Espero no haber sido la única persona en aplaudir cuando Sansón y el doctor Kelson de Ralph Fiennes se colocaron de morfina por primera vez en 28 años después: El templo de los huesos (2026). En serio: aunque yo ya había empezado a apreciar los desmembramientos explosivos de Sansón, supongo que porque el roce hace el cariño, me emocionó muchísimo ver a este hombretón no-muerto conectar con alguien y a Kelson, desesperado, encontrar un motivo por el que seguir viviendo.
Qué amistad tan inesperada, qué inaudita… Excepto que no lo es tanto. Enseguida, recordé todas las películas donde humanos y zombies han tenido una relación que va un poco más allá de la simple gastronomía caníbal o del esclavaje. Porque cuesta llamar a la relación amo-criatura del zombi-vudú de Yo anduve con un zombie (1943) nada semejante a “amistad”, o a los guerreros reanimados de Sōsō no Frieren (2023), que vuelve a estar de actualidad por su segunda temporada, nada que no sea “cadáveres andantes”.
Estas son las siete mejores películas que he encontrado en mi filmoteca particular sobre amistad (o directamente, romance) entre zombies y humanos. Las he ordenado de menos a más interesantes: es decir, de cuán hondo se explora la relación entre los vivos y los no tanto. Lee hasta el final.
28 años después: El templo de los huesos (2026)
Sansón e Ian representan el epítome evidente de un mundo roto: los zombies, con síntomas parecidos a los de la psicosis, ven a los humanos como monstruos. Y los humanos, bueno, sólo pueden reaccionar atacando a los zombies. 28 años después: El templo de los huesos (2026) es una película perfecta para el mundo en el que vivimos, una sátira muy negra –si así se lee– entre dos pueblos irreconciliables.
El género ha empleado de forma más o menos evidente al no-muerto como metáfora de las crisis humanitarias actuales: de las olas migratorias en Guerra Mundial Z (2013) al consumismo en El día de los muertos vivos. Pero nunca había visto una parábola tan cariñosa con sus protagonistas como en la película de Nia DaCosta.
Fido (2006)
Si mezclaras Eduardo Manostijeras (1990) con El origen del planeta de los simios (2011) y le pararas el pulso a su criatura protagonista, tendrías Fido (2006). Una sencilla fábula sobre la necesidad de tratar bien al servicio –los zombies, domesticados tras el fin del mundo gracias a unos collares represores– que confía en sus chistes para avanzar. Os digo, algunos funcionan mejor que otros.
Ahora, la película va a encantarte si te encanta reconocer los fracasos y las hipocresías de la suburbia americana, y no te importa algo de humor negro. Como Z-O-M-B-I-E-S, la amistad entre niño humano protagonista y su zombi-mascota desgarra menos de lo que logró la parecida Frankenweenie (2012), pero le tenemos cariñito igual.
Zombies Party (2004)
Aunque la amistad de humanos y zombies sólo se realiza al final de la película, algo nos dice que Shaun y a su mejor “colega” Ed, borrachos, confundan a un infectado quejumbroso en un callejón por otro beodo cualquiera. En Zombies Party (2004), el paralelismo entre vivos y no-muertos es cuanto menos evidente, pero la crítica al carácter insalvable del Britton medio resulta divertidísima.
En realidad, no se puede sino leer en clave de farsa toda la trilogía del Cornetto, y con especial mala leche en Bienvenidos al fin del mundo (2013). Pero, igual que logra la fantástica Memorias de un zombie adolescente, nuestra mandíbula no va a relajarse; ni por la arcada ni por la carcajada.
Z-O-M-B-I-E-S (2018)
High School Musical (2006), pero hazlo zombie. Puede leerse como la versión maquillada de Halloween de Romeo y Julieta, o como un rebufo tardío del amor entre Edward y Bella en Crepúsculo (2008), pero no podemos seguir ignorando la existencia de Z-O-M-B-I-E-S (2018), de sus tres secuelas y de la serie animada que le hacía de spin-off.
En el pueblo de Seabrook zombies y humanos conviven como Jets y Sharks. Todo cambia, naturalmente, cuando los no-muertos empiezan a asistir al instituto: ahora Zed, un zombi carismático con alma de atleta, y Addison, una animadora con un secreto bajo la peluca, se disponen a romper barreras a base de empatía y muchos, muchos números de baile. Más previsible que Memorias de un zombie adolescente, es sin embargo una fantástica opción para introducir al fantástico a los jóvenes zombies de nuestros hogares.
Memorias de un zombie adolescente (2013)
In-fra-va-lo-ra-da. Lo digo más alto pero no más claro: Memorias de un zombie adolescente (2013) abordaba todos los callos dolorosos del mumblecore con el extra de autorreferencialidad y de ironía que permite la fórmula “+ zombies”. Y mientras que Orgullo + Prejuicio + Zombis (2016) no lograba levantarnos el ritmo cardíaco por encima de la media de un no-vivo, la película de Jonathan Levine era realmente trepidante.
R (de “Romeo”) es un zombi con problemas existenciales, entabla una extraña amistad con la novia de una de sus víctimas. Esta insólita relación provoca una reacción en cadena que cambia el futuro, el de otros zombis y probablemente el de todo el planeta; y te advierto: espera mucha más acción que en El día de los muertos vivientes.
El día de los muertos vivos (1985)
“¡Chupa esto!”. El final de El día de los muertos vivos (1985) va para los anales del género, y se cuenta entre una de las muertes más merecidas de un villano en el cine. Hablo, claro, del despiadado Capitán Rhodes (humano), en las zarpas de una horda de zombies. Vamos a topísimo con los muertos vivientes que plantea George A. Romero, no tan disímiles del grupo de científicos que ya echan raíces en la base militar subterránea que nos sirve de escenario.
A punto todos de volverse locos como la familia de The End (2024), o como nosotros al ver que quizás sí hay salvación posible tras la amistad entre Bub, un zombie alfabetizado, y un científico. Bueno, digamos que no todo el cine podía ser tan optimista como 28 años después: El templo de hueso.
Zombi child (2019)
Zombi child (2019) es la más misteriosa de todas las películas de la lista. Nos situamos en Haití, 1962. Seguimos a un hombre que vuelve de entre los muertos para trabajar en las infernales plantaciones de azúcar. 55 años después, una joven en un internado benestante les cuenta a sus amigas su secreto familiar, sin saber que esto llevará a una de ellas a cometer una atrocidad.
El vínculo entre ellos no está claro, pero la violencia que la lleva a ella a revelar el secreto y la esclavitud de él tienen tantos paralelismos como efectos, mútuos e indisociables. Muy lejos de las parábolas obvias de Fido o Zombies Party, Bertrand Bonello abre interrogantes bien hondos en nuestro tejido social.





























































































