
Lady Whistledown: el personaje más odiado de Bridgerton es una distracción innecesaria del romance
Hay personajes que una serie crea para enriquecer su universo y hay personajes que, con el tiempo, se convierten en una carga para él. Lady Whistledown, la (no tan) anónima cronista de sociedad que Nicola Coughlan encarna con una doble vida en Los Bridgerton, empezó siendo un recurso narrativo ingenioso y ha terminado por convertirse en el mayor obstáculo entre el público y lo que de verdad busca cuando se sienta a ver la serie: un buen romance.
Si llevas varios años preguntándote por qué a veces la ficción de ShondaLand se siente más densa de lo que debería, la respuesta lleva corsé y pluma.
El problema de querer ser dos cosas a la vez
Cuando Los Bridgerton llegó a Netflix en diciembre de 2020, su propuesta era cristalina: una fantasía romántica de época con estética exuberante, anacronismos deliberados y parejas destinadas a encontrarse. La voz en off de Lady Whistledown, interpretada con enorme elegancia por Julie Andrews, funciona como un recurso heredado de la novela de Julia Quinn: le daba textura al mundo, presentaba personajes y establecía las reglas sociales de la Regencia inglesa con una ironía ligera que no interrumpía el flujo de la historia.
El problema llegó cuando la serie decidió que Lady Whistledown no podía quedarse en las sombras. Revelar su identidad como Penélope Featherington al final de la primera temporada fue una decisión arriesgada que podría haberse gestionado mejor. Convertirla en la protagonista absoluta de la tercera temporada fue algo muy distinto.
De repente, la serie que mejor sabía vender la química entre dos personas que se resisten al amor mutuo se vio obligada a compartir su metraje con una trama de periodismo de sociedad, dilemas éticos sobre el chisme y una Penélope que, en lugar de enamorarse sin más, tenía que cargar al mismo tiempo con el peso de su secreto. El resultado es una temporada que, comparada con el tórrido y casi hipnótico arco de la historia de la temporada 2 entre Anthony y Kate, se siente fragmentada y, en demasiados momentos, algo fría.
La comparación más honesta no está dentro de la misma franquicia, sino en Downton Abbey, donde los personajes secundarios con secretos y ambiciones propias nunca eclipsaban la arquitectura emocional principal de la serie. O en North & South, la miniserie de la BBC, donde cada elemento narrativo, por secundario que fuera, gravitaba alrededor de la tensión central entre los protagonistas.
Penélope merece mejor historia que esta
Conviene ser justo con el personaje. Penélope Featherington es, sobre el papel, una de las creaciones más interesantes del universo de Los Bridgerton: una mujer invisible para la sociedad que encuentra poder en el anonimato de las palabras. Hay ahí una historia genuinamente feminista y emocionante que contar. El problema no es Penélope, sino lo que Lady Whistledown le hace a Penélope como protagonista romántica.
En el momento en que el secreto de Whistledown se convierte en el motor de la trama, Colin Bridgerton queda relegado a un papel secundario dentro de su propia historia de amor. La tensión entre ambos deja de ser puramente romántica y se vuelve transaccional: ella tiene un secreto, él lo descubre, hay traición, hay perdón. Es un esquema que funciona en Gossip Girl, otra serie construida de manera íntegra sobre la identidad secreta de un cronista social, precisamente porque Gossip Girl nunca pretendió ser una historia de amor en primer lugar. Los Bridgerton sí lo pretende, y por eso el conflicto de Whistledown le sienta como un abrigo de la talla equivocada.
La serie hace bien muchas otras cosas. El diseño de producción sigue siendo espectacular, la banda sonora continúa reinventando clásicos del pop con cuerdas, las escenas sexuales muestran mucha elegancia y sensualidad, y el reparto en su conjunto tiene un carisma que pocas producciones de época pueden igualar. Pero ninguno de esos elementos puede compensar que el corazón de Los Bridgerton late más despacio cuando Penélope está pensando en su próxima columna que cuando está mirando a Colin.
Lo que la serie debería hacer en las próximas temporadas
La cuarta temporada, centrada en el romance de Benedict y Sophie, trae consigo una noticia que muchos espectadores habrán recibido con alivio: Penélope cuelga la pluma y abandona (¿definitivamente?) su vida como Lady Whistledown. Es, a todas luces, la decisión correcta. No solo para el personaje, que puede por fin existir sin el peso de una doble identidad que le robaba verosimilitud romántica, sino para la serie en su conjunto, que recupera así la oportunidad de centrar su energía donde siempre debió estar.
El problema es que Los Bridgerton no renuncia al personaje, sino que lo traspasa: la quinta temporada llegará con una nueva Lady Whistledown, una voz anónima distinta que seguirá comentando los movimientos de la alta sociedad londinense. La pregunta es si la producción habrá aprendido la lección o si repetirá el error de convertir ese misterio en el núcleo dramático de una nueva temporada a costa, una vez más, del romance central.
Series como Outlander entendieron que, cuando tienes una pareja central que funciona, lo más inteligente es construir todos los obstáculos externos en función de su relación, no a pesar de ella. Los Bridgerton debería aplicar ese principio a su nueva Whistledown: que sea color de fondo, no protagonista. Nadie mira la serie para leer el periódico. La ve para ver cómo dos personas que no deberían enamorarse acaban, de forma inevitable, haciéndolo.
Lady Whistledown, con todo su ingenio, lleva demasiado tiempo interponiendo su pluma en ese camino. Que la nueva o el nuevo cronista tenga la elegancia de saber cuál es su sitio.









