
Las peores muertes de franquicias en la historia del cine y qué las mató
En ocasiones, Hollywood tiene una habilidad especial para tomar algo que funciona y destruirlo de manera metódica. No hablamos de finales naturales ni de sagas que se agotaron: hablamos de franquicias que fueron saboteadas de forma activa por malas decisiones creativas o una incomprensión absoluta de lo que hacía grande al título original.
Para verlo más claro, vale la pena hacer un recorrido por algunos ejemplos de las franquicias más famosas que han sucumbido a los errores de aquellos que debían desarrollarlas.
Cuando la codicia le gana a la coherencia narrativa
Terminator es quizás el caso más triste de todos. James Cameron creó con Terminator (1984) y Terminator 2: El Juicio Final (1991) una de las dilogías más perfectas de la ciencia ficción. Punto final. Sin embargo, la franquicia ha intentado resucitar cuatro veces desde entonces: Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas (2003), Terminator Salvation (2009), Terminator Génesis (2015) y Terminator: Destino Oscuro (2019). Cada entrega ha prometido ser "la verdadera continuación" y cada una ha fracasado en taquilla o en crítica, o en ambas. El problema no es que el universo se haya agotado, sino que nadie ha tenido el valor de dejar morir a John Connor de una vez. Se podría contraponer a Alien, que sí fue capaz de producir obras tan interesantes como Aliens: El regreso (1986) o la reciente Alien: Romulus (2024) entre sus tropiezos.
Animales Fantásticos es otro cadáver todavía caliente. La precuela del universo de Harry Potter comenzó con cierto encanto en 2016, pero Los Crímenes de Grindelwald (2018) y Los Secretos de Dumbledore (2022) convirtieron una historia sencilla y mágica en un laberinto de subtramas incomprensibles y personajes con arcos narrativos que no llevan a ningún lado. Warner Bros. quería su propio universo compartido al estilo Marvel, olvidando que J.K. Rowling había tardado décadas en construir el original. La tercera entrega recaudó tan poco que la cuarta y quinta películas anunciadas quedaron en un limbo del que probablemente no saldrán. Animales Fantásticos murió de ambición mal calibrada, justo lo opuesto a lo que le ocurrió a El Señor de los Anillos, que Peter Jackson supo cuándo parar.
Por otro lado, Divergente es el ejemplo perfecto de lo que pasa cuando Hollywood persigue una moda sin entender por qué funcionaba. La adaptación de 2014 quería ser como Los juegos del hambre, y durante un momento lo pareció. Pero Insurgente (2015) y La serie Divergente: Leal (2016) perdieron de manera progresiva al público, y la productora tomó la decisión suicida de dividir el libro final en dos películas. Cuando Leal fracasó en taquilla, simplemente cancelaron la última entrega, dejando la historia sin resolver. Los fans que habían seguido la saga desde el principio se quedaron sin final. Pocas muertes de franquicia son tan abruptas como esta.
Un cementerio de blockbusters que no entienden su propio material
John Carter (2012) es un caso diferente: no murió por secuelas fallidas sino porque nunca llegó a haber una segunda oportunidad. Disney gastó 250 millones de dólares en adaptar los clásicos de Edgar Rice Burroughs con una campaña de marketing que no explicaba nada, un título cambiado a último momento y la incapacidad total de comunicar de qué iba la película. El resultado fue uno de los mayores fracasos de la historia del estudio, enterrando una saga de aventuras planetarias que, vista en perspectiva, era bastante mejor de lo que su rendimiento en taquilla sugería. John Carter no fue mala película: fue un film al que mataron antes de que pudiera defenderse, al contrario que Mad Max: Furia en la carretera (2015), que supo venderse por lo que era.
Por otra parte, Speed Racer (2008) de las hermanas Wachowski es otro caso de película que llegó demasiado pronto o que simplemente el público no estaba preparado para recibir. Una apuesta visual radical, colorista y artificial que no encajó con las expectativas de nadie en su momento. No tuvo secuelas porque no tuvo éxito, pero merece mención porque su muerte fue también la muerte de un tipo de blockbuster experimental que Hollywood dejó de financiar tras su fracaso.
Otro caso similar fue Assassin's Creed (2016), que demostró que ni siquiera una estrella de la talla de Michael Fassbender puede salvar una adaptación de videojuego cuando el guión ignora de forma sistemática lo que hacía atractiva la franquicia original. La película pasó más tiempo en el presente que en el pasado histórico, que era la razón por la que los fans jugaban al videojuego. Un fracaso que no solo mató la posible franquicia cinematográfica sino que retrasó años cualquier intento serio de adaptar el material. Al contrario que Sonic (2020), que escuchó las críticas y resultó ser una agradable sorpresa.
También hay que mencionar a Mortal Engines (2018), que repite el patrón de John Carter: presupuesto descomunal, universo rico en posibilidades y una campaña de marketing que no generó ningún interés. Peter Jackson producía y el director Christian Rivers, había ganado un Óscar, pero la adaptación de las novelas de Philip Reeve naufragó antes de llegar al puerto. El estudio perdió mucho dinero y cualquier posibilidad de continuación murió en el estreno.
Cazafantasmas, por su parte, merece un capítulo aparte porque su franquicia ha sobrevivido, aunque no sin cicatrices. El reboot de 2016 generó una polémica tan desproporcionada que envenenó cualquier conversación sobre la película en sí misma. Cazafantasmas: Más allá (2021) y Cazafantasmas: Imperio helado (2024) devolvieron la saga a sus raíces con resultados dispares, pero al menos sin la toxicidad del capítulo anterior. Es quizás el único caso de esta lista donde la franquicia sobrevivió a sus propias malas decisiones, pero ¿a qué precio?
Lo que une a todos estos casos es la misma autopsia: franquicias destruidas por corporaciones que confunden el amor del público por el material original con una fidelidad incondicional a cualquier cosa que lleve el mismo logo. El público sabe cuándo le están vendiendo una secuela hecha por obligación contractual y no por necesidad narrativa.































