
Por qué las historias de amor queer funcionan tan bien en los dramas de época (y qué hace bien Los Bridgerton)
Hay algo en el corsé, en la mirada que dura un segundo de más, en la mano que roza otra mano durante un baile y no debería, que convierte el drama de época en el escenario perfecto para las historias de amor queer.
La restricción social, la imposibilidad declarada, el peso de las convenciones: todo aquello que en el siglo XIX hacía del amor heterosexual algo complicado convierte el amor queer en algo prohibido, y esa prohibición, cuando se narra bien, es gasolina pura para la tensión romántica.
Netflix lo sabe. ShondaLand lo sabe. Y Los Bridgerton, que acaba de confirmar que su quinta temporada se centrará en el romance entre Francesca Bridgerton y Michaela Stirling, está a punto de descubrirlo también de primera mano.
La quinta entrega de la serie se centrará en el romance entre Francesca, interpretada por Hannah Dodd, y Michaela, interpretada por Masali Baduza, convirtiéndose en la primera historia de amor lésbica protagonista de Los Bridgerton.
Francesca y Michaela: lo que la serie cambia respecto al libro
Para entender el peso de esta decisión hay que ir al origen. En la novela When He Was Wicked (titulada en español El corazón de un Bridgerton), de Julia Quinn, en la que se basa esta temporada, el personaje de Michaela es en realidad Michael Stirling, primo del fallecido marido de Francesca. Michael lleva enamorado de Francesca desde que la conoció, en la fiesta de su compromiso con John, y la historia se construye sobre esa atracción culpable y el peso de la traición que siente hacia su primo.
La serie mantiene la arquitectura emocional del libro —el amor que nace al amparo de otro amor, la culpa, el duelo compartido como punto de partida— pero la transforma en algo que el drama romántico de época casi nunca ha tenido el valor de poner en el centro: dos mujeres que se enamoran sin que nadie les haya dicho que eso era posible.
Es, en esencia, el mismo dilema de cualquier protagonista de Los Bridgerton: razón contra corazón, deber social contra deseo. Pero esta vez, el deseo no tiene nombre reconocible para Francesca, y eso lo hace mucho más interesante.
La dinámica que ambas llevarán a pantalla —la mujer que huye, la mujer que no sabe qué está buscando— es el corazón de casi todas las grandes historias de amor sáfico en el drama de época, y Los Bridgerton la hereda de una tradición que merece un repaso.
El drama de época como territorio natural del amor lésbico
Gentleman Jack lo entendió antes que nadie en la televisión reciente. La serie de la BBC sigue la historia real de Anne Lister y Ann Walker en el Yorkshire del siglo XIX, y su grandeza radica en que nunca trata el amor entre sus protagonistas como una anomalía: es la historia más apasionante de la habitación, y el período histórico no es un obstáculo sino el contexto que le da todo su significado.
Lo mismo ocurre en Dickinson, donde la relación entre Emily Dickinson y Sue Gilbert es el motor emocional de tres temporadas que usan el anacronismo con una libertad que Los Bridgerton conoce bien.
Otras series han explorado este territorio con resultados desiguales. Harlots: Cortesanas incluyó una relación entre Charlotte Wells y Lady Fitzwilliam que funcionaba porque el mundo de la serie entendía el deseo femenino como algo político además de romántico. Bomb Girls desarrolló el romance entre Betty McRae y Kate Andrews con una honestidad que sigue siendo refrescante, y Black Sails lo hizo con Max y Anne Bonny en un escenario de piratas que ofrecía más libertad que cualquier salón de época.
Por su parte, la española Las chicas del cable apostó por la relación entre Carlota y Sara primero (que luego transiciona a Óscar) con un valor que no siempre tuvo el apoyo narrativo que merecía.
Todas estas series comparten algo con La maldición de Bly Manor, quizás la más bella de todas: la historia de amor entre Dani Clayton y Jamie Taylor es trágica y perfecta porque el marco gótico amplifica hasta lo insoportable todo aquello que no se puede decir ni tocar. El drama de época hace lo mismo con otras herramientas: en lugar de fantasmas, usa chaperonas; en lugar de casas encantadas, usa salones de baile.
Donde Los Bridgerton puede añadir algo nuevo a este canon es en su negativa a convertir la tragedia en requisito. La serie ha construido su identidad sobre los finales felices, sobre el romance como celebración y no como elegía. La showrunner de la serie, Jess Brownell, ha sido explícita: no habrá trauma queer, habrá anhelo, y ese anhelo desembocará, como en todas las temporadas anteriores, en el amor que supera todos los obstáculos (Lady Whistledown se va a poner las botas). Que esos obstáculos ahora incluyan la propia identidad de Francesca, el duelo, las convenciones de una época que no tiene lenguaje para lo que siente, hace de esta temporada una apuesta a nivel narrativo más rica que cualquiera de las anteriores.
Por qué esta temporada puede ser la más importante de la serie
Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma, es la referencia inevitable cuando se habla de amor lésbico y período histórico: no porque Los Bridgerton vaya a parecerse a ella en tono o ambición cinematográfica, sino porque demostró que el escenario histórico no limita el amor entre mujeres sino que lo intensifica hasta hacerlo casi insoportable. Los Bridgerton tiene sus propias herramientas —el espectáculo, la música, la fantasía descarada— y si aprende a ponerlas todas al servicio de Francesca y Michaela sin distraerse, tiene entre manos su mejor temporada.






































