
¿Son las backrooms un lugar real?
Cuando fuera de las pantallas ya no quedan sitios que descubrir, internet se ha empecinado en explicar todos y cada uno de los misterios que lo han conformado como foro realmente abierto.
Así que incluso las backrooms, que generaban inquietud de la buena por ser inconcretas e inexplicables –puramente visuales– ahora necesitan un “final explicado”, una garantía para que nos durmamos más tranquilamente. Pues bien. Hoy miraremos a las Backrooms (2026) de Kane Parsons y te contaré si, en efecto, son un lugar real. Ojo, que entramos en terreno pantanoso: este artículo contiene spoilers importantes sobre el final de la película.
Las backrooms son (terroríficamente) reales

Lo más perturbador que plantea la película es que las backrooms parecen ser un lugar completamente real. No estamos ante un mito de internet inventado para asustar a usuarios en foros de terror, sino ante una amenaza física, un sitio adonde se cae. A lo largo del metraje, vemos cómo múltiples personas consiguen acceder a este entorno y, lo que es más importante, logran registrar en vídeo lo que se encuentran allí dentro.
Se podría argumentar que todo forma parte de una alucinación colectiva, una teoría atractiva si tenemos en cuenta que el entorno se modula ligeramente según la persona que entra, extrayendo elementos directamente de sus recuerdos y de su mente. Sin embargo, hay un peso mucho mayor en las pruebas que sugieren que se trata de un espacio físico real al que se puede viajar. Esta noción de un lugar maldito que se alimenta de la psique, pero que existe de manera objetiva, recuerda a producciones de terror psicológico como Silent Hill o la mítica serie Twin Peaks (1990) con su Logia Negra, donde los personajes entran físicamente en dimensiones que desafían la lógica humana y distorsionan la realidad.
Las backrooms son otra dimensión

La aproximación más sólida y “científica” que nos regala el guion de Will Soodik (Westworld, 2016) llega de la mano del personaje interpretado por Mark Duplass. Duplass trabaja para una antigua empresa de resonancias magnéticas que ha reorientado por completo su actividad para dedicarse en exclusiva a investigar las backrooms, que están abriendo portales por todas partes.
Esto implica directamente que las backrooms constituyen una dimensión paralela que coexiste con la nuestra. Lo preocupante de su teoría es que la división física entre nuestro mundo y ese laberinto amarillo se está volviendo cada vez más delgada y permeable, una premisa de portales interdimensionales rasgando el tejido de nuestra realidad que conecta de forma evidente con series como Stranger Things (2016) y su Mundo del Revés… No es original, pero funciona.
¿Cómo funcionan las backrooms?

Si asumimos que es otra dimensión, ¿por qué demonios tiene el aspecto de un comercio abandonado con moqueta húmeda y luces fluorescentes? La película nos aclara que las backrooms funcionan mediante una especie de “lógica de los sueños”. El lugar imita el espacio liminal de la tienda de muebles y genera objetos de forma aleatoria tanto de su interior como del exterior. El problema es que la dimensión los genera basándose en los recuerdos de Clark, ubicándolos en lugares completamente absurdos porque el entorno carece de un contexto real para comprender la utilidad de las cosas.
Esta aleatoriedad distorsionada también explica la presencia de esas perturbadoras copias de otras personas, que parecen maniquíes de tela mal diseñados. A mí me retrotrajeron a los recuerdos de los recuerdos de Origen (2010) de Christopher Nolan, en que los submundos creados por el subconsciente carecen de coherencia geográfica y las proyecciones humanas habitan el entorno como cáscaras vacías y extrañas. Clark describe a estos seres como el resultado de recordar algo una y otra vez hasta que termina por deformarse debido al desgaste mental. Un inquietante juego del teléfono.
Mitología y psicología detrás de las backrooms

Más allá de los elementos de ciencia ficción, la película utiliza dos herramientas brillantes para dotar de profundidad intelectual al relato: el mito griego de Teseo y el Minotauro, y la teoría psicológica freudiana del ello, el yo y el superyó.
El mito clásico encaja a la perfección con la narrativa. En la historia original, el laberinto se encuentra en la isla de Creta; aquí, la tienda de muebles tiene una marcada temática pirata y marítima, reforzada por la inquietante aparición de gaviotas muertas en el suelo. Además, si Teseo utilizaba un ovillo de hilo para no perderse en las entrañas del laberinto, Clark utiliza una cuerda con el mismo propósito. En este entramado, el personaje de Mary podría verse como una amalgama entre Teseo y la princesa Ariadna, mientras que Clark sufre una trágica transformación: comienza su viaje siendo el héroe rescatador para terminar convirtiéndose en el mismísimo Minotauro, la bestia atrapada. Esto viene de El resplandor de Stanley Kubrick: el laberinto exterior no es más que una extensión física de la prisión mental y autodestructiva del protagonista.
Tomando este refrito de Freud por leyenda, la versión de las backrooms que habita Clark actúa como un espejo del “ello”, imitando las peores facetas de su psique inconsciente. El entorno materializa su propio autodesprecio (simbolizado en ese ridículo disfraz de pirata), su ira acumulada y los impulsos destructivos que terminaron por disolver su matrimonio y lo dejaron sintiéndose atrapado dentro de su propia vida. Explicado, comparado y con varios señores intelectuales respaldando la teoría. ¿Necesitas saber más sobre este universo mitológico?











