
Las 10 mejores Chicas Bond de la historia, ordenadas
Hay pocos arquetipos cinematográficos tan codificados, tan imitados y tan malinterpretados como la Chica Bond. Durante décadas, la expresión se usó casi como sinónimo de decorado con bikini, de belleza funcional al servicio de la aventura de un hombre.
Pero la historia real de las mujeres que han pasado por la saga de James Bond es bastante más interesante que eso: hay en ella actrices shakespearianas y modelos que nunca habían actuado, espías que acaban matando al protagonista y científicas que lo rescatan, mujeres que definieron una época y otras que la cuestionaron antes de que nadie más lo hiciera.
Esta guía recoge a las diez mejores, ordenadas con los criterios que importan: impacto en la película, construcción del personaje y lo que cada una de ellas añadió —o no— a la franquicia.
10. Claudine Auger (Operación Trueno, 1965)
Claudine Auger llegó al papel de Dominó Derval después de que la producción considerara a otras candidatas, entre ellas Raquel Welch, y el resultado de esa decisión es una de las Chicas Bond más perfectas a nivel fotogénico de la saga.
Auger, que había sido Miss Francia y finalista de Miss Universo, tiene una presencia en pantalla que Operación Trueno utiliza con inteligencia: Dominó no es solo una chica bonita en un bañador, sino una mujer atrapada entre su amante (el villano Largo) y el espía británico que la usa para acceder a él.
El problema es que la película la infrautiliza en su recta final, que es exactamente donde Dominó tendría que brillar más. La escena en la que finalmente actúa por cuenta propia tiene toda la fuerza que el resto del metraje le niega. Auger no volvió a la saga, y el remake de 1983, Nunca digas nunca jamás, sustituyó a su Dominó por el de Kim Basinger en un papel bastante más plano.
9. Carole Bouquet (Solo para sus ojos, 1981)
Solo para sus ojos llegó después de Moonraker con la voluntad explícita de devolver a Bond al territorio del espionaje terrenal y alejarlo de la ciencia ficción espacial. Carole Bouquet encarna ese giro con una frialdad y una contención que la distinguen de casi todas sus predecesoras: Melina Havelock no está enamorada de Bond, no está impresionada por él, y tiene sus propios motivos —vengar el asesinato de sus padres— que son tan válidos y tan urgentes como los del protagonista.
Bouquet, que venía de trabajar con Luis Buñuel en Ese oscuro objeto del deseo (1977), trae a la saga una actitud que el cine francés de autor de los setenta había convertido en su marca registrada: la indiferencia elegante como postura dramática.
El resultado es una Chica Bond que es más memorable por lo que no hace —no se derrite, no se deja manejar, no adorna— que por cualquier acción concreta del guión.
8. Carey Lowell (Licencia para matar, 1989)
Licencia para matar es la más oscura, violenta y compleja a nivel moral de las películas de Timothy Dalton, y Carey Lowell como Pam Bouvier es el tipo de Chica Bond que esa película necesitaba: una piloto y agente de la CIA que sabe disparar antes de que Bond le enseñe nada, que salva al protagonista en al menos dos ocasiones y que no está dispuesta a comportarse como una asistente cuando es una igual.
Lowell, que por entonces era modelo y tenía experiencia cinematográfica limitada, construye un personaje con una solidez que sorprende, en especial en las escenas de acción, donde su físico y su actitud resultan del todo convincentes.
Si se compara a Pam Bouvier con la otra Chica Bond de la misma película, Talisa Soto, la diferencia de profundidad es abismal: Soto tiene más tiempo en pantalla pero mucho menos personaje. Licencia para matar es una película infravalorada de la saga, y Lowell representa una de las razones por las que merece ser reivindicada.
7. Lois Chiles (Moonraker, 1979)
Lois Chiles llegó al papel de Holly Goodhead de manera circunstancial: el productor Albert R. Broccoli la conoció en un vuelo y le ofreció el papel en el avión. Lo que Chiles hace con ese papel es construir una de las pocas Chicas Bond que supera a nivel intelectual al protagonista en pantalla: Holly es una científica de la NASA y una agente encubierta de la CIA, y la película tiene la honestidad de mostrar que sabe más de lo que está pasando que el propio Bond durante buena parte del metraje.
Moonraker es una película excesiva, deudora del éxito de La guerra de las galaxias y del James Bond más alejado de la realidad, y Chiles funciona como su centro de gravedad relativo: en un universo donde hay estaciones espaciales y góndolas que se convierten en hovercraft, Holly Goodhead es la única persona que parece saber exactamente qué está haciendo.
Es una posición narrativa poco habitual para una Chica Bond de su época, y Chiles la sostiene con aplomo.
6. Olga Kurylenko (Quantum of Solace, 2008)
Quantum of Solace es, en muchos sentidos, la película Bond más rara de la era Craig: una secuela directa de Casino Royale que funciona más como segundo acto de una obra de teatro que como película independiente, con un protagonista que está en modo luto y venganza y que no tiene espacio emocional para ningún tipo de romance convencional.
En ese contexto, Olga Kurylenko como Camille Montes es una decisión narrativa brillante: no es la chica de Bond, es su paralelo. Los dos buscan vengar asesinatos, los dos están dispuestos a morir por ese objetivo, y los dos acaban ayudándose sin necesitar nada más del otro.
Kurylenko, actriz ucraniana que había trabajado principalmente en producciones europeas antes de este papel, construye a Camille con una intensidad física y una carga emocional que hacen de ella, para muchos aficionados a la saga, la Chica Bond más interesante a nivel dramático de la era moderna.
