
10 jefes de películas que son peores que Miranda Priestly
Hay un consenso tácito en la cultura popular que convierte a Miranda Priestly en el arquetipo definitivo del jefe imposible. Meryl Streep la construyó en El diablo viste de Prada con una frialdad tan afilada que resulta casi admirable.
Sin embargo, la historia de la gran pantalla está llena de superiores jerárquicos que hacen que la editora de Runway parezca una gestora comprensiva. Esta lista reúne a diez de los peores, desde los que destrozan carreras y empresas hasta los que cruzan líneas que ningún cargo debería permitirse cruzar.
David Hasselhoff se reinventó a sí mismo en Click (2006) haciendo lo que mejor funciona en la comedia: convertirse en una caricatura de sí mismo. Su John Ammer es un jefe de arquitectura que explota de manera sistemática a Michael Newman —Adam Sandler en uno de sus registros más agridulces— prometiéndole un ascenso que nunca llega.
La crueldad de Ammer no tiene la elegancia de otros villanos corporativos: es la del abusador mundano que sabe hasta dónde puede estirar el hilo con exactitud. La película, dirigida por Frank Coraci, utiliza a este personaje como detonador de una reflexión más oscura de lo que su envoltorio sugiere. Ammer no es memorable por su profundidad, sino por su reconocible vulgaridad cotidiana.
En Cómo acabar con tu jefe (2011), Colin Farrell construyó uno de los personajes más divertidamente repulsivos de la comedia americana reciente. Bobby Pellit hereda la empresa familiar tras la muerte de su padre, el íntegro Jack Pellit —interpretado por Donald Sutherland—, y en cuestión de días comienza a dilapidar décadas de trabajo ajeno. Con el cardado de un ejecutivo venido a menos y una adicción a la cocaína que condiciona hasta su forma de hablar, Farrell logra algo difícil: resultar cómico sin que se olvide en ningún momento que el personaje es dañino.
Frente a Kevin Spacey, que en la misma película repite una versión conocida de sí mismo, o Jennifer Aniston subvirtiendo su imagen, Farrell es el que más sorprende y más eclipsa en cada escena.
Sandra Bullock llevaba años cultivando su imagen de chica simpática cuando llegó La proposición (2009) y decidió darle la vuelta. Su Margaret Tate, editora jefa de una importante editorial neoyorquina, es el tipo de jefa que convierte el entorno de trabajo en una zona de evacuación permanente.
La premisa —forzar a su asistente Andrew, Ryan Reynolds, a casarse con ella para evitar ser deportada a Canadá— es tan absurda como efectiva, y Bullock la ejecuta con una precisión cómica que le valió una nominación al Globo de Oro. Lo que distingue a Tate de Miranda Priestly no es tanto la crueldad como la desesperación que la mueve: Priestly nunca necesita a nadie; Tate, en el fondo, sí.
El caso de Jordan Belfort es diferente a todos los demás de esta lista: su jefatura no es ficción. El lobo de Wall Street (2013), dirigida por Martin Scorsese, parte de las memorias del propio Belfort para retratar a un hombre que construyó Stratton Oakmont sobre una arquitectura de fraude, manipulación y exceso. Leonardo DiCaprio entrega una actuación de estado de gracia que le valió una nominación al Oscar, y la película como conjunto recibió otras cuatro.
Lo perturbador del personaje de Belfort no es solo lo que hizo, sino la energía casi contagiosa con la que DiCaprio lo encarna: hay momentos en los que resulta difícil no entender por qué sus empleados lo seguían. Esa ambigüedad moral es, precisamente, lo que convierte a El lobo de Wall Street en algo más que una simple película de denuncia.
Sigourney Weaver obtuvo una nominación al Oscar a la mejor actriz de reparto por Armas de mujer (1988), y es difícil imaginar un reconocimiento más justo. Su Katharine Parker es la jefa que sonríe mientras te apuñala: roba la idea de negocio de su secretaria Tess McGill —Melanie Griffith— y la presenta como propia sin perder un ápice de compostura.
