida por Paul Norman, director de cine porno bajo el seudónimo de Norman Apstein, esta fue su única incursión fuera de ese género a partir de un guion escrito por Sven Davison y David Dobkin —sí, el mismo que después dirigiría De boda en boda (2005)—, quizá por eso el film navega en un espacio extraño entre el terror de explotación de cazalla y la comedia de humor negro, tan oscuro que a veces uno no sabe muy bien si debería reírse.
La premisa parte relativamente del mismo lugar que la mayoría de slashers grasientos de los 80. El pequeño Gregory Tudor presencia de niño el asesinato de su heladero favorito en una pelea de bandas y acaba internado en un psiquiátrico bastante turbio. Décadas después, ya adulto, sale del manicomio y monta su propio negocio de helados con el que oculta sus propios asesinatos. Mientras, un grupo de niños con cohetes en las bicicletas-llamados "Los Rocketeers", intentan descubrir qué está pasando mientras los adultos pasan olímpicamente de todo, en una especie de precedente de la nostalgia de la suburbia de Verano del 84 (2018) que alentó cierta serie de Netflix.
Un despropósito previsto o accidental, que borra línea entre ambas opciones gracias a la actuación de Clint Howard, el hermano de Ron, y actor de culto absoluto del cine de género. Entre otros esfuerzos, Clint se pasaba el camino al rodaje gritando en su coche para conseguir la voz ronca y rasposa de Gregory, una entrega total a un personaje simultáneamente ridículo y perturbador. Sin su físico rotundo no funcionarían sus desnortadas escenas de puro grand guignol, como cuando utiliza las cabezas decapitadas de dos policías como marionetas u otra donde presenta una cabeza clavada en un cucurucho a modo de obsequio.
Puede verse como algo pasado de vueltas, pero lo cierto es que visto hoy parece un verdadero precedente del humor físico de Art the Clown, especialmente en Terrifier 2 (2022) décadas después: convertir lo grotesco en algo que saca la carcajada con una especie de broma macabra rozando la ruptura de lo físico. El reparto secundario incluye a Olivia Hussey o David Naughton y su trabajo fue rescatado en Blu-ray por Vinegar Syndrome directamente del negativo original en 35mm, un milagro teniendo en cuenta que fue una producción directa a vídeo de su época.
¿Es la de Roth un remake de la del 95? La conexión con el cómic que todo el mundo confunde
Rotundamente no. Coinciden en el título, en la figura del heladero como amenaza, y en un tono de suburbia americana perturbada, pero ahí acaban las similitudes. Roth ha explicado en varias entrevistas que se trata de un trabajo completamente original cuya historia transcurre en la ficticia Bayleen Bay, y gira sobre unos helados que convierten a los niños en asesinos, con un heladero—Ari Millen, el protagonista de Orphan Black (2013-2018)— que presencia toda su obra como un experimento. Vamos, que no es una adaptación de la película de 1995, ni tampoco es lo que mucha gente asumió cuando se anunció: una adaptación del cómic.
El cómic ‘Ice Cream Man’, creado por W. Maxwell Prince y Martin Morazzo para Image Comics, es una antología de historias de terror de tono kafkiano donde el heladero actúa como una especie de narrador omnisciente y figura demoníaca que conecta relatos independientes. Es un cómic considerado de los mejores del género en los últimos años, y lleva tiempo en proceso de adaptación cinematográfica, primero como serie para Quibi, plataforma que cerró antes de llegar a ningún lado, y ahora como película producida por Alfred Gough y Miles Millar, los guionistas de Bitelchús Bitelchús (2024). Un proyecto con su propio camino, completamente separado de la película de Roth, lo que nos deja tres obras distintas con el mismo nombre, sin conexión entre sí.
Por qué ver ambas, y por qué un heladero siempre ha dado miedo
Lo que promete la de Roth es bastante simple: una gran masacre llevada a cabo por por niños, rodada con los artistas de efectos protésicos ganadores del Oscar Steve Newburn y Adrien Morot, ambos del equipo de Black Friday (2023). La del 95 es más una rareza, con ese aire de película bizarra que no debería existir y que de alguna manera se redescubre precisamente por eso, que mantiene su 4.8 en IMDb como un mérito y tiene algo de cine de rito de paso, de incunable de videoclub que parece una especie de ‘Candle Cove’ de quienes la alquilaron en su día y ahora la rememoran como un recuerdo extraño. Quizá porque en el fondo parece como un episodio de Pesadillas (1995-1999) al que se le fue la mano y acabó prohibido o reciclado para otro público.
Pero más allá de estas obras, nos queda la idea de que heladero es una figura de horror universal, y no es precisamente un invento reciente, ya que tiene ciertos tropos asociados que han quedado en el subconsciente colectivo: la música del camión, el saludo demasiado amable, o los colores blancos clínicos en contraste con el de los helados, como un reclamo que hace que los niños corran hacia ellos sin que ningún adulto los vigile. Hay una carga perturbadora implícita que el cine de terror lleva aprovechando mucho tiempo, por ejemplo, el episodio ‘We All Scream for Ice Cream’ de Masters of Horror (2005-2007), dirigido por Tom Holland, que tenía a William Forsythe como heladero vengativo que regresa de entre los muertos para cobrar una deuda de infancia, borrando esa línea que comparte el mismo temor atávico con los payasos.
La serie juvenil R.L. Stine's The Haunting Hour (2010-2014), sucesora precisamente de Pesadillas, dedicó su episodio ‘Catching Cold’ a un heladero fantasmal que recorre las calles de los barrios de suburbia con algunos de los momentos más terroríficos de cualquier serie de género —que fuera para niños no significa que no se atreviera a ser tremendamente oscura—. En Legión (2010) el tema no estaba especialmente relacionado con carritos de helados, pero en medio de un apocalipsis de demonios, uno tomaba la forma de un vendedor de estos que se estiraba como un slenderman, siendo una de sus escenas más populares.
Por último, The Ice Cream Truck (2017), dirigida por Megan Freels Johnston, exploró la figura desde un punto de vista más psicológico y suburbano, con un tono que la emparenta más con el thriller que con el slasher, pero igualmente encontraba en el concepto un hilo turbio de donde tirar. Todos ellos parten del mismo punto de partida que varía sobre el concepto de flautista de Hamelin: hay algo en la tonadilla, la promesa de algo dulce que llega desde fuera del jardín, que nunca ha terminado de parecer del todo inocente. Eli Roth lleva décadas teniéndolo en cuenta, así que este verano veremos cómo lo ha reinterpretado él.












