
Las 10 mejores películas de Brad Pitt, ordenadas
Brad Pitt es uno de esos actores que durante demasiado tiempo cargó con la etiqueta de sex symbol como si fuera una condena. El problema de ser el hombre más guapo de Hollywood es que la industria tarda décadas en tomarte en serio, y el público, aún más.
Lo que esta guía demuestra, película a película, es que Pitt no solo superó esa condena sino que la convirtió en munición: aprendió a usar su presencia física como herramienta dramática, a habitarla con una ironía que los actores convencionales no pueden permitirse, y a elegir con una inteligencia poco habitual los proyectos en los que esa combinación podía dar sus mejores frutos.
10. Babel (2006)
Babel es la película más ambiciosa de Alejandro González Iñárritu y también la más irregular, y el trabajo de Brad Pitt en ella refleja esa ambivalencia con precisión involuntaria.
Richard Jones, el turista americano cuya esposa recibe un disparo accidental en Marruecos, es un personaje que en otras manos podría haber quedado como mera función narrativa: el eje alrededor del cual giran las demás historias sin tener vida propia. Sin embargo, Pitt le da una dimensión que el guión no siempre le facilita, construyendo un hombre que se desmorona en tiempo real con una contención que resulta más elocuente que cualquier estallido.
Puede compararse con Tom Hanks en Náufrago: actores de primera línea que en determinadas películas se convierten en el ancla emocional de una historia que les exige más resistencia que explosión.
Tyler Durden es el personaje más icónico de la carrera de Brad Pitt y también, paradójicamente, el que menos revela sobre su verdadero alcance como intérprete, porque Tyler Durden no es tanto un personaje como una idea con músculos y chaqueta de cuero.
Lo que hace David Fincher con El club de la lucha es usar la presencia física de Pitt como metáfora del narcisismo masculino americano, y Pitt tiene la inteligencia suficiente para entender que su trabajo es encarnar esa metáfora con total convicción sin creérsela del todo.
La comparación más adecuada es con Marlon Brando en Salvaje: otra película en la que el físico de la estrella se convierte en el mensaje. El problema de Tyler Durden es que está tan perfectamente construido para el efecto que resulta difícil ver al actor detrás. Esa es su grandeza y su límite.
Leyendas de pasión es una película que la crítica ha tratado con condescendencia durante treinta años y que el público ha amado con una fidelidad que dice algo importante sobre la diferencia entre ambos.
Tristan Ludlow, el hermano salvaje e indomable de la saga familiar que dirige Edward Zwick, es el tipo de personaje que en el Hollywood clásico habrían interpretado actores como Robert Mitchum o Kirk Douglas: hombres que llevaban la violencia y la ternura en el mismo cuerpo sin que ninguna de las dos anulara a la otra.
Pitt lo entiende así y construye a Tristan desde una fisicidad casi animal que el cine de los noventa ya no sabía muy bien cómo manejar. La comparación más lógica es con Kevin Costner en Bailando con lobos: otro actor que en la misma época apostó por un romanticismo épico que la crítica desdeñó y que el tiempo ha tratado con más amabilidad de lo esperado.
Lo más notable del trabajo de Brad Pitt en 12 monos no es la energía desbocada con la que construye a Jeffrey Goines, el hijo del magnate convertido en profeta apocalíptico, sino la precisión con la que esa energía está calibrada.
Terry Gilliam es un director que puede ahogar a sus actores en la visión, y Pitt tiene la habilidad suficiente para nadar dentro del universo del director sin que las aguas lo cubran.
Jeffrey Goines es un personaje que exige al intérprete mantener la coherencia interna de alguien cuya lógica es completamente delirante, y Pitt lo consigue de una manera que recuerda al Gene Wilder de El joven Frankenstein: la intensidad al servicio de la comedia, que está al servicio del horror.
Le valió su primera nominación al Oscar y es la demostración más temprana de que Pitt podía hacer cosas que nadie esperaba de él.
El mismo año que 12 monos, Brad Pitt protagoniza junto a Morgan Freeman una de las mejores películas de serie negra de los noventa. El detective Mills es, sobre el papel, el menos interesante de los dos protagonistas de Seven: Freeman lleva el peso de la sabiduría y Pitt lleva el peso de la impulsividad, y esa distribución podría haber dejado a Pitt en el papel del contrapunto juvenil sin más.
Lo que hace que su trabajo sea notable es la forma en que construye la fragilidad de Mills por debajo de la superficie, de manera que cuando la película llega a su desenlace —uno de los más perturbadores de la década— la caída tiene todo el peso que necesita.
