
No te gusta el musical, pero... 'El testamento de Ann Lee' y otros grandes musicales que te convencerán
Es una pena que no te acerques a la portentosa El testamento de Ann Lee (2025) simplemente porque Amanda Seyfried y su secta de Shakers cantan. Vas a perderte un espectáculo audiovisual de primer nivel, movido todo gracias al fuelle del género musical: una compañía de danza entera moviéndose en olas, Seyfried llevando al límite su voz monstruosa y una fotografía expresionista-tétrica que deja a Hamnet (2025) como un juego de niños. Pero claro, “no te gusta el musical”.
Para cambiar hasta la mente más terca, hoy he recopilado los mejores musicales que no, no pintan la vida de color rosita y no, no te obligan a creer en bandas de músicos invisibles o justo fuera de plano. Musicales como Los paraguas de Cherburgo (1964), que de tan convencidos de su propia fórmula no, no piden perdón ni permiso. ¿Cómo –entonces– no enamorarse? En JustWatch os proponemos siete musicales “diferentes” para trastocar hasta el más asentado de nuestros cimientos.
Parece que lo que más os molesta de los musicales es la forma en que los personajes estallen a cantar sin una justificación narrativa, así que, si quieres empezar a adentrarte en el mundo del musical, quizá lo mejor sea comenzar con películas que sí encuentran maneras de justificar la música.
En Melodías de Broadway (1953) de Vincente Minnelli, por ejemplo, un grupo de gente guapa y talentosa monta un espectáculo musical en Broadway: como en el ensayo sobre los límites del amor (al arte) de La ciudad de las estrellas (La La Land) (2016), esta es gente que vive el espectáculo con toda la intensidad. Imposible negárselo, pues. (Además, cuando se trata de bailarines tan gloriosamente elegantes como Fred Astaire y Cyd Charisse, ¿quién necesita justificación?)
¿Que crees que un musical suena sólo a violines? Métele guitarras. En Granujas a todo ritmo (The Blues Brothers) (1980), los Blues Brothers revientan la pantalla con los compases de “Everybody Needs Somebody to Love”, delante de un público en vivo, lo cual hace crecer a la vez a su película y a un temarral que no necesita ninguna excusa cinematográfica. Le siguen persecuciones en coche, gafas de sol y tipos demasiado buenos para preocuparse por el destrozo que dejan tras de sí.
Y hablo de rock, no de rock pasado por el filtro endulzado del mumblecore rosa… Ejem, digo, Grease (1978). ¿En serio vas a pedirle los papeles a la abuela de Escuela de rock (2003)?
Hablando del rock irresistible de Granujas a todo ritmo, no puedes equivocarte con una película protagonizada por los Beatles. ¡Qué noche la de aquel día! (1964) incluye clásicos del grupo como “I Should Have Known Better”, “She Loves You” y, por supuesto, la canción que da título a la película, “A Hard Day’s Night”. Estas aparecen en una mezcla de actuaciones sobre el escenario y secuencias más caprichosas, como cuando los Beatles escapan de un ensayo y celebran un momento de libertad bailando (y volando por el aire) al ritmo de “Can’t Buy Me Love”.
Es pura energía adolescente, cuatro chavales pasándolo genial: la versión musical y afamada de Movida del 76 (1993) o de Súper empollonas (2019). E imagínate lo gruñón que hay que ser para quejarse diciendo: “¿Por qué están cantando sin motivo?”... Cuando son nada menos que los Beatles los que están cantando.
¿Te gusta la música pero odias cuando la gente canta en las películas? Quizás cambies de opinión al ver Corazonada (1982) dirigida por el mismísimo Francis Ford Coppola y con banda sonora de Tom Waits y Crystal Gayle. Tu gancho: que esta pareja al borde de la ruptura, interpretada por Teri Garr y Frederic Forrest, nunca llega realmente a cantar. Pero si vas a quedarte enganchado a este cruce entre Chicago (2002) y Historia de un matrimonio (2019) es por las cotas de emoción a la que llega, justamente, el musical.
Así tendrás toda la intensidad estética y narrativa de una película de género, sin todo ese cantar en pantalla, si acaso es algo que te molesta. (Aunque no debería, pero me voy por las ramas.)
Saca la libreta y reúne a tus colegas, porque cuando termines RRR (2022) vas a querer más. Toma nota: continúa con la saga de Bāhubali: The Beginning (2015), el ahijado indio de Thor, y remata con Kalki 2898-AD (2024), que es más (¿y mejor?) que Duna (parte uno) (2021). A diferencia del cine estadounidense, que históricamente ha mantenido la acción y la música como géneros separados, el cine indio disfruta mezclándolos: coreografía, coreografía, coreografía.
Así que, si te gustan los cuerpos en movimiento, un musical perfecto es RRR, que combina batallas épicas, comedia y musicón de primera. Toda la película late con una energía febril, irresistible. Esto no parece musical, si no un culebrón a puñetazos.
Si “musical” te inspira dulzura e inocencia, (es que no has visto un musical), debes tantear los cruces entre el género fantástico y las notas del pentagrama. Por ejemplo, en The Lure (2015) tienes sirenas asesinas que se ganan la vida cantando en un bar desaguisado. O en Ana y el apocalipsis (2018), hordas de zombis arrasan con los adolescentes atontados de un instituto mientras la protagonista canta sobre cómo hay que ver la vida en positivo. A veces, como nos enseñó la fantástica Cabaret (1972), sólo podemos hablar del horror con horror mismo. Así que si la vida te da limones (sangrientos), cántale.
Una advertencia: Ana y el apocalipsis no subvierte ni el género zombi ni las formas del musical, pero como musical de zombis tiene todo el poder de cambiar las mentes de hasta el más terco.
El cineasta irlandés John Carney es el principal referente del musical cinematográfico moderno, narrativamente justificado: Begin Again (2014), Once (Una vez) (2007) o mi favorita, aunque menos conocida, Flora y su hijo Max (2023).
Es difícil equivocarse con cualquiera de sus películas, y menos con Sing Street (2016), un relato semiautobiográfico sobre un chaval totalmente fuera de lugar en su nueva escuela que se abre camino como puede. Eso es, formando una banda y escribiendo canciones. Radiofórmula de la buena: la banda sonora, a base de pegadizo pop de los años 80, parece convertir su existencia en una tarde de zapping por la MTV para arreglar todos nuestros problemas. Si la vida realmente fuera un musical, sería mucho mejor.





























