
Películas como perlas escondidas: Nadie las conoce (pero deberían)
La historia del cine se ha escrito sobre la injusticia. Todas las películas de esta guía son buenísimas, pero ninguna de ellas ha trascendido a los titulares visibles del canon occidental.
Algunas tenían los ingredientes para la trascendencia, pero se adelantaron a su tiempo: firmada por Ida Lupino, El bígamo (1953) tenía a Joan Fontaine y a la propia Lupino en un racimo de sensibilidad poliamorosa, pero los tiempos fueron más favorables al drama (dirigido por un hombre) de De aquí a la eternidad (1953).
Otras, como Messiah of Evil (1975), directamente cayeron en el cajón del “cine malo” antes de que las rescatáramos como perlas de culto. Otras, tales que Manto de gemas (2022), las he descubierto en los rincones escondidos del circuito festivalero reciente, pero sé que caerán en el olvido si no trabajamos activamente para recomendarlas.
Hay muchos motivos para defender cada una, y lo bien que nos sentiremos tras haber descubierto algo nuevo, único y valioso en un mundo conquistado por los algoritmos, esa, es la última de las razones para verlas. Aquí seis gemas cinematográficas que nadie está viendo, pero deberían. Todas ellas, por cierto, gratuitas a través de JustWatchTV.
La mejor serie B: ‘Las tres caras del miedo’ (1963)
La obra de Bava es un tríptico gótico y fastuoso que exuda cinefilia por entre vidrieras de colores y a la sombra vibrante de una vela. Las tres caras del miedo (1963) presenta tres operetas macabras de tonos variopintos, desde la paranoia psicosexual a la venganza fantasmagórica, para tres argumentos que sirven de excusa a una atmósfera que se pega a la piel: niebla, gritos y el extraño consuelo del terror clásico.
Ideal si lo tuyo es la lógica ensoñada de Suspiria (1977) o la sofisticación de La cumbre escarlata (2015), o el pictoricismo arrebatado de Messiah of Evil o incluso la belleza inquieta de La noche de los muertos vivientes (1968)… Una fantástica forma de encontrar nuevos terrores, si creías que el género estaba amortecido.
Lynchiano Spaghetti Suroeste: ‘Manto de gemas’ (2022)
Fue Oso de Plata del Jurado en la Berlinale y, a pesar de ello, casi nadie recuerda ya la ópera prima de la boliviana-mexicana Natalia López Gallardo. Manto de gemas (2022) “explica” (por lo menos, deja intuir) la búsqueda de tres mujeres que se atreven a internarse en el país de los muertos, el México rural dominado por las mafias: una tierra enferma, como enfermo está el mundo.
Y de esa falta de oxígeno se impregna toda la película, familiarizada con las cunetas nocturnas de Carretera perdida (1997), pero hoy bajo la luz imperdonable del sol y el revoloteo molesto de las moscas. Suena al gore pegajoso de Bone Tomahawk (2015), pero con tres protagonistas a las que el terror no achanta.
Un noir rotundo: ‘Desvío’ (1945)
“Así es la vida”, gruñe el antihéroe de Desvío (1945). Él está muerto ya, pero no dejará de reírse de su suerte: “Vayas por donde vayas, el destino te pone la zancadilla”. Dura, subversiva y hermosamente austera y expresionista, Desvío es cine negro en estado puro.
El halcón maltés (1941) la precedió y El sueño eterno (1946) acabó de lapidar todo su reconocimiento. Pero ninguna de ellas entendió el noir como Desvío: barata, rodada en una semana y absolutamente imperfecta en su forma. Nadie de su reparto se hizo famoso. Y por ella, su director Edgar Ulmer (luego eputadísimo por La Venus desnuda, 1959) nunca se desprendió de su etiqueta de serie B. Pero os digo: pocas películas han comprendido mejor el encanto de las pistolas humeantes y los pavimentos mojados como este clásico, sobre un pianista que acabó sabiendo demasiado.
100% Buster Keaton: ‘El rey de los cowboys’ (1925)
Buster Keaton podía volver divertida hasta la cotidianidad más exasperante: desde ir en cercanías (El maquinista de La General, 1926) hasta mudarse (El moderno Sherlock Holmes, 1924). Por ello, sorprende que cuando se propuso escribir una historia típicamente de aventuras en el Lejano Oeste, con El rey de los cowboys (1925), tuviera una repercusión histórica tan limitada.
La película tiene todo lo que hace de Keaton el mejor cómico del periodo mudo y un icono incombustible: los trucos imposibles –pero tremendamente reales–, la cara de absoluta impasibilidad y la ligereza de un perdedor que, sí, llega al Oeste sólo porque coge el tren en la dirección equivocada. Pero además El rey de los cowboys se ríe de clichés del western que ni sabías que existían, innova en la forma misma del cine y os aseguro que, tras verla, no volveréis a mirar igual a una vaca.
Terror que se te mete dentro: ‘Messiah of Evil’ (1975)
Messiah of Evil (1975) es una pesadilla febril que se está empezando a reivindicar estos años. En ella, una joven busca a su padre en un pueblo costero habitado sólo por seres catatónicos. La película está repleta de atmósferas surrealistas (gente en cines vacíos, rituales nocturnos, paredes que sangran…), que van amontonándose poco a poco hasta alcanzar un estado hipnótico y bellísimo, como de terror nocturno.
Tiene algo de la extrañeza de El carnaval de las almas (1962), aunque anticipa claramente el reparto y paisaje liminal de Twin Peaks (1990). En su momento, fue un eslabón clave entre el terror gótico de los sesenta y el horror cósmico posterior, aunque veréis que emplea bastante menos brilli brilli que el desparrame italiano de Bava en Las tres caras del miedo.
Ida Lupino, la maestra a reivindicar: ‘El bígamo’ (1953)
Es mucho más conocida la faceta de Ida Lupino como actriz (El lobo de mar, 1941), pero la cineasta puso sentó en la mesa de los adultos dramas realmente maduros en toda su filmografía. Quizás, con permiso de El autoestopista (1953), El bígamo (1953) es la mejor de sus películas.
Con un impecable ritmo, El bígamo ahonda en la moral americana a través de la atrevida historia de un hombre casado con dos mujeres a la vez y que trata de mantener (precariamente) su secreto. El tipo es un cobarde, pero también vulnerable y atento; el retrato de la masculinidad de la mano de Lupino es de estricta actualidad. Sí, como la pareja de lesbianas de La calumnia (1961), no nos entra en la cabeza que esto estuviera escrito en los años cincuenta.


