Recuerda mucho al caso de Harvey Keitel en Teniente corrupto: policías al borde del abismo que el cine de los noventa usó para explorar los límites de la masculinidad americana.
Quentin Tarantino tiene la habilidad de usar a sus actores de una manera que los revela de formas que sus propias carreras no siempre permiten, y lo que Malditos bastardos revela de Brad Pitt es que hay en él un comediante nato que la industria ha infrautilizado de forma sistemática.
El teniente Aldo Raine es un personaje que existe en el espacio entre el arquetipo y la parodia del arquetipo, y Pitt navega ese espacio con una precisión que recuerda a los actores del Hawks de los años cuarenta: tipos que se tomaban en serio sin tomarse demasiado en serio.
Se puede comparar con John Wayne en las películas de Howard Hawks, otro actor al que la industria etiquetó como estrella antes que como intérprete y que encontró su mejor versión en la comedia de acción. Malditos bastardos es una de las mejores películas de Tarantino y Pitt es una parte esencial de por qué funciona.
Kalifornia es la película de esta guía que más sorprende a quienes conocen a Brad Pitt principalmente por sus trabajos posteriores, y la razón es que Early Grayce, el asesino en serie que viaja por la América profunda junto a una pareja de periodistas ingenuos, es un personaje sin ninguna de las capas de simpatía que Pitt aprendería a usar más adelante.
Es pura amenaza, pura imprevisibilidad, construido desde las entrañas de una clase trabajadora que el cine de los noventa no sabía muy bien cómo retratar sin condescendencia o sin romantizar.
Su papel puede compararse con el de Robert Mitchum en La noche del cazador: actores que entendieron que el verdadero terror no viene de la monstruosidad explícita sino de la normalidad perturbada. Kalifornia no es una película fácil y Pitt no facilita las cosas en ningún momento. Eso es exactamente lo que la hace tan buena.
Guy Ritchie necesitaba para Snatch a alguien capaz de construir un personaje absolutamente ininteligible que fuera al mismo tiempo el centro emocional de la película, y Brad Pitt respondió con una de las actuaciones más divertidas y más exigentes a nivel técnico de su carrera.
Mickey O'Neil, el boxeador gitano cuya dicción es inaccesible para casi todos los demás personajes y para buena parte del público, funciona porque Pitt entiende que el humor no viene de hacer al personaje gracioso sino de hacer al personaje muy real dentro de su propia lógica.
La comparación más justa es con Peter Sellers en El guateque: actores de primera línea que se sumergieron en personajes periféricos con una entrega total que convirtió lo secundario en el corazón de la función. Pitt lleva la película entera sobre los hombros sin que en ningún momento parezca que lo está haciendo.
Moneyball es la película que más a las claras demuestra que Brad Pitt puede sostener una historia sin el apoyo de la espectacularidad, y eso es, en el fondo, la prueba más difícil para un actor de su categoría.
Billy Beane, el mánager de los Oakland Athletics que revolucionó el béisbol con estadísticas y sentido común, es un personaje que funciona en la cercanía, en la conversación, en la acumulación de pequeñas derrotas y pequeñas victorias que el deporte convierte en épica cotidiana.
Bennett Miller dirige con una austeridad que exige todo al reparto y Pitt responde con el trabajo más maduro y más contenido de su carrera. La comparación más pertinente es con Jack Nicholson en A propósito de Schmidt: actores que en la segunda mitad de su trayectoria encontraron en la contención una libertad que el exceso nunca les había dado. Pitt fue nominado al Oscar por este papel..
El curioso caso de Benjamin Button es la película más exigente de la carrera de Brad Pitt y la que mejor demuestra de lo que es capaz cuando director, material y momento coinciden.
Benjamin Button, el hombre que nace viejo y envejece hacia atrás, es un personaje que requiere de su intérprete algo que va más allá de la técnica o de la transformación física, aunque ambas estén presentes en abundancia: requiere la capacidad de construir la melancolía como estado permanente sin que esa melancolía se convierta en lastre para el espectador.
Pitt consigue que Benjamin sea un hombre completamente diferente en cada etapa de su vida, y que esa diferencia acumule una emoción que la escala de la película no siempre merece pero que él le otorga sin reservas.
Al pensar en algo parecido, surge de nuevo el nombre de Tom Hanks, esta vez en su papel como Forrest Gump: otro actor que en una fábula americana sobre el tiempo y la pérdida encontró la humanidad donde el guión podría haber entregado solo simbolismo.





































