
Las 10 mejores películas de Tom Hanks, ordenadas
Tom Hanks es uno de los actores más queridos de Hollywood. Y eso, en una industria que fabrica ídolos con la misma facilidad con la que los olvida, es una distinción que dice mucho de él.
Lo que proponemos en esta guía, película a película, es un recorrido por sus mejores trabajos, que explican por qué Hanks no es solo una estrella sino algo más difícil de conseguir: un actor en el que el público confía de manera ciega, capaz de habitar personajes muy distintos sin que en ningún momento dejemos de reconocer en ellos una humanidad que pocas veces el cine consigue con tanta naturalidad.
En Atrápame si puedes, Steven Spielberg le pide a Tom Hanks algo inusual: que sea el personaje menos interesante de la pantalla cada vez que aparece Leonardo DiCaprio. El agente Carl Hanratty es un hombre de rutinas, de expedientes, de pasillos de oficina gubernamental, y Hanks lo construye con una contención que en otras manos podría haber resultado anodina.
Lo que consigue, sin embargo, es crear un contrapunto perfecto al carisma desbordante de Frank Abagnale: un tipo cuya insistencia gris y metódica acaba resultando, de forma paradójica, más emocionante que cualquier estafa.
Su papel se puede comparar con el de Gene Hackman en French Connection. Contra el imperio de la droga: policías que hacen del agotamiento una virtud dramática, que construyen la autoridad desde la tozudez y no desde la brillantez.
Antes de que la industria lo consagrara como el gran intérprete dramático de su generación, Hanks demostró en Big que tenía algo que los actores dramáticos rara vez poseen: la capacidad de hacer reír desde la verdad emocional y no desde el truco.
Josh Baskin, el niño de doce años atrapado en un cuerpo adulto, es un personaje que exige al intérprete mantener la lógica de la infancia dentro de un envoltorio físico de adulto sin que la mezcla resulte forzada.
Hanks lo resuelve con una gran gracia física y una ingenuidad que recuerda a las mejores comedias de Cary Grant: actores que no necesitaban caer en la mueca para ser divertidos porque la comedia les salía del cuerpo entero. Big le valió su primera nominación al Oscar y es la prueba de que la comedia, cuando se hace con esta precisión, es tan difícil como cualquier tragedia.
Sam Baldwin, el arquitecto viudo cuyo hijo llama en directo a un programa de radio para buscarle una nueva madre, es el tipo de personaje que en manos equivocadas podría haber caído en el sentimentalismo más blando.
Hanks lo evita con una economía gestual que convierte el duelo en algo casi físico: la manera en que no puede pronunciar el nombre de su mujer muerta sin que el cuerpo entero se le recoja hacia dentro es uno de esos momentos de actuación que se recuerdan durante años.
Recuerda bastante a Hugh Grant en Cuatro bodas y un funeral: actores que saben que el romance más efectivo es el que contiene la emoción en lugar de desbordarse en ella. Algo para recordar no es la película más ambiciosa de esta lista, pero es una en la que Hanks hace que todo parezca fácil, y eso, como cualquier actor sabe, es lo más difícil de lograr.
Viktor Navorski, el ciudadano de un país ficticio que queda atrapado en el aeropuerto JFK después de que su gobierno sea derrocado, es uno de los personajes más exigentes de la carrera de Hanks porque requiere construir una humanidad completa casi sin palabras.
Spielberg filma La terminal con una exuberancia que no siempre sirve a la historia, pero Hanks ancla cada escena con una presencia que hace que nos importe Viktor incluso cuando la película parece más interesada en su propio ingenio que en su protagonista.
La comparación más justa es con Roberto Benigni en La vida es bella: actores que usaron el humor y la ingenuidad como escudo contra la adversidad sin que esa estrategia perdiera nunca su peso emocional. Hanks construye a Viktor desde los gestos pequeños, desde la curiosidad y la dignidad, y eso es suficiente para que la película funcione mucho mejor de lo que merece su guión.
Andrew Beckett, el abogado despedido de su firma al descubrirse que tiene sida, es el papel con el que Tom Hanks ganó su primer Oscar y también el primero de los grandes personajes que le exigieron una transformación física y emocional al mismo tiempo.
Lo que hace que el trabajo sea extraordinario no es la enfermedad ni el deterioro, sino la inteligencia con la que Hanks construye la dignidad de un hombre que sabe que va a perder y que decide luchar de todas formas.
La película de Jonathan Demme no siempre evita los convencionalismos del cine de denuncia, pero Hanks está siempre un paso por delante del guión.
La comparación más adecuada es con Charlize Theron en Monster: actores que se transformaron a nivel físico para un papel y que, en el proceso, encontraron una verdad interior que la transformación exterior no hacía sino subrayar. Con Philadelphia, Hanks demostró que podía ser el centro moral de una película sin necesitar ser su héroe convencional.
Paul Edgecomb, el guardia de prisión que supervisa el corredor de la muerte en la adaptación de la novela de Stephen King, es un personaje que le pide a Hanks algo que rara vez se le exige: ser el observador en lugar del protagonista.
