
¿Es 'Michael' un buen biopic? Aquí te presentamos 7 superiores
Michael (2025) ha llegado a los cines con la sombra de los herederos de Jackson sobre el rodaje, y se nota. El biopic dirigido por Antoine Fuqua tiene una producción impecable y una interpretación de Jaafar Jackson que convence físicamente, pero esquiva las acusaciones de abuso con tal cuidado que la película acaba pareciendo un vídeo comercial de dos horas y media. Además, hubo problemas en la sala de montaje en un corte previo que duraba cuatro horas.
Nada que no hayamos visto antes en el género, que habitualmente tiene todo el control de grandes firmas discográficas o fundaciones para controlar la narrativa y mostrar solo un reflejo feliz para la gente ya convencida que adora a los artistas. Repasamos siete alternativas con biopics musicales que sí miraron de frente a sus protagonistas, aunque solo uno sea especialmente nocivo para su imagen, y cómo encontrarlos en las plataformas de streaming.
Robbie Williams se retrató en el cine como un chimpancé, y no como metáfora, sino que es literalmente lo que Michael Gracey decidió hacer con el biopic oficial del cantante británico. No parece que haya más riesgo que poner al protagonista como un simio animado por cgi que atraviesa los 90 y 2000 con la energía incontrolable de quien no puede parar quieto porque, en cuanto lo hace, corre el riesgo de empezar a pensar. La premisa podría parecer un gimmick tonto, pero el director la usa para externalizar la autopercepción deformada de Williams de forma coherente.
Better Man (2024) se arriesga formalmente de una manera que Michael ni se plantea, y la apuesta funciona porque Williams quiso participar activamente en mostrar su lado más oscuro—adicciones, autoestima destrozada, o la dependencia de la aprobación del público—sin suavizarlo. Puede que solo una película sobre músicos haya ido tan lejos, Dark Floors: Piso siniestro (2008), la rarísima película de los Lordi que mezclaba una pesadilla hospital psiquiátrico con ellos como los villanos, otro intento de llevar la identidad artística a territorio visual imposible, aunque con resultados más irregulares.
La vida de Elton John convertida en un musical de fantasía donde los números de las canciones interrumpen dentro de la narrativa como recuerdos distorsionados, no como recreaciones fotocopiadas como las de Michael. Taron Egerton se atreve a cantar él mismo, lo que marca una diferencia enorme con biopics típicos de playback. Dexter Fletcher no teme mostrar a John como alguien bastante insoportable, adicto, y emocionalmente destructivo con gente que le rodea.
Rocketman (2019), como el caso de Better Man, decide priorizar la verdad como un exorcismo emocional frente a la fidelidad documental, aunque aquí el tono es más glamuroso y menos introspectivo. Sin salir de Gran Bretaña, pero buscando el lado más casual y caótico del pop alternativo de los 70 y 80, en 24 Hour Party People (2002), Michael Winterbottom hizo una crónica del mundo alrededor de Factory Records y la escena del Manchester de sus años locos contado con mucha frescura y desparpajo.
La historia en celuloide de N.W.A. no tuvo miedo a mostrar el conflicto interno evidente dentro de la banda de hip hop que cambió la forma de ver a los artistas afroamericanos en los 80. Además, su estructura es inusual en el formato, usando los primeros actos como un lienzo del Compton de esa época, enfocado con una brutalidad que explica por qué su música era casi inevitable. Ice Cube, Dr. Dre, y Eazy-E son encarnados con contradicciones reales, y el guion no evita mostrar cómo algunos de ellos se convirtieron en algo cercano a lo que buscaban combatir.
Straight Outta Compton (2015) es muy diferente de Rocketman porque no tiene interés en la fantasía, sino que F. Gary Gray lo retrata como cine de gángsters, que resulta ser sobre músicos. El episodio sobre los disturbios de Los Ángeles es tremendo y la versión extendida es aún más cruda. La mirada a la industria y la explotación racial, se complementa bien con 8 Millas (2002) de Curtis Hanson, un seudobiopic de Eminem protagonizado por él mismo.
