
‘Te Van a Matar’ podría acabar siendo la mejor película de acción del año... y también la de terror
Pocos días antes del estreno de Te van a matar (2026), Noche de bodas 2 (2025) se perfilaba como la candidata más sólida al título de mejor película de acción y terror del año. Sin embargo, la propuesta de Kirill Sokolov la ha desbancado saliendo de la nada. El director, curtido en el thriller en su Rusia natal, es un maestro plasmando geografías espaciales milimétricas con montaje arrollador, y ahora derriba la puerta de Hollywood, plantándose como el gran sucesor de Sam Raimi mediante una absoluta fiesta de acción, terror y gore explosivo protagonizada por Zazie Beetz, quien aparece aquí poseída por el espíritu simultáneo de Beatrix Kiddo en Kill Bill Vol. I (2003) y el protagonista de John Wick (2014) en su cruzada contra un culto satánico.
El resultado son noventa minutos de diversión pura, apoyados en una envidiable economía narrativa, edición agresiva, zooms y movimientos de cámara persistentes con ángulos distorsionados y grandes angulares: una filosofía de arte secuencial llevada a la pantalla con una convicción que le hace parecer un veterano. Que esta película exista en el estado en que existe es también, en parte, una historia de Hollywood que merece contarse. Andy y Bárbara Muschietti han aprovechado su posición privilegiada en Warner tras el éxito de It: Bienvenidos a Derry (2025-) para colar un caballo de Troya en las salas comerciales como productores.
Entre la caza humana y el discurso de clase
No es ajeno el espíritu transgresor en la serie, y se nota que, lo que estaba destinado a ser un hit de sesiones golfas en festivales especializados, ha recibido una inyección de presupuesto, y la MPAA ha dejado pasar, con todo tipo de mutilaciones y decapitaciones, un artefacto splatstick puro y duro que, en otras circunstancias, se habría topado con muchas más resistencias. Una joya que sabe exactamente lo que es y que cultiva un estilo cuyas raíces de este estilo ya estaban presentes en las obras de Sokolov en su país natal —como ¿Por qué no te mueres? (2018)—, donde ya demostraba controlar sus localizaciones con precisión y un dinamismo frenético.
En Te van a matar, esa pericia alcanza un nuevo punto álgido gracias a fotogramas que son auténticas splash pages de cómic, un testamento de cómo 2003 sigue siendo un epicentro gravitacional para el cine de acción: las escenas icónicas de Kill Bill Vol. I y el pasillo de Oldboy (2003) continúan siendo replicadas y reverenciada en viñetas empapada en rojo como Kill Boy (2023), con la que presenta una forma de entender el humor y la referencia. Solokov se une así al movimiento y proliferación de directores rusos ultraestilizados trabajando en EE.UU, como Ilya Naishuller, responsable de Hardcore Henry (2015), o Navot Papushado, autor de la también afín a esta Gunpowder Milkshake - Cóctel explosivo (2021).
Sokolov, no obstante, ha tratado de equilibrar esa impronta con el pulso narrativo de Gareth Edwards, construyendo secuencias que se mueven por sus decorados de lado a lado, de abajo a arriba y hasta traspasando paredes; de hecho, una escena en particular parece la versión de otra que aparece en Scream 7 (2026) pero que funciona mucho mejor. Pero lo que vendría a separar Te van a matar de los referentes de cine de acción es que se adentra de lleno en el terror. Por ello, la comparación con Noche de bodas (2019) resulta inevitable: las dos comparten estructura de caza humana, escenario de clase alta con vocación asesina y una protagonista que pasa de víctima a depredadora en tiempo récord.
Arquitecturas del mal y el festín del splatstick
Sin embargo, donde Radio Silence se mantenía en los márgenes del thriller de género con barniz sobrenatural, Solokov cruza esa frontera sin pedir disculpas. El manejo de lo grotesco y el splatter juega con ideas que aquella nunca exploró, acercándose al cine satánico clásico con una coherencia de subgénero que no es accidental, recogiendo detalles como los diseños art déco de Satanás (1934), la idea de los satanistas en un edificio de apartamentos de La séptima víctima (1943) o La semilla del diablo (1968) —el homenaje del apellido Woodhouse es un guiño que no deja muchas dudas—, o la estética de los atuendos que se ha convertido en una tradición. Es básicamente la revisión de ese cine ocultista que habría hecho Robert Rodríguez, no olvidemos que él estaba haciendo estas combinaciones macarras y despreocupadas del cine de sesión de pipas y la serie B hace 30 años.