El verdadero corazón de La milla verde es John Coffey, interpretado por Michael Clarke Duncan, y lo que Hanks tiene que hacer es acompañar esa presencia sin competir con ella, dejar que el misterio de Coffey resuene en la cara de Edgecomb con la combinación exacta de incredulidad, culpa y compasión.
Si buscamos un caso parecido en el cine, encontramos a Jeff Bridges en El gran Lebowski: actores que entienden que a veces el mejor servicio que puedes prestar a una película es hacerte a un lado. La milla verde es una película imperfecta y demasiado larga, pero la manera en que Hanks sostiene su mirada sobre lo que no puede explicar es uno de sus trabajos más sutiles y más subestimados.
Jim Lovell, el astronauta que tuvo que liderar a su tripulación en una misión que se convirtió en una odisea de supervivencia cuando la nave sufrió una avería a 330.000 kilómetros de la Tierra, es el tipo de papel que en Hollywood se escribe pensando en la épica y que Hanks convierte en algo mejor: una lección sobre el liderazgo cotidiano, sobre la calma como forma de coraje.
Ron Howard dirige Apolo 13 con una eficacia extraordinaria, pero es Hanks quien da a la película su temperatura emocional. La comparación más sensata es con Gregory Peck en Matar a un ruiseñor: actores que encarnan la integridad sin necesidad de proclamarla, que hacen de la decencia algo emocionante a nivel cinematográfico sin recurrir al discurso ni al gesto grandilocuente.
En Apolo 13, Hanks demuestra que el héroe más difícil de interpretar es el que no busca serlo.
Chuck Noland, el ejecutivo de FedEx que sobrevive cuatro años solo en una isla desierta tras un accidente de avión, es el papel más exigente a nivel físico de la carrera de Hanks y también uno de los más exigentes a nivel dramático, porque durante más de una hora de película tiene que sostener la pantalla sin ningún interlocutor humano.
Lo que hace Robert Zemeckis con Náufrago es construir una prueba de resistencia actoral, y Hanks la supera con una actuación que va mucho más allá de la transformación física, encontrando en la soledad y en la desesperación una comedia oscura que hace que la película sea tolerable e incluso hermosa donde podría haber sido insoportable.
La similitud inevitable es con Daniel Day-Lewis en Mi pie izquierdo: actores que se entregan a la transformación con una totalidad que a veces roza lo imprudente. Hanks bajó de peso, se dejó crecer la barba y construyó una relación de amor con un balón de voleibol que resultó ser uno de los vínculos emocionales más conmovedores del cine de los 2000.
El capitán Miller, el oficial de Rangers que lidera la misión para rescatar al último superviviente de una familia en la Segunda Guerra Mundial, es el papel con el que Hanks y Spielberg construyeron juntos una de las películas bélicas más importantes de la historia del cine.
Lo que hace que el trabajo de Hanks en Salvar al soldado Ryan sea tan notable no es la heroicidad sino exactamente lo contrario: la manera en que Miller lleva el peso de sus decisiones en el cuerpo, la forma en que su mano tiembla en los momentos de mayor tensión, la humanidad agotada que se filtra por debajo del uniforme.
Por momentos recuerda a Jack Nicholson en Algunos hombres buenos: actores que en películas sobre la guerra y el honor encontraron que lo más interesante no era la valentía sino el coste de la misma. Hanks no interpreta a un héroe: interpreta a un hombre que ha tenido que convertirse en héroe y que sabe a la perfección lo que eso le ha costado.
Forrest Gump, el hombre de Alabama con un coeficiente intelectual limitado que, sin buscarlo, se convierte en testigo y en catalizador involuntario de los grandes momentos de la historia americana del siglo XX, es el papel más complejo de la carrera de Hanks y también el más difícil de analizar sin caer en la trampa de la nostalgia que la propia película tiende con tanta habilidad.
Lo que hace que la actuación de Hanks sea un prodigio no es la simplicidad del personaje sino la inteligencia con la que construye esa simplicidad: Forrest no es un tonto, es un hombre que ve el mundo sin los filtros que el cinismo impone a los demás, y esa mirada limpia se convierte en el instrumento más poderoso que Robert Zemeckis tenía a su disposición para hablar de América.
Si comparamos su interpretación con la de otro actor, ese debería ser Dustin Hoffman en Rain Man: actores que construyeron personajes con limitaciones cognitivas sin que en ningún momento esas limitaciones redujeran la humanidad del personaje, sino que, al contrario, la amplificaran hasta hacerla hermosa.
Hanks ganó su segundo Oscar consecutivo por este papel, y la distinción está merecida: Forrest Gump es una película que debería ser demasiado sentimental para funcionar, y que funciona porque Hanks nunca le pide al espectador que sienta lo que él ya está sintiendo en su lugar.









