El riesgo aquí no es mostrar los lados oscuros de la historia de Elvis Presley, sino cómo Baz Luhrmann lleva todo al límite del frenesí visual, convirtiendo lo que sabemos del rey del rock en un videoclip de tres horas con aire de cuento de hadas cocido en cocaína. Austin Butler desaparece en el papel de forma perturbadora y Tom Hanks crea uno de los grandes villanos del cine de 2022, como el Coronel Parker.
Elvis (2022) comparte con Straight Outta Compton el interés por mostrar cómo la explotación de artistas negros por la industria blanca es la base de la cultura popular americana, aunque Luhrmann solo busca espectáculo y menos rabia. Es como la versión operística de la vida de un icono del rock de los 50 que hacía Gran bola de fuego (1989), que sí miraba la parte de Jerry Lee Lewis más sucia sin dejar de retratar los aspectos más turbios del personaje, algo raro en el Hollywood de los 80.
La gran parodia del género es también, paradójicamente, uno de sus ejemplos más sinceros. Daniel Radcliffe interpreta a Weird Al Yankovic en una película coescrita por el propio músico, que decide exagerar absolutamente todo—Madonna como villana, mafias latinoamericanas, la muerte de Elvis en sus manos—hasta que el formato biopic se autodestruye desde dentro. Al final, aunque el protagonista tiene control creativo total, lo usa para reírse de sí mismo y su éxito imitando las canciones de otros.
Weird: La historia de Al Yankovic (2022) no es tan diferente a Elvis en su conciencia del absurdo que implica convertir una vida real en simple espectáculo, aunque la primera se lo cree y esta lo convierte en chiste de dos horas. La comparación obligada es This Is Spinal Tap (1984) del llorado —ays— Rob Reiner, el mockumentary fundacional que inventó la idea de destruir la idea de biopic musical antes de que existiera el biopic musical más moderno. Las dos son imprescindibles juntas y en orden de estreno.
Uno de los escarceos del siempre interesante Alex Cox con el punk, que afrontó dirigiendo la historia de Sid Vicious y Nancy Spungen como si el estilo no fuera un movimiento musical sino una forma de suicidio colectivo. Gary Oldman en su primer gran papel creó a un Sid simultáneamente ridículo, patético, y hasta aterrador, dibujando la relación entre los dos personajes con una toxicidad que la película ni romantiza ni condena, solo la muestra, con tal frialdad que resulta más impactante que cualquier juicio moral.
Sid y Nancy (1986) es la más oscura y menos complaciente de toda la lista, la más alejada del formato celebratorio del biopic tradicional que Michael representa. Para quien quiera más punk autodestructivo femenino con una perspectiva más contemporánea, The Runaways (2010), sobre Joan Jett y Cherie Currie, es interesante, pero si quieres completar el cuadro del grupo británico Sex Pistols, merece mucho la pena Pistol (2022), la magnífica serie de Danny Boyle sobre los enfants terribles británicos.
El retrato de Jim Morrison de Oliver Stone es tan desmesurado y consciente de sus propias contradicciones que termina siendo una caricatura del mismo mito que celebra. Val Kilmer se convierte en el líder de la banda de forma imposible de separar y Stone rueda Los Ángeles de los 60 como si fuera la antesala del fin del mundo, casi precediendo el crepúsculo de la generación del amor que supuso Charles Manson.
The Doors (1991), como Sid y Nancy, tiene la valentía de mostrar la autodestrucción sin brillantina mientras rinde homenaje a la música que la acompaña, aunque Stone lo hace con mucha más épica y una transición psicodélica que invade todo su mágico y misterioso tercer acto, casi sobrenatural y afín al análisis del trauma por medio de imágenes de pesadilla de Pink Floyd: The Wall (1982) de Alan Parker, que no es exactamente un biopic, pero centra en el colapso mental con una excelencia visual que ninguna biografía convencional ha tratado de retratar.
