Otro aspecto interesante es cómo afronta la importancia de la arquitectura. El edificio, concebido como un vórtice de una secta sobrenatural, remite al concepto troncal de The Birthday (2004), con una secta tratando de invocar a un dios con sacrificio mediante; los pasillos ocultos y dobles paredes secretas con símbolos esotéricos son la clave de La masacre de Toolbox (2004); los pisos restringidos a los ricos como niveles de perversión temáticos evocan Rascacielos (2015); y la función del sacrificio a entidades antiguas conecta con Nadie saldrá vivo de aquí (2021). Los edificios pretéritos como nido esotérico de adoradores del diablo también sugieren las moradas de las madres de Argento, en especial Inferno (1980).
La película incorpora además un discurso de clase pronunciado, con la idea de los ricos devorando a los pobres, la aristocracia como perpetuadora de un mal que vampiriza a los más desfavorecidos. En ese punto resulta imposible no pensar en La invitación (2022), de la que se replican varios detalles de trama e incluso cierto subtexto racial que ambas heredan de Déjame salir (2017) y tiene que ver con esa dinámica vertical de consumo. Es, por tanto, un remanente y variación hardcore de la tendencia cultural en la dirección opuesta, el eat the rich, con el aval de unas divinas Patricia Arquette y Heather Graham como villanas absolutas, siniestras y divertidísimas, entregadas de pleno al juego de violencia de tebeo de la propuesta.
Icono de supervivencia: La consagración de Zazie Beetz
El film concibe el edificio como un infierno de Dante de hormigón; no por casualidad parece recrear el canto del decapitado, momento que comparte con los habitantes de Re-Animator* (1985), pieza clave para concebir el espíritu splatstick que la une a la saga Posesión infernal (1981). No solo por su emplazamiento similar a El despertar (2023), sino sobre todo por los gags oculares delirantes y la energía cartoon de Terroríficamente muertos (1987), aunque en su satanismo bizarro y el uso de los gorrinos como motivo infernal también conecta con títulos de los 80 como El legado del diablo (1981) o Motel del infierno (1980), en una gloriosa secuencia final que rinde homenaje al Belcebú de El señor de las moscas (1963).
Tanto en el tono retro y la banda sonora como en la presencia magnética de Zazie Beetz, Te van a matar invoca el espíritu del blaxploitation de los 70, especialmente en sus combinaciones del terror y la acción, encarnando la energía de heroínas como Pam Grier o Marki Bey. Una actuación de género que demuestra que la actriz posee los mimbres de una gran estrella del cine de acción (y del terror), confirmando el carisma que había destilado en Deadpool 2 (2018) multiplicado por 20. Ahora, por fin sostiene sobre sus hombros todos y cada uno de los noventa minutos sin respiro, cambiando el esquema de la scream queen clásica con determinación física proactiva (más que de huida) y una vis cómica cómplice.
Una máquina de supervivencia con la misma lógica visceral que la de Uma Thurman en Kill Bill, pero más sucia, menos estilizada, el gran hallazgo de una película que no debería existir de la forma en que existe, en el mejor sentido posible. ¿Es demasiado violenta para el circuito comercial estándar? Puede ser, ¿demasiado simple en su filosofía de ir de la “a” a la “b”? puede, pero está demasiado bien resuelta para quedarse en el nicho festivalero. Te van a matar ocupa ese ángulo muerto en el que solo se instalan las piezas con madera de culto, y ha encontrado en los multicines una caja de resonancia, un presupuesto que amplifica su visión sin domesticarla, algo que también puede decir la secuela de Radio Silence, aunque a ellos les falta capacidad de síntesis, precisión y dirigir un cuarto de mitad de bien que Solokov.

