La película, dirigida por Mike Nichols, es una sátira del ascenso laboral femenino en el Nueva York de los ochenta que envejece con más gracia de lo que podría esperarse. Comparada con Miranda Priestly, Parker resulta más cínica y menos honesta.
Michael Douglas ganó el Oscar al mejor actor por Wall Street (1987), y en esa victoria hay un componente de fascinación colectiva que va más allá de la actuación en sí: el mundo real adoptó a Gordon Gekko. Su discurso sobre la codicia no fue rechazado como la declaración de un villano, sino asumido como un manifiesto por una generación entera de financieros.
Oliver Stone lo construyó como un espejo en el que la audiencia pudiera mirarse con incomodidad, y el resultado es un personaje que décadas después sigue siendo la referencia cuando se habla del capitalismo sin escrúpulos. Gekko no destruye empresas por incompetencia, como Pellit: las destruye con método, con elegancia y con plena consciencia de lo que hace.
Hay algo particularmente inquietante en Michael Corleone que no comparte ningún otro jefe de esta lista: empieza siendo la mejor versión de sí mismo. Al Pacino lo construyó, bajo la dirección de Francis Ford Coppola en El Padrino (1972), como el hijo de la familia Corleone que debería haber escapado, y que en cambio eligió —o fue elegido por las circunstancias— para perpetuar y profundizar todo lo que quería dejar atrás.
La trilogía ganó tres Oscars en su primera entrega, incluyendo mejor película, y Pacino fue nominado como actor de reparto. Como jefe, Michael Corleone es implacable, leal a sus propios códigos y despiadado con quienes considera una amenaza. El problema es que, a medida que avanza la saga, la amenaza la ve en todos.
Gary Cole convirtió a Bill Lumbergh en el jefe pasivo-agresivo más reconocible de la historia del cine con tan solo un tono de voz y una taza de café. Trabajo basura (1999), la comedia de Mike Judge ambientada en las oficinas de la empresa de software Initech, construyó su mejor chiste en torno a la capacidad de Lumbergh para decir algo insultante con la entonación de quien te está haciendo un favor.
No grita, no amenaza: simplemente aparece en el momento menos oportuno con una petición imposible envuelta en cordialidad de plástico. A diferencia de Gekko o Belfort, Lumbergh no tiene ambición épica: le basta con el control absoluto de lo pequeño.
Antes de que Miranda Priestly existiera, existió Amanda Farrow. Joan Crawford aceptó el papel secundario de la directora editorial de Mujeres frente al amor (1959) —adaptación de la novela de Rona Jaffe dirigida por Jean Negulesco— y lo convirtió en el centro gravitacional de toda la película.
Farrow es una mujer que ha llegado a lo más alto de su campo y ha pagado un precio que le ha quitado cualquier rastro de empatía por quienes suben detrás. Crawford la interpreta con una acidez que la crítica de la época definió como el papel que le venía como anillo al dedo: amarga, despótica y verosímil.
Victor Garber es un actor de teatro de formación clásica con cuatro nominaciones al Tony y una carrera cinematográfica que incluye Titanic de James Cameron. Que alguien con ese perfil interpretase al profesor Callahan en Una rubia muy legal (2001) no hace el personaje más simpático: lo hace más perturbador.
Callahan es el mentor que convierte la relación pedagógica en una herramienta de poder. Selecciona a Elle Woods —Reese Witherspoon en una de las grandes interpretaciones cómicas de los 2000— para su equipo de prácticas y revela su verdadera naturaleza cuando ya no puede mantener la máscara. La película, nominada al Globo de Oro como mejor comedia o musical, usa a Callahan para decir algo sobre el abuso de autoridad que va bastante más allá de los límites del género. Uno de los jefes más hipócritas de toda esta lista.




