5. Eva Green (Casino Royale, 2006)
Vesper Lynd es, sin discusión posible, el personaje femenino más elaborado de toda la saga Bond, y Eva Green es la razón principal por la que funciona. Casino Royale reinventó la franquicia entera al volver al origen del personaje, y en ese origen estaba Vesper: la única mujer que Bond ha amado de verdad, la única que lo ha traicionado, la única cuya muerte explica prácticamente todo el comportamiento del agente durante el resto de su carrera.
Green, que venía de Soñadores de Bertolucci y de El reino de los cielos de Ridley Scott, trae a Vesper una inteligencia fría y una fragilidad que los guionistas Purvis y Wade construyeron como la más compleja de la saga.
La escena bajo la ducha después del Casino, donde Bond sostiene a una Vesper en estado de shock, es una de las más inusuales de la franquicia: no hay acción, no hay humor, solo dos personas que acaban de ver algo que no pueden procesar.
Si se compara a Vesper Lynd con la Nomi de Sin tiempo para morir (2021), que aspiraba a ser la primera Chica Bond que cuestionaba de forma abierta al protagonista, la diferencia es que Green lo hacía sin que la película necesitara subrayarlo.
4. Izabella Scorupco (Goldeneye, 1995)
Goldeneye es la película del regreso: regreso de Bond después de seis años de ausencia de las pantallas, regreso de la saga a la relevancia, y llegada de Pierce Brosnan a un papel que llevaba años esperando.
Izabella Scorupco como Natalya Simonova es la Chica Bond de ese regreso, y lo que hace con el personaje merece más atención de la que habitualmente recibe. Natalya no es una agente, no es una científica de élite, no es una mercenaria: es una programadora del gobierno ruso que sobrevive a una masacre casi por accidente y que a partir de ese momento toma decisiones activas y sensatas mientras Bond destruye cosas a su alrededor.
La dinámica entre los dos personajes tiene algo poco habitual: Natalya le echa en cara a Bond su comportamiento, le llama irresponsable, le pregunta si disfruta matando, y la película no la castiga por ello. Scorupco, actriz y modelo polaca, había tenido escasa exposición cinematográfica internacional antes de Goldeneye, y su trabajo aquí es uno de esos casos en los que el casting resulta muy correcto sin que nadie pudiera haberlo predicho.
3. Honor Blackman (James Bond contra Goldfinger, 1964)
El nombre de Pussy Galore ha sido objeto de innumerables debates sobre el doble sentido y los límites del humor de la saga Bond, pero lo que Honor Blackman hace con ese personaje en James Bond contra Goldfinger está muy por encima del juego de palabras del nombre.
Pussy Galore es la jefa de una escuadrilla de pilotos, colaboradora del villano Goldfinger, y una de las pocas Chicas Bond que en el momento de conocer a James Bond no tiene el menor interés en él —un detalle que en 1964 tenía una carga bastante específica que la película no elabora pero tampoco ignora-.
Blackman, que venía de cuatro años interpretando a Cathy Gale en la serie de televisión Los Vengadores, llegó a Goldfinger con más experiencia en artes marciales y en escenas de acción que casi cualquier otro miembro del reparto, y eso se nota: es físicamente creíble de una manera que sus contemporáneas raramente lo son.
2. Maud Adams (Octopussy, 1983)
Maud Adams tiene el honor singular de ser la única actriz que ha interpretado a dos personajes distintos en dos películas Bond diferentes: apareció primero como Andrea Anders en El hombre de la pistola de oro (1974) y volvió nueve años después como la protagonista titular de Octopussy.
Ese regreso, que en principio podría parecer un reciclaje de casting, acaba funcionando como un ejercicio de rehabilitación del personaje: donde Andrea Anders era una víctima, Octopussy es una empresaria, líder de una red de contrabandistas y de un circo que es también una organización de inteligencia paralela.
Adams construye al personaje con una autoridad serena que la distingue de la mayoría de las Chicas Bond: Octopussy no necesita que Bond la rescate —o al menos no más de lo que Bond necesita que ella lo rescate a él—, y la película tiene la honestidad de mantener ese equilibrio durante la mayor parte del metraje.
1. Diana Rigg (007 al servicio secreto de su Majestad, 1969)
No hay debate posible en la primera posición. Diana Rigg como Teresa "Tracy" Di Vicenzo en 007 al servicio secreto de su Majestad no es solo la mejor Chica Bond de la historia: es uno de los personajes femeninos más complejos de todo el cine de aventuras de los años sesenta, y el hecho de que aparezca en una película protagonizada por el único Bond que casi ningún aficionado elegiría como su favorito —George Lazenby— dice todo lo necesario sobre la calidad del trabajo de Rigg.
Tracy no es una aliada de Bond, no es una enemiga, no es exactamente un amor de película: es una mujer en crisis que Bond conoce cuando está a punto de suicidarse, que tiene su propia historia familiar y sus propias heridas, y que acaba siendo la única persona a la que el agente propone matrimonio en toda la saga.
El final de la película es el más perturbador de toda la franquicia, y Rigg lo sostiene con una actuación que en aquel momento —venía de Los Vengadores, igual que Honor Blackman— ningún productor habría etiquetado como "de Oscar" y que vista hoy resulta extraordinaria.
Que 007 al servicio secreto de su Majestad sea una película infravalorada es una injusticia menor comparada con la de que Diana Rigg no sea el primer nombre que aparece cuando se habla de las grandes actrices del cine británico de su generación.





























